noviembre 04, 2004

El sentido de lo maravilloso
(gato por liebre en dosis industriales)

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Bueno, pero... ¿qué tiene de malo que haya quien crea en la astrología, en la telepatía, en las caras de Bélmez, en los platillos voladores y en todas las demás afirmaciones paranormales, seudocientíficas, esotéricas, ocultistas, parapsicológicas y charlatanescas en general?

Y, claro, ¿qué tiene de malo que los gurús de los creyentes se presenten en los medios como el absolutamente bufonesco tipo que estuvo hace un par de días en la televisión española, en el programa "La Noche", hablando de cuando vio un demonio en Haití?

Vamos a dejar de lado por lo pronto lo obvio, que la principal ocupación de todo gurú es la depredación, en ocasiones sólo buscando aplausos, en ocasiones buscando sexo, pero generalmente buscando dinero: cobro de consultas, de cartas astrológicas, de pociones supuestamente medicinales, de programas de radio y televisión, de venta de revistas y libros (sobre todo libros, no hay ningún supuesto parapsicólogo, ningún charlatanazo, que no tenga al menos un libro publicado con sus fantasías), de venta de inscripciones en asociaciones de nombres rimbombantes, de venta de discos compactos de todo tipo, de venta de aparatos estrafalarios, etc.

La primera reacción, obviamente, es decir que cada quién es libre de creer en lo que quiera y que nadie tendría por qué meterse en sus creencias. Y eso es cierto, pero no en el sentido que interesadamente se le quiere dar. La pregunta es si la gente quiere libremente creer en algo o si bien se le ha dirigido hacia la creencia negándole su derecho a conocer libremente sus opciones.

Telepatía y unipartidismo


Supongamos que alguien lee o ve en la televisión una serie de argumentos que lo llevan a "creer en la telepatía". Digamos, por ejemplo, que se dice: "¿No te ha pasado que estás pensando en alguien y de repente suena el teléfono y es esa persona? Pues ahí está, en ese momento han conectado telepáticamente."

Hum, el hecho es real, la explicación ofrecida es una supuesta conexión de dos cerebros. Se puede creer en tal conexión.

¿Puede creer "libremente" esa persona en la "telepatía" si no escucha en la televisión, en el mismo programa, en condiciones semejantes, argumento alguno en contrario? ¿Y puede hacerlo si, como parte de sus argumentos, el vendedor de la "telepatía" tiene minutos de aire o antena para vomitar algunas falsedades sobre la ciencia "dogmática, cerrada, elitista, fascista" que no acepta verdades tan sencillas como la que según él acaba de demostrar?

¿Qué tanta libertad tiene realmente quien decide en ese momento creer en la telepatía?

Para ejercer la libertad de elección se debe tener libre información sobre las opciones a elegir. Cuando sólo se pone a disposición de la gente una opción, y las otras en todo caso sólo se mencionan para denigrarlas, lo que hay es dictadura.


Es la dictadura que en los medios tienen los charlatanes. Y es la dictadura que les molesta que se desafíe desde los espacios del pensamiento crítico.

La víctima de la hipotética emisión televisual de referencia, nunca ha estado expuesta (y no lo estará en el actual esquema mediático) a un argumento en contrario que podría decir: "Calcula a cuántas personas conoces bien y verás que no son muchos, cien, quizá. Luego calcula cuántas veces piensas en una u otra persona a lo largo del día, todos los días de tu vida. Y ten en cuenta más o menos cuántas personas te llaman por teléfono al día. Pensando en esos términos, ¿es muy improbable que una o dos veces se dé la coincidencia de que pienses en uno poco antes de que te llame? Evidentemente, como el suceso es notable, nos acordamos de él y no nos acordamos de los miles y miles de veces en que pensamos en alguien y no nos llama, o que nos llama alguien en quien no estamos pensando. Por tanto, quizá lo que ocurra sea una coincidencia y no es un suceso tal que amerite creer en un poder mental misteriosísimo que nadie ha podido demostrar".

El charlatán no tiene oposición, predica sin que nadie lo ponga en duda, se le da, por ende, valor de verdad indiscutible a lo que dice en los medios.

Si esto no ocurriera en el terreno del conocimiento científico, sino en el de la política, lo más curioso es que los mismos medios de comunicación pondrían el grito en el cielo.

