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marzo 02, 2013
Haz dos listas...
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La fotografía es de Dominio Público y fue obtenida en Wikimedia Commons. Como todos los minicarteles que hacemos, es de libre distribución.
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febrero 24, 2013
Marie Curie y la importancia de la ciencia
No son los charlatanes, los pseudocientíficos, los vendedores de fantasías interesadas, los que han mejorado la vida humana en los últimos 400 años.
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octubre 08, 2012
¡Ellos fueron!
El libro está disponible en las tiendas de Amazon de España, Estados Unidos, Reino Unido, Francia e Italia,
El libro se dedica en parte a algunos de los más conocidos científicos y algunos detalles poco conocidos de sus vidas, pero también a gente como:
Un pirata cuya obra científica acompañó a Darwin en su viaje en el Beagle...
Una mujer sin cuyo trabajo habría sido imposible descubrir la forma del ADN...
Un mundialmente famoso guitarrista de rock que es doctor en astrofísica...
Un médico húngaro al que muy probablemente usted le debe la vida...
Un paleontólogo que quiso ser rey de Albania...
Un genio de la física que resolvía ecuaciones en clubes de striptease...
Un físico que regaló los derechos del invento que lo habría hecho multimillonario...
Y otros 43 personajes peculiares que han participado en la investigación del universo y que han encontrado respuestas que dan forma a nuestra vida cotidiana, nuestro conocimiento, nuestro bienestar, nuestra salud y nuestro futuro.
William Dampier, Ignaz Semmelweis, Francis Bacon, Ambroise Paré, Richard Dawkins, Charles Darwin, María Sklodowska Curie, Leonardo Da Vinci, Isaac Newton, Alan Turing, Nicolás Copérnico, Srinivasa Ramanujan, Zahi Hawass, Konrad Lorenz, Giordano Bruno, Louis Pasteur, Stephen Hawking, Benjamin Franklin, Alexander Fleming, Vilayanur S. Ramachandran, Oliver Sacks, Gregor Mendel, Charles Babbage, Brian May, Bob Bakker, James Maxwell, Santiago Ramón y Cajal, Nicola Tesla, Rosalind Russell, Tim Berners-Lee, Philo T. Farnsworth, Miguel Servet, Ferenc Nopcsa, Harvey Cushing, Alberto Santos Dumont, Mateo Orfila, Niels Bohr, Bertrand Russell, Christiaan Barnard, Carl Sagan, Richard Feynman, Andreas Vesalio, Patrick Manson, Alfred Russell Wallace, John Snow, Wernher von Braun, Alexander Von Humboldt, Claude Bernard, Thomas Henry Huxley y Peter Higgs
junio 04, 2012
Orina de murciélago o sangre de santo
La persecución contra Sanal Edamaruku por desvelar que el agua milagrosa y bendita que rezumaba un crucifijo en Mumbai provenía del desagüe de un retrete (vea la entrada anterior) me recordó una anécdota sobre William Buckland que relata Walter Gratzer en el muy recomendable libro Eurekas y euforias. Cómo entender la ciencia a través de sus anécdotas.
William y Frank Buckland fueron un importante dúo del naturalismo británico del siglo XIX, conocidos no sólo por sus trabajaos de observación de la naturaleza, sino también porque tenían la vocación, científica según ellos, de comerse a todo tipo de animal que se encontraran en sus pesquisas zoológicas. William, el padre, era el más audaz y despreocupado en sus aventuras gastronómicas (la historia registra que se manducó el corazón del rey francés Luis XIV que guardaba como curiosidad, reseco hasta el tamaño de una nuez, el arzobispo de Harcourt.
William no era sólo geólogo, plaeontólogo, profesor de Oxford y gourmet heterodoxo, sino que era un sacerdote que llegó a ser Deán de Westminster, posición bastante elevada en la jerarquía de la iglesia de Inglaterra.
Por ejemplo, como sacerdote protestante, William Buckland se casó y fue de luna de miel con su nueva esposa en 1826 a Italia, donde visitó la ciudad de Palermo. Lo llevaron por supuesto a visitar el santuaro de Santa Rosalía, ni más ni menos que la santa patrona de Palermo. En cuanto posó la vista sobre los sagrados huesos de la santa, esos huesos que ella misma (en aparición postmortem, se entiende) había ordenado que se llevaran en procesion por las calles de Palermo en 1624 salvando así milagrosamente a la ciudad de la plaga, William Buckland exclamó: "¡Esos son los huesos de una cabra, no de una mujer!"
Los sacerdotes trataron de discutir, pero Buckland sabía de huesos y los sabía identificar. Así que los encargados del establecimiento se apresuraron a explicar que Santa Rosalía no permitiría que viera la verdad de sus santos restos un protestante infiel.
Por si las dudas, desde entonces y hasta el día de hoy, los milagrosos y curativos huesos etiquetados como "reliquias de Santa Rosalía" quedaron guardados de miradas molestas, descreídas y con conocimientos de anatomía comparada, en un coqueto osario sin ventanas. Osario que, por supuesto, se procesiona por las calles de Palermo con gran devoción todos los días 15 de julio para que los palermitanos le pidan protección contra las malvadas enfermedades.
La anécdota del libro de Gratzer que menciono se refiere a otra ocasión, durante una visita a la Catedral de San Pablo en Londres, se le mostró piadosamente al reverendo William Buckland una pequeña depresión en el suelo donde, decían los fieles (sin que los contravinieran mucho los encargados del establecimiento y el cobro de las preceptivas limosnas) había una extraña mancha que nunca se secaba, que nunca cambiaba y que, suponían todos en franco éxtasis religioso, era la milagrosa sangre de algún santo que así bendecía a la lujosa catedral y a quienes tenían el honor de mantener con su trabajo y sudor tanto a la catedral como a los caballeros que en ella vivían como príncipes sin trabajar demasiado.
