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agosto 22, 2010

Discutir lo mismo... y no con los creyentes

Phil Plait, autor del excelente blog Bad astronomy participó en la 8ª reunión TAM (The Amazing Meeting) promovida por James "The Amazing" Randi, el brillante y entrañable desenmascarador de charlatanes, con una intervención intitulada "El objetivo del escepticismo" (pero que se ha dado a conocer como "No seas imbécil") que ha provocado comentarios y reflexiones importantes para quienes de una u otra forma participamos en la promoción de la educación crítica y científica.

En resumen (muy resumido, mejor ver el vídeo, que ya está disponible con subtítulos en español), Plait critica que algunos "escépticos" (nota al pie 1 explicando por qué uso el término sin mucha convicción) insulten y desprecien a los creyentes. Plait afirma que nadie abandona sus creencias y se vuelve racional al ser confrontado por un escéptico encabronado que lo llame "idiota" y se burle de su cosmogonía, sino con información y una disposición más amable.

Plait lleva esta reflexión al objetivo que buscamos quienes promovemos una visión no mágica del mundo, considerando que la bronca con el creyente no lleva a buenos resultados. Y ciertamente tiene razón. Se queja de que en el "movimiento escéptico" (sea lo que sea eso, claro, yo dudo que se pueda definir con precisión, y qué bueno) hay gente que hace esto y es fuente de preocupación en los Estados Unidos. Por desgracia, no dio ejemplos necesarios para que evaluemos por nosotros mismos qué está pasando. Aceptamos lo que dice Plait para efectos de la reflexión.

Para Plait, su objetivo es ganarse las mentes y los corazones de toda la gente, de toda, y conseguir que todo el mundo, todo, abandone toda creencia irracional. Y parece creer que tal es o debe ser el objetivo de todos los escépticos. Muy loable, y le deseo la mejor de las suertes.

Viendo críticamente la intervención (que creo que es de lo que se trata), parece haber algunos conceptos confusos que deben aclararse (aún repitiendo conceptos ya expresados en otras entradas como Quizá este blog no es para usted, que pese a encabezar este blog, no leen muchas personas para las que no es este blog, con los consecuentes raspones, o lo comentado en mi vídeo de la serie "El rey va desnudo": Ser ateo está bien) dado que lo comentado por Plait parece un fenómeno concretamente estadounidense y que no se puede extrapolar a todo el mundo.

El creyente y el que lo ordeña

Si cualquier persona se acerca a alguien que tiene sinceras y profudas creencias y pretende que cambie de opinión diciéndole "idiota", ridiculizándolo por creer en gilipolleces, humillándolo, colocándose en una posición superior a él o ella (nótese mi infrecuente concesión a la corrección política babosa) y sobajándola o insultándola de otro modo, es un imbécil, sí. Tal como dice Plait.

Es tan evidente que no creo que amerite mucho debate, vaya.

Pero con quien se suele discutir no es con simples (y honestos) creyentes, sino con quienes alteran, falsean o pervierten la ciencia con mayor o menor honestidad o convicción (pienso en personajes como Sheldrake, Von Däniken o Masaru Emoto), y con himbestigadores autocoronados que hacen pseudo-pseudociencia (como los angelitos del grupo Gaipo y cientos de clubes de chupaflautas similares en todo el mundo), con brujos de todos colores y sabores, desde la nueva médium televisual en España Anne Germain y sus colegas hasta Carmen Porter, desde Octavio Aceves hasta el santero de la esquina, los "sensibles" del Grupo Hepta, todos los falsos médicos de todas las disciplinas alternativas y, por supuesto, con todos los promotores que ordeñan eficazmente todas estas tonterías rentables y cualquier otra (como los periodistas del misterio o misteriodistas estilo Íker Jiménez, Javier Sierra o Enrique De Vicente).

Donde Plait parece ver a un solo grupo humano, parece haber en realidad varios: los creyentes sinceros, los embusteros profesionales, los promotores de los farsantes y quienes todavía están en una posición de "no sabe, no contesta".

El creyente sincero es víctima del que promueve las creencias del mismo modo que el esclavo es víctima de quien le pone las cadenas (o, más bajo aún, le convence de que se las ponga para ser una persona más iluminada, más buena y mejor armonizada con el universo... o algo así). Sus necesidades emocionales, su falta de preparación (culpa de un sistema educativo lamentable... en todo el mundo), su exposición permanente a una sociedad donde priman la religión, los medios de comunicación promoviendo supersticiones de las más bastas sin ningún espíritu crítico, su sentido de lo maravilloso, han sido manipulados y utilizados para cosecharlo para una u otra creencia (o varias).

Y el creyente sincero no suele debatir mucho. Mis tías no discutían de teología cuando yo les planteaba mis dudas respecto de la solidez lógica, moral o filosófica del catolicismo. Ellas no eran las defensoras de la fe, no. Estaban muy satisfechas en su creencia y eso les bastaba. No recorrían las calles buscando ateos con los cuales enzarzarse en batallas dialécticas, y de hecho tener un ateo a la mesa les provocaba incomodidad (y algo de penita pena) más que ánimos de confrontación.

Con los creyentes, en todo caso, se dialoga, se les ofrecen datos, se les cuestiona tratando de no ofenderlos y se les invita a informarse. Aunque esto no sirva para nada en la gran, enorme, vasta, gigantesca y colosal mayoría de los casos y por suave que sea uno puede acabar siendo atacado e insultado por el creyente, ya que para él, cualquier herejía o desacuerdo es de entrada un insulto, y haz como quieras.

Las creencias son entidades persistentes. Lo ha estudiado la psicología evolutiva, es motivo de libros como Por qué creemos en cosas raras de Michael Shermer o ¿Por qué persisten los dioses?, del brillante etólogo Robert Hinde.

Las creencias tienen una gran tendencia a perseverar, incluso ante masivas cantidades de evidencia que las contradigan, y lo sabemos. Difícilmente se puede contrarrestar con diplomacia, cortesía y sonrisitas. Y con cualquier otra cosa, vaya. Discutir con un sincero y firme creyente para convencerlo es, me parece, perder el tiempo.

Me parece muy bien que Phil Plait quiera cambiar las creencias irracionales de varios miles de millones de personas, y creo que se puede hacer. No se puede cambiar a estos miles de millones de personas que ya recorren el mundo con su carga de creencias irracionales, sino incidiendo en cada vez más personas cuando están en el proceso de establecimiento de sus sistemas de creencias para que incluyan el pensamiento crítico, cuestionador y basado en evidencias como parte de su arsenal cognitivo el resto de su vida.

Es casi imposible convencer a dos adultos sanos, razonablemente inteligentes y entregados al new age, el orientalismo bobalicón y el ecologismo sin neuronas, de que el feng-shui es una superstición más basta que la creencia en las hadas. Ir a su casa a decirles idiotas no cambiará nada ni impedirá que sigan pagándole a su decorador de interiores glorificado.

Pero sí se puede informar a quienes no han caído en las garras de los geománticos estilo chino para que tengan elementos que les permitan evaluar lo que los creyentes, las revistas rosa y los decoradores de interiores glorificados puedan decirles sobre el milenario feng-shui.

Y sí se puede incidir sobre todo en sus hijos adolescentes. Darles datos, alimentar sus dudas, poner al descubierto al fenshuyero que esquilma a sus padres, poner en cuestión a sus padres (cosa que de entrada hacen los adolescentes por motivos de diseño), acudir a su rebeldía natural, a su gusto por la ironía y el ridículo, a su mente abierta en el mejor de los sentidos, el que no da igual valor a todo.

Un solo joven que aprenda a desconfiar de las barbaridades de los charlatanes del ocultismo es, además, un joven que desconfiará de los charlatanes políticos, artísticos, periodísticos, comerciales, publicitarios. La libertad de pensamiento de una sola persona vale la pena cualquier esfuerzo.

Y para ofrecerle estas herramientas, es indispensable poner en cuestión a los promotores de las creencias, los chupaflautas, los embusteros, los estafadores, los que algunos llaman "magufos" (nota 2), sacarlos de quicio si posible, exhibir el absurdo profundo de sus posiciones, sacar al balcón sus deficiencias argumentales, exigirles pruebas de modo incesante para denunciar precisamente que todas sus fantasías carecen de pruebas, y expresar sin contemplaciones el juicio que merece el vender creencias irracionales sin pruebas, y que no suele ser halagüeño, elogioso ni muy positivo que digamos.

Y si alguien considera descortés llamarle "mentiroso" a un mentiroso... pues qué lástima.

Al poner en un miserable ridículo a los militantes del sector de los embusteros, de esos "charlatanes" a los que hace referencia el título de este blog, al ser despiadado con su falta de rigor, su manipulación y su desvergüenza, no se trata de que se conviertan en ateos, racionalistas militantes ni escépticos. A los que creen les es casi imposible cambiar y los que saben que mienten nunca cambiarán su fácil acceso al sexo, el poder o el dinero (o cualquier combinación de los tres) por simple respeto a la verdad.

Y allí resulta poco importante (o nada importante) que el evangelizador o defensor de la charlatanería sea, digamos, un pseudomédico en fucniones de cobranza o un convencido que ha decidido convertirse en promotor, comercializador, impulsor y defensor público de la tontería médica. Si se trata de una persona convincente, simpática y de bravo verbo, puede hacer tanto daño a su alrededor como cualquier charlatán. Aunque no cobre en dinero, su encendida defensa de alguna u otra pseudoterapia, habitualmente acompañada de la denigración de toda la ciencia, toda la medicina y todos los profesionales de las ciencias biomédicas sin excepción, puede costar vidas.

O sea, si el tema es serio, el respeto a las formas tiene que salir por la ventana. Si tenemos que entrar en la vivienda de un desconocido porque dicha vivienda está en llamas y adentro hay una persona a la que urge sacar para salvarle el pellejo, no cabe ninguna consideración sobre el respeto a la privacidad de nadie, ni escribir un artículo señalando cuán feo es el delito de allanamiento de morada.

Si nuestro objetivo es evitar que alguien que aún no ha hecho su apuesta emocional sea una víctima más de una creencia no sólo irracional, sino peligrosa y esclavizante, o directamente que se juegue la vida con una superstición sobre la salud, no es ilegítimo poner en evidencia a su victimario. Y en ridículo. Y en atención de las autoridades de justicia, si procede.

Esto tiene que ver con otro problema que detecto en la comunidad escéptica española, y es cierto hartazgo en las discusiones con promotores de creencias varias.

Ni equidistancia ni cortesanía

En general los creyentes, simples y honestos, no participan en foros, ni hacen comentarios en blogs ni en noticias de periódicos, ni escriben encendidos correos afirmando que nuestras madres ejercían una profesión socialmente mal vista, que actuamos porque nos pagan todos los jefes de todas las conspiraciones o avisando que nos piensan romper la cara o dar cuatro tiros. Esta labor queda en manos de los militantes que fungen de escuderos, ayos, palafreneros o criados de los negociantes del misterio en todos sus sabores y colores. Son los creyentes que han dado el paso de los bancos de la iglesia a la posición de monaguillo, sacristán o cosa similar. En general los negociantes del misterio han huido de las listas de correos donde se discute sobre temas relacionados con el ocultismo en sus distintas variantes, luego de descubrir que cada vez que se les ponía en ridículo, perdían clientes. Esto incluye también a alternativistas varios, simuladores de ecologistas, curanderos surtidos y demás practicantes del arte del embuste, que no son muy dados al diálogo y al intercambio, y no contestan correos electrónicos nunca, como habrá visto quien lea este blog y vea cuán divertido es mandarles cartas abiertas para que hagan el ridículo ignorándolas.

Los lacayos del ocultismo, la peonada, pues, son los encargados de repetir los mismos argumentos cansinos, superados, absolutamente respondidos una y otra vez, con el único objeto de seguir atrayéndole clientela a sus "líderes espirituales", chamanes, gurús y mesías de más barato por docena, sin arriesgar el "prestigio" (jojó) de los mismos. Si el paniaguado queda como un imbécil, no salpica al silencioso y digno chupaflautas que cobra.

El suministro de almas de cántaro, de mártires dispuestos a quedar en evidencia por uno u otro ocultista es, sin embargo, inagotable. Cuando uno se cansa, se retira o decide poner el tema en el cajón de "gilipollendejadas que cometí cuando era demasiado joven y demasiado ingenuo", su lugar es rápidamente ocupado por otros para los que todo el tema (sean los círculos de las cosechas, la homeopatía, las líneas de Nazca o los experimentos malhechotes de J.B. Rhine) resulta absolutamente novedoso porque les alimentan las mismas falsedades, argumentos insostenibles e historias fantásticas que hace treinta años. Y los vasallos vienen y los repiten como si fueran un descubrimiento de última hora.

En esas condiciones, no faltan los promotores del pensamiento crítico que lo dejan por imposible. ¿Para qué argumentar razonable y racionalmente en los comentarios de una nota sobre homeopatía, por ejemplo, si no se va a convencer a los creyentes y además hay que volver a escuchar los argumentos de siempre y tener que plantear los contraargumentos de siempre? ¿Es que no quedó claro la vez pasada? ¿Y ahora éstos también serán impermeables a toda forma de razón? ¿Qué sentido tiene esto?

En realidad tiene mucho sentido, pero no en lo evidente. Sí, los mucamos de la irracionalidad son inamovibles, es parte de la descripción de su puesto como pajes de los que cobran. Discutir con ellos, pues, es inútil en cuanto a conseguir algún avance con ellos. Sin embargo es muy conveniente recordar que en estos diálogos (y en las tertulias de la televisión y la radio, y en todo enfrentamiento al aire libre) no están sólo el audaz escéptico y las hordas babeantes de magufos. Hay un público. Un público silencioso, difícilmente cuantificable, que lee, que toma partido, que reflexiona y que saca conclusiones sin informar de cuáles.

Quienes participamos en los medios de comunicación (desde Twitter hasta la CNN), y especialmente quienes promovemos la razón crítica y cuestionadora, no podemos olvidar que nuestro trabajo es, precisamente, comunicar, como no lo olvidan los vendedores de misterios y sus pinches pinches (como diríamos en México y en España).

Cuando se debate en los medios, un objetivo esencial es impedir que el público se vea ante una engañosa unanimidad irracionalista, lograda gracias al tiempo libre que tienen los mancebos de la estulticia, sino que se tropiecen con visiones cuestionadoras, si posible divertidas e irónicas, con dosis justas de mala leche, que los lleven a pensar en la posibilidad de que las cosas son de otro modo, que pongan en duda las afirmaciones contundentes de los propagandistas.

Si uno va a la televisión a discutir con personajes que parecen haber extraviado las neuronas en el patio del kindergarten, no se debe tener la ilusión de que es posible convencerlos de su error (si en la mayoría de los casos ya saben que están mintiendo, hombre, no seamos ingenuos). Se trata de contrarrestar su mensaje al público con otro mensaje de crítica profunda, sólida, basada en hechos, aguda y profundamente irónica y satírica, para que el público no se los tome en serio, se ría, se atreva a reflexionar sobre lo que le estaban ofreciendo.

Por eso es necesario que los promotores del pensamiento crítico estén en toda tertulia a la que los inviten, por patética que parezca. Su ausencia da carta blanca y patente de corso a los evangelizadores de la anencefalia, a los que se ocupan intensamente de robarle al público confianza en la realidad, libertad, capacidad crítica, opciones de informarse más a fondo y dinero, poder o sexo en cantidades nunca despreciables, y a veces la salud, la calidad de vida o directamente años de existencia.

El charlatán que entra a discutir con los racionalistas no pretende convencerlos, eso es evidente a poco que se tenga un intercambio con ellos. No quieren convertir en creyentes a amables escépticos capaces de recitar diez falacias argumentales de memoria. Buscan conversos, y para obtenerlos ridiculizan a la ciencia, la inteligencia, el conocimiento y quienes los defienden, porque el número de conversos se refleja directamente en su cuenta bancaria, en su prestigio, en su acceso a más medios. El beneficio de su esfuerzo es inmediato. Una aparición en televisión de un supuesto vidente rinde sus frutos al día siguiente, en la cola de su "consulta". El crítico busca que el público piense y dude emplea razones, argumentos rigurosos y bien sustentados, datos, hechos y conocimientos, y no ve el resultado de su trabajo con tanta claridad, de hecho las más de las veces ni se entera de si su trabajo tuvo o no frutos. Y como no le van la supervivencia y el diario condumio en la eficacia que despliegue en el enfrentamiento, ya empieza con un fuerte handicap en contra.

Por eso, cada vez que se repiten los argumentos defectuosos de los vendemisterios, es indispensable repetir los contraargumentos racionales. Y de ser posible buscando formas orignales para presentar los mismos argumentos. Para la gran mayoría de los lectores, ambos argumentos son novedosos, y cada uno los evaluará independientemente de cuántas veces hayamos dicho "no existe ni una prueba de que la homeopatía funcione", por decir algo. No participar en un enfrentamiento, no impugnar, no hablar, le limpia el camino a los ocultistas profesionales.

Y de cuando en cuando el “escéptico” recibe datos que le indican que su labor sí ha dado resultado, mensajes, reacciones de grupos como los jóvenes médicos ingleses hartos del embuste de la homeopatía, algo de vergüenza creciente de algunos personajes públicos por identificarse con supersticiones prehistóricas, gente que encuentra el inicio de su relación con el pensamiento crítico en el trabajo de uno u otro escéptico, desde Asimov o Sagan hasta el más desconocido bloguero adolescente.

Y esto tiene que bastar porque tiene un valor verdaderamente gigantesco. Una persona capaz de ver críticamente su mundo es verdaderamente una apuesta por la esperanza de un mundo más libre, mejor educado, menos manipulable por charlatanes de todas las disciplinas.

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Notas:

(1) Nunca me gustó utilizar la palabra "escéptico" para definir a quienes no creen en la magia y promueven el pensamiento racional, crítico y riguroso. Aunque fui cofundador de la Sociedad Mexicana para la Investigación Escéptica y pertenezco al Círculo Escéptico, la palabra siempre me ha venido a contrapelo, porque todos, absolutamente todos somos escépticos, según con qué, a qué hora y bajo qué condiciones. La misma persona que va a que lo adornen con agujitas en una sesión de magia acupunturil puede ser por otro lado un profundo pensador escéptico respecto de la física de materiales o el diseño de dobladoras de lámina. De hecho, ése es uno de los aspectos que me parecen más curiosos de la mente humana, cómo se consigue hacer convivir la heurística genéticamente cableada de nuestros cerebros, con su plétora de sesgos cognitivos, conclusiones irracionales, exageraciones y reacciones sin reflexionar, con un pensamiento de alto nivel, racional, sereno y dispuesto a reorientarse y replantearse de cara a los hechos y los datos. Es decir, afirmar que uno es escéptico y otras personas no lo son en absoluto no es una definición real ni útil de la situación, y no me parece responsable apropiarme de esta clasificación filosófica.

(2) "Magufo" es un neologismo de los años 90 que denota a quien ejerce o "investiga" temas ocultistas, y a veces simplemente a quien cree en aspectos varios del ocultismo. Me parece una palabra eficaz y necesaria, pero se ha convertido en sí misma en campo de batalla, al grado que los especialistas en sabotear el pensamiento crítico en Wikipedia se enfurecieron babeantes cuando dicha palabra se introdujo en la enciclopedia y emprendieron un intenso esfuerzo censor, represor y mendaz (nada nuevo) para censurarla, como los pequeños torquemadas que son. Como me aburren las discusiones semánticas, y creo que el tema es demasiado serio, evito usar dicha palabra para tratar de centrarme en el fondo y no en la forma, cosa que además les sienta como una patada al estómago a los charlatanes, ocultistas y... magufos.