Suponga usted que en todos los medios (prensa, radio y televisión) sólo se permite la publicidad del Partido A, que sólo los miembros y candidatos del Partido A pudieran aparecer en ellos, ser entrevistados en ellos y hablar en ellos, y que el Partido B, la oposición, sólo fuera mencionado para calificarlo de "dogmático, cerrado, elitista y fascista". ¿Qué tanta libertad tendrían los electores? ¿Qué tan válida podría considerar la "libre elección" de los votantes un observador imparcial a la hora de las votaciones?

Vaya, hasta en el mundo de los temas "del corazón" hay la oportunidad de que hablen quienes se dedican a denostar a un personaje y quienes lo defienden. En el fútbol y otros deportes, no se diga, la pluralidad de opiniones y visiones es enorme. En política, el debate es animado, siempre, en todos los países democráticos. Hay debate libre y opiniones encontradas referentes al cine y a la moda de primavera-verano.

Pero cuando se trata de paranormalidad, ocultismo, esoterismo, etc., no hay tal pluralidad.

A cambio, lo único que tiene el público es la tersura de una única opinión consagrada por los medios, que se repite en prensa, radio y televisión sin que se permita a nadie confrontarla, criticarla, defender otras explicaciones o señalar los errores y falacias de las explicaciones oficiales de Más allá, Año cero, Milenio 3, Tercer milenio (no, no son lo mismo, el primero es el programa de radio de Herr Íker Jiménez y el segundo el programa de televisión del estólido Jaime Maussán) y, lo peor, de Antena 3, Telecinco, Televisión Española, Televisa, TV Azteca, Cadena Ser, Onda Cero, la XEW, etc. (perdonarán que sólo hable de mi experiencia, limitada a México y España, seguramente si usted es de otro país encontrará sin problemas a sus equivalentes).

Lo que hay se llama, claro, dictadura informativa. Y les encanta.

La primera pregunta, entonces, es si la gente, creyente o no, no tiene derecho alguno a conocer otros puntos de vista y si al negársele ese derecho realmente está creyendo libremente en las afirmaciones que se le ofrecen.

Es evidente que el público tiene derecho a saber, y ése es el principal motor de una actividad periodística honesta. Si se le niega ese derecho a la gente, es perfectamente natural que se proteste y se exija no la censura de la charlatanería en los medios (la censura la practican los charlatanes en sus grupúsculos de iniciados), sino igualdad de acceso, derecho de réplica y confirmación del derecho de la gente a tener información amplia sobre los distintos puntos de vista que existen sobre un suceso, cualquiera que éste sea.

Los charlatanes se especializan en la censura, y sin duda alguna están despojando a la gente de un derecho real cosa que ciertamente es grave.

Pero vamos a la persona que creyó en la telepatía. Víctima del monopolio mediático del charlatanaje sin oposición, es lógico y natural que se acerque a quienes hablan de la telepatía, porque el ser humano es de natural curioso, y más cuando se trata de cosas que pueden mejorar su vida.

Y nadie vende "solamente" telepatía.

La megacorporación del embuste u holocharlatanería


Si existe la telepatía, será una energía, al morir esa energía provoca fantasmas, los fantasmas hacen sicofonías y teleplastias, y mueven la ouija y nos pueden poseer; la energía de los vivos la tienen los chakras, los chakras desalineados causan enfermedades, las enfermedades las curan la medicina ayurvédica, la homeopatía, la naturopatía, la acupuntura, el drenaje linfático, la hipnosis o cualquier conocimiento milenario; los conocimientos milenarios son espirituales, por eso los rechaza la ciencia (cerrada, dogmática, fascista, etc.), lo espiritual milenario permitió que aparecieran las pirámides, que las construyeron los extraterrestres, los extraterrestres nos visitan y hasta nos secuestran...

Una verdadera historia interminable.

La holocharlatanería (charlatanería integral) o megacorporación del embuste es incapaz de negar a ninguna de las ramas que la componen. Nunca ha sido descubierto un mentiroso en el interior del templo. Los supuestos psicofonistas acaban buscando ovnis e hipnotizando a distancia. Los supuestos ovnílogos acaban haciendo sectas para adorar a los hermanos mayores y organizando tours a las pirámides. Los promotores de la meditación venden seudomedicinas. Todos son uno.

A lo largo de los últimos 20 años, más o menos, se ha engarzado una sucesión de eslabones que llevan de cualquier creencia indemostrada a cualquiera otra pasando por numerosas afirmaciones igualmente sin demostrar. Vaya usted a cualquier sitio Web de la credulidad organizada y verá cómo a todos los gurús les interesan todos los aspectos de la charlatanería, y todos tienen algo qué vender en varias áreas. Nada es dudoso, nada es falso, todo es cierto, todo cuesta... y el camino puede seguir fácilmente hasta la pertenencia a sectas como la Raeliana o la "Puerta del cielo" y su suicidio colectivo.

Pero esos extremos evidentemente son poco frecuentes (la mayoría de los sectarios prefieren mantener vivas a sus ovejas para seguirlas trasquilando, los seguidores muertos no son muy buen negocio).

Sin embargo, creer en una sola de estas propuestas abre las puertas a la creciente necesidad de creer en muchas de ellas, cuando no en todas (aunque se contradigan entre sí).

El universo ordenado, explicable y entendible por medio de la razón va quedando desplazado por misterios, fenómenos inexplicables, situaciones terroríficas, "iniciaciones" e "iluminaciones". Cada avance que hace alguna persona en su creencia en los delirios comerciales del ocultismo destierra de su mente algún conocimiento certero y la sume en el oscurantismo y la superstición.

El conocimiento de que la neurología, la psiquiatría y la etología estudian la conducta y los procesos mentales se ve desplazado por la superstición de que la conducta y los procesos mentales dependen de la telepatía, del aura, de la hipnosis.

El conocimiento de que el universo es un sitio donde hay estrellas y planetas que podemos conocer y estudiar se ve desalojado por la superstición de que el universo es un lugar donde hay estrellas que influyen hasta en los aspectos más nimios de nuestra vida en formas que sólo pueden desentrañar los astrólogos y que está lleno de seres que vienen a enseñarnos o a secuestrarnos.

El conocimiento arqueológico que nos permite conocer, entender y recuperar las culturas antiguas se ve expulsada por la idea de que son los astroarqueólogos los que realmente explican esas culturas antiguas mediante extraterrestres y poderes místicos.

El conocimiento de la medicina con bases en la química, la fisiología y la biología molecular para mejorar nuestra calidad y cantidad de vida se ve dislocado por la superstición de que ciertas personas con conocimientos secretos y mágicos sobre el "aura" y los "meridianos" del cuerpo son el verdadero rumbo a la salud.

Y todo ello sin que ninguna de las ideas que han degradado a las otras en la mente del creyente tenga forma alguna de probar que realmente es una explicación válida, completa y aceptable porque se le impide el acceso al público en los medios.

En esas condiciones, ¿cómo sabe el verdadero creyente que una u otra parte de la holocharlatanería es efectiva?

Sólo tiene la palabra del gurú.

La palabra del gurú: la verdad, única, inmortal e incriticable


Quien rinde su credibilidad, por falta de información las más de las veces, a un charlatán profesional (puede ser un seudoinvestigador, un contactado, un astrólogo, un adivinador, un curandero o cualquiera de estos brujos), suspende su razonamiento y entrega su capacidad de aceptar o rechazar la realidad al gurú.

Al gurú no se le puede criticar ni se le puede poner en duda.

Si uno visita las listas de correos en las que se reúnen los cónclaves de fieles creyentes, o si puede asistir a sus ceremonias mágicas (o "de investigación"), puede ver cómo cualquier voz discordante es de inmediato suprimida. Los demás creyentes proceden a descalificar al dubitativo sin argumentos, acusándolo de "querer manchar al gurú" o de "venir a meter ruido", exigiendo que "si no es creyente no debe estar aquí", mientras que el gurú o alguno de sus archimandritas procede al borrado de los mensajes discordantes y a la prohibición del dubitativo a seguir participando en la lista.

El diálogo alrededor del gurú no existe. Sólo existe la adoración, la confianza ciega, la defensa a ultranza, la ausencia de argumentos, sustituidos por la fe.

Evidentemente, en su vida cotidiana, los fieles creyentes, de manera totalmente contradictoria (pero sin darse cuenta de la contradicción), siguen usando el pensamiento crítico. Por una parte, no comprarían un automóvil usado sin verlo, no comprarían una joya sin que un joyero o gemólogo certificara su autenticidad y no comprarían una casa sin cerciorarse de que la construcción está en buenas condiciones y que el vendedor es el genuino propietario y tiene derecho a vender.

Ninguna de esas exigencias de demostrabilidad y palpabilidad se la imponen a las afirmaciones de su gurú. El gurú puede, cuando el grupo está debidamente maduro, decir prácticamente cualquier cosa que se le ocurra: que le ha tomado una foto a Jesucristo (hay al menos dos sujetos que afirman eso en distintos países en medio de la adoración de sus incondicionales), que viaja en naves extragalácticas, que viaja en el tiempo, que habla con Dios... incluso, cuando el grupo realmente está preparado, el gurú puede afirmar que es Dios.

Y muchos fieles le creerán.

¿Se le han conculcado o no derechos a esos fieles, entre ellos el derecho a saber?

¿Creen libremente estos creyentes o son sujetos de un lento y cuidadoso proceso de adoctrinamiento irracional que acude a sus emociones más básicas para obligarlos a suspender su capacidad de razonamiento ante afirmaciones que, cuando menos, deberían moverlos a buscar una corroboración?

Desde el punto de vista de los más elementales derechos humanos, como el derecho a la información y a la educación, el monopolio de la charlatanería, su proclividad a la censura y la paranoia que inspira en la guerra "nosotros" contra "ellos" impiden el ejercicio pleno de esos derechos.

Por supuesto, si se consigue el acceso equivalente a los medios que se pide, que se ha pedido y que se debe seguir pidiendo y exigiendo a todos los niveles (desde el periodista individual hasta las autoridades encargadas de vigilar la aplicación de las leyes sobre libre expresión y derecho a la información), habrá personas que crean de todos modos en sus gurús.

En tal caso, al menos, hay dos cosas certeras: ejercerán su creencia con más libertad y, sin duda alguna el número de nuevos creyentes descenderá.

A esto, claro, es a lo que temen los gurús.

A un nivel más profundamente humano, más allá de las consideraciones legales, hay sin embargo un elemento mucho más cruel en la promoción de la irracionalidad: el robo del sentido de lo maravilloso.

El sentido de lo maravilloso


Evidentemente nuestro universo está pletórico de situaciones maravillosas que desafían nuestra capacidad de comprensión.

Vivimos en un trozo de roca y lodo flotando en la nada, en el que la vida surgió lentamente por medio de misteriosos procesos químicos, sostenida por la energía de una estrella cercana, y evolucionó hasta llegar a un ser capaz de disfrutar el Concierto para violín y orquesta de Beethoven y crear "El jardín de las delicias" de El Bosco.

Las luces del cielo que asombraban a nuestros ancestros son estrellas como la nuestra, las hay mucho más grandes y mucho más pequeñas, más jóvenes y más viejas. Probablemente en algunas hay vida y estamos buscándola. Y cuando la encontremos será maravilloso.

Si tomamos dos células determinadas y las juntamos, podemos obtener un ser humano completo, lleno de capacidades para sentir, pensar, disfrutar o descubrir (aunque también para odiar, matar, torturar y creer en supersticiones peligrosas, ésa es nuestra responsabilidad colectiva).

Estamos formados por átomos que tienen leyes asombrosamente distintas a las leyes que rigen el mundo que nosotros vemos, donde la gravedad no cuenta, donde las partículas están y no están al mismo tiempo.

Es posible encontrar, en la naturaleza o de forma artificial, moléculas que curan enfermedades que durante toda la historia humana causaron un flujo incesante de millones de víctimas y que hoy están prácticamente olvidadas.

Aprendimos a volar, a hacer túneles, a hacer puentes, a crear música, a viajar al espacio, a comunicarnos instantáneamente a cualquier lugar del planeta con un pequeño aparato de mano (a ver cuándo la telepatía se acerca a la telefonía móvil).

Todo a nuestro alrededor puede estar lleno de asombro si sabemos verlo.

Y tenemos derecho a saber verlo.

También estamos rodeados de una gran cantidad de misterios.

¿Cómo se transmite la gravedad? ¿Dónde está la materia oscura del universo? ¿En qué momento de nuestra evolución apareció el arte? ¿Qué privilegiadas mentes tenían los mayas para descubrir el cero y los egipcios para construir las pirámides? ¿Cuántos conocimientos de los ingenieros romanos hemos perdido? ¿Cómo evitar el cáncer? ¿Son las aves las descendientes de los dinosaurios? ¿Cómo se transmite exactamente la conducta de origen genético? ¿Cuáles son las causas precisas de muchas enfermedades y cómo podemos vencerlas?

Misterios en enormes cantidades que sin duda alguna evocan también nuestro sentido de lo maravilloso.

Siempre y cuando los charlatanes no lleguen con una miríada de misterios falsos, de afirmaciones sin comprobación, de historias que no permiten que nadie estudie de cerca si no es de la secta, de suposiciones y conclusiones apresuradas y con ellas nos impidan ver las maravillas y misterios reales de nuestro universo.

¿Qué tiene de malo que alguien crea en supersticiones, pues?

Que generalmente cree sin libertad.

Que es víctima de una dictadura mediática.

Que se humilla su dignidad sometiéndolo a los dictados de un gurú.

Que se le alimentan mentiras y se les lleva a la irracionalidad supersticiosa.

Y, sobre todo, que se le roba el sentido de lo maravilloso y se le sustituye por misterios falsos, maravillas de latón y engaños convenientes para gloria de unos pocos desvergonzados.

Si no es lo bastante claro, volvemos a explicarlo de otro modo.

octubre 31, 2004

El espeluznante caso de la demanda desaparecida

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En el forete del circo del SEIP, Pedro Amorós no consigue ponerle freno a su mitomanía, esa mitomanía que en tantos líos lo mete. Pero ahora no adorna más su currículum (cuando podría decir que le dieron el Nobel este año o alguna chirigota similar), sino que me usa de pretexto para regar su jardín de lirios y delirios.

Si usted, lector, no tiene mucho tiempo, le doy un resumen: dice Pedro que me denunció pero que no me denunció porque soy un "mexicanito" pobre y él no me podía sacar dinero, por lo que, dice, ahora se están juntando en gang todos los seudoinvestigadores "del misterio" para demandar a sus críticos aunque no tengan dinero.

(Quien encuentre la lógica en este batiburrillo de babosadas, por favor avise y explique, se agradecerá.)

Pero antes de entrar en tema, me interesa este caso como seguimiento de la entrada anterior sobre el horror a la crítica que tienen los habitantes de las cavernas del ocultismo fanaticón. Permítaseme un resumen de lo ocurrido.

El odio de los embusteros profesionales a la libre expresión de ideas y opiniones y su incapacidad para responder


En agosto escribí que un anuncio de cedés "curativos" de Amorós no sólo no curaba ni los callos, sino que su afirmación de que ciertas ondas sonoras del cedé no se podían copiar al copiar el cedé era una mentira gorda, rozagante y descarada. En lugar de responderme como corresponde a un investigadorazo miembro de instituciones internacionalmente respetadísimas, como fantasea ser, tapándome la bocota con demostraciones de curaciones realizadas con su cedé hipnótico o demostrando que efectivamente hay "ondas sonoras" que no se pueden copiar en su cedé del país de nuncajamás, Pedrito Amorós me amenazó con una denuncia por "calumnias", misma que NUNCA presentó.

Ante tal acusación propia de un habitante del mundo de la telebasura, pero especialmente bobo, procedí a demostrar que al menos tres afirmaciones adicionales de Amorós son falsas: que es "miembro" del SETI Institute, que ha sido asesor de la CNN y que también lo ha sido de la BBC. Para ello me puse en comunicación con estas tres instituciones, todo lo cual es fácilmente corroborable. Además, encontré un reportaje en El Mundo donde se argüía con pruebas que Pedro Amorós no era "ingeniero informático" como alucinaba (deje usted de eso, en el Segundo congreso internacional de TCI en México este cabecita hueca se dejó llamar "doctor", hágame usted el recabrón favor), y que nunca había asesorado a la Ten Thirteen Productions, la empresa que produjo Expedientes X.

Ante estos hechos basados en las respuestas de los responsables del SETI Institute, de la CNN, de la BBC, de la productora de Expedientes X y del Ministerio de Educación, Amorós no se ocupó en demostrar que sí era miembro y asesor de todo lo que decía (cuando bien podía dar el número de su título de "ingeniero informático" con el detalle que da a su inservible título de Master en Parapsicología Superior por la Academia Europea de las Artes y las Letras nº 18/1998 reg. 9832).

Para un "investigador parapsicológico" que al parecer tiene problemas para atarse solito los zapatos, esto es demasiado complicado. Mejor, en su invariable línea de conducta, Pedrúsculo vuelve a mentir diciendo que no existió mi investigación periodística, sino que todo se reducía a lo dicho en El Mundo por Javier Cavanilles y Paco Tormo, y revolcándose como un simpático Sus scrofa en su esquinita de lodo afirma que Javier Cavanilles "se había retractado" de todo lo publicado y ahora era "su amigo".

Ahora, claro, a Pedro y a sus lamebotas domesticados les llega la lumbre a los aparejos por el risible caso de la "nueva casa" con caras "misteriosas" en Bélmez, y por supuesto, en legítimo uso de nuestro derecho a opinar, a informar, a escribir y a carcajearnos de las más bastas y groseras mendacidades, lo hemos comentado. Y Pedro se enteró. ¿Qué hizo? ¿Se defendió demostrando con los documentos certeros el origen preternatural de tales caritas?, ¿ofreció datos, mostró mediciones, aportó estudios de laboratorios independientes?, ¿ofreció algún video que excluya la posibilidad de que esto sea un fraude?

Por supuesto que no. Es más, la mitad de esas palabras ni siquiera las entiende este agente de seguros metido a Coronel Tapioca. Lo que hace es inventar que ya me demandó y amenazar con que va a volver a hacerlo. (¿A hacer qué, embusterillo, a "volver a demandarme" o a "volver a no demandarme"?)

Lo que es evidente es que estos estrambóticos mentirosos no tienen forma de responder como gente pensante a las críticas en el terreno de los datos, las investigaciones y los hechos demostrables. Entonces, en la lógica de los tertulianos de los programas del corazón, lo único que se les ocurre es amenazar a sus adversarios fanfarronamente con tribunales, juicios y procesos que obviamente no son la forma de demostrar la verdad de una afirmación paranormaloide.

Ladran, Sancho. Avanzamos. (No, nunca lo dijo el Quijote, pero si non e vero, e bien trovato.)

Vamos al caso puntual de los nuevos embustes de Amorós.

Amenazas vanas y pavoneos para consumo de los adeptos a su protosecta


Dice Pedro Amorós en su forejo y con su inimitable paragramática y su vertiginosa paraortografía: "Ante los comentarios sobre el fotógrafo, Mauricio Schwarz sepáis que con el primero de sus artículitos interpuse una demanda por injurias . Este mexicanito rebotado de ARP y ante lo paranormal, ya no tiene ni donde caerse muerto y ¿para qué? no vale la pena seguir con ésto si al fin y al cabo al que le iba a tocar pagar los gastos era a mi aunque evidentemente ganase, puesto que no tiene ni para comprar el pan. Mi abogado me dijo, tras investigarle, que no vale la pena ..."

Vamos en orden:

1. Si soy fotógrafo, de ilustración editorial y a nivel internacional. Pero Amorós investiga pavorosamente mal (como siempre), pues no se enteró que además soy escritor con premios literarios en México y España, periodista Premio Nacional de Periodismo del Club de Periodistas de México en 1997 con más de un cuarto de siglo en la divulgación de la ciencia, el desenmascaramiento de investigadores falsificados y el comentario político, y para remate traductor trabajando para empresas de Europa, América y Asia. Digo, para informar a su pandillita con veracidad.

2. Pedro Amorós miente con esa falta de elegancia que le caracteriza al decir que "interpuso una demanda" contra mí. Jamás me fue notificada demanda alguna en mi contra, y eso que públicamente le invité a Pedro a ponerla, le pedí cortéstmente que lo hiciera y hasta le di las gracias por ponerla, si la ponía Y nada, desde el 10 de agosto se metió en un agujero de misterios fantasmales y allí estuvo pensando con qué nueva fábula iba a salir. Sigo esperando la denuncia, porque un juicio en forma sería un aviso utilísimo para otros vendedores de fantasías que hasta ahora gozan de una impunidad inaceptable en su mentir cotidiano y en sus amenazantes censuras contra la libertad esencial de opinión de quienes no les siguen el jueguito. Amorós sólo se interesa en lucirse ante sus seguidores, pero su amenazante "denuncia" es tan falsa como tantas cosas que lo rodean, y puedo decir sin lugar a dudas que Pedro Amorós miente como un bellaco al decir que Javier Cavanilles se retractó de lo que escribió en El Mundo y miente redondamente al decir que Cavanilles es "su amigo".

3. Lo de "mexicanito" me encanta. Si la forma de Amorós de desacreditar a alguen es su nacionalidad, revela su bajuna calaña, su xenofobia, ese tenue resplandor fascista y racista de todos los de su especie. Pero Pedro no debería apurarse (y debería leer más este blog) porque ya le explicaba yo aquí a otro chupaflautas que he recuperado la nacionalidad de mi abuelo, así que también soy "españolito".

4. Sé de la existencia de ARP desde hace quizá 15 años, pero nunca pertenecí ni he pertenecido a dicha organización, de modo que no me han rebotado de ella ni mucho menos.

5. Al parecer a Amorós lo está engañando su abogado. Yo vivo muy a gusto, gano bien, como sabroso, coopero con alguna ONG y ¡hasta tengo Vía Digital! Dicho de otro modo, el supuesto abogado de Amorós, "investigándome", es tan impresentable como Amorós "investigando" caritas duras en el piso. Ciertamente yo no facturo más de un millón de euros al año como en 2001 facturó la empresa del papá de Pedro donde éste trabaja (no vaya a creer nadie que trabaja de "ingeniero informático"), ni alcanzo las utilidades de más de 150 mil euros que declararon ese año (que explicaría por qué Pedro puede perder el tiempo haciendo supuestas investigaciones fregando pisos embutido en un chalequito). Incluso si el único interés en demandarme de Pedro Amorós es el dinero (igual que su único interés en la parapsicología parece ser el dinero y la egolatría), podría ganarme al menos con qué comprar una cacerola mejos jodida que la que usó para la burda foto promocional de la casa de las caras duras de Bélmez. Pedro debería dejar de decir mentiras: si quisiera dar a conocer una "verdad" y una supuesta honra mancillada por mis críticas y la libertad de expresión que me confiere la Constitución, el que yo fuera insolvente y hasta indigente no obstaría para que me denunciara en busca de la reparación moral que representaría una sentencia a favor. Dicho de otro modo, Pedro: no me ha denunciado porque perdería y además lo pondría en ridículo (otra vez más). En mis escritos no hay nada constitutivo de delito, lo que sí hay en la sugerencia de que yo he cometido una falta legal. Si consigo que vayamos a juicio, los dineros que cualquier tribunal obligue a Pedro Amorós a pagarme serán dedicados a la lucha contra la charlatanería, por ejemplo, para pagar una investigación real de las caras de Bélmez y explorar el otro gran misterio de Bélmez, el inmobiliario.

6. A Pedro y a sus lamesuelas les molesta nuestro estilo. Eso es anecdótico. Graves son las mentiras. Y Pedro nuevamente miente diciendo que "desarticuló una secta" en Crevillente, cuando Pedro y yo (y cada vez más personas) sabemos perfectamente que por su falta de entendederas y su encumbrada egolatría. lo que hizo en Crevillente fue tratar de sentirse importante revelando en canal 9 las investigaciones policiacas de las que se le había informado de manera confidencial, lo que entorpeció la captura de al menos uno de los líderes de dicha secta, según fuentes intachables. Ésa es la verdad de su tan cacareada "asesoría" al ayuntamiento de Crevillent.

7. Como sí tengo pan (y no, no lo saqué a crédito) con qué acompañarme un corderito que aguarda en el horno, aquí lo dejo. El otro corderito, que es este pobrecillo impostor de pocas luces, me lo seguiré almorzando en otro momento.

La crítica como inesperado revés del destino cruel

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Primero: el hipnotizador babeante


Hace algo menos de diez años, el presentador de la televisión mexicana Nino Canún solía invitar a varios críticos de la paranormalología a un programa anual especial de año nuevo en el que una colección impresionante de desvergonzados hacía las predicciones de rigor ("morirá un personaje de gran relevancia internacional", "habrá un terremoto con muchos muertos probablemente en el oriente", "habrá un escándalo político de corrupción en México", "accidente aéreo sin sobrevivientes" y obviedades por el estilo). Ante la presión que metíamos quienes hacíamos horrendas preguntas incómodas (¿quién va a morir?, ¿cuántos muertos, qué día y cuántos grados Richter?, ¿por