Conocedor de los animales y sus sabores más raros, Buckland se puso de inmediato a cuatro patas, husmeó el líquido, le dio un lametazo y declaró con enorme satisfacción: "¡Yo sé qué es esto! ¡Es orina de murciélago!"
Lo era, por supuesto.
Los milagros y las reliquias tienden a tener historias así de extrañas. Como productos del medievo, cuando era gran negocio tener algún despojo de santo, mártir o del propio Cristo, son producto de numerosas falsificaciones (como la del lienzo de Turín, vendido como la mortaja de Cristo). No era extraño así que hubiera varias cabezas de San Juan Bautista veneradas en distintas iglesias, ni santos con tres o cuatro brazos.
Por supuesto, en el caso de Buckland era, finalmente, religioso cristiano además de ser un científico de los más avanzados de su época. Quizá por eso se ahorró las persecuciones salvajes y fundamentalistas que hoy vive Sanal Edamaruku por demostrar que otro presunto milagro más... simplemente no lo era.
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William Buckland, geólogo, sacerdote, paleontólogo y tragaldabas. (Imagen D.P. vía Wikimedia Commons) |
William no era sólo geólogo, plaeontólogo, profesor de Oxford y gourmet heterodoxo, sino que era un sacerdote que llegó a ser Deán de Westminster, posición bastante elevada en la jerarquía de la iglesia de Inglaterra.
Por ejemplo, como sacerdote protestante, William Buckland se casó y fue de luna de miel con su nueva esposa en 1826 a Italia, donde visitó la ciudad de Palermo. Lo llevaron por supuesto a visitar el santuaro de Santa Rosalía, ni más ni menos que la santa patrona de Palermo. En cuanto posó la vista sobre los sagrados huesos de la santa, esos huesos que ella misma (en aparición postmortem, se entiende) había ordenado que se llevaran en procesion por las calles de Palermo en 1624 salvando así milagrosamente a la ciudad de la plaga, William Buckland exclamó: "¡Esos son los huesos de una cabra, no de una mujer!"
Los sacerdotes trataron de discutir, pero Buckland sabía de huesos y los sabía identificar. Así que los encargados del establecimiento se apresuraron a explicar que Santa Rosalía no permitiría que viera la verdad de sus santos restos un protestante infiel.
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Procesión de la fiesta de Santa Rosalía en Palermo, 2010. Tomada de The Italian Piazza bajo política de fair use. |
La anécdota del libro de Gratzer que menciono se refiere a otra ocasión, durante una visita a la Catedral de San Pablo en Londres, se le mostró piadosamente al reverendo William Buckland una pequeña depresión en el suelo donde, decían los fieles (sin que los contravinieran mucho los encargados del establecimiento y el cobro de las preceptivas limosnas) había una extraña mancha que nunca se secaba, que nunca cambiaba y que, suponían todos en franco éxtasis religioso, era la milagrosa sangre de algún santo que así bendecía a la lujosa catedral y a quienes tenían el honor de mantener con su trabajo y sudor tanto a la catedral como a los caballeros que en ella vivían como príncipes sin trabajar demasiado.
Conocedor de los animales y sus sabores más raros, Buckland se puso de inmediato a cuatro patas, husmeó el líquido, le dio un lametazo y declaró con enorme satisfacción: "¡Yo sé qué es esto! ¡Es orina de murciélago!"
Lo era, por supuesto.
Los milagros y las reliquias tienden a tener historias así de extrañas. Como productos del medievo, cuando era gran negocio tener algún despojo de santo, mártir o del propio Cristo, son producto de numerosas falsificaciones (como la del lienzo de Turín, vendido como la mortaja de Cristo). No era extraño así que hubiera varias cabezas de San Juan Bautista veneradas en distintas iglesias, ni santos con tres o cuatro brazos.
Por supuesto, en el caso de Buckland era, finalmente, religioso cristiano además de ser un científico de los más avanzados de su época. Quizá por eso se ahorró las persecuciones salvajes y fundamentalistas que hoy vive Sanal Edamaruku por demostrar que otro presunto milagro más... simplemente no lo era.
marzo 17, 2012
Muere la ciencia y florece la pseudociencia
El Centro de Investigaciones Príncipe Felipe, considerado en su momento como uno de los 150 mejores del mundo, fue la punta de lanza. A los despidos abiertos de investigadores científicos y empleados se sumó la subrepticia cancelación de becas a profesionales que estaban realizando sus trabajos de doctorado y postdoctorado. Especialistas en cuya formación España ya había invertido cientos de miles de euros y horas de esfuerzo se vieron de pronto en la calle, con un proyecto a dos años cortado a la mitad, sin posibilidad de reanudarlo, sino obligados en todo caso a volver a empezar su doctorado esperando que una nueva convulsión ultraliberal no los vuelva a dejar a la vera del camino.
Pero no es el único caso. En numerosos centros de investigación se ha echado por la puerta a investigadores y a los equipos humanos indispensables para que realicen sus investigaciones. Se ha agotado el dinero para materiales, equipos, reactivos y otros suministros indispensables para trabajos de vanguardia en todo tipo de disciplinas, desde la oncología y la neurociencia hasta la física de partículas y los nuevos materiales.
Desde 2009, los recortes han alcanzado el 31,5% del dinero que España invierte en ciencia, una reducción de 1.315 millones de euros para dejar la inversión, en 2012, en 2.860 millones. Que parecerían mucho si uno no sabe lo que significan estas cifras y lo que se pierde.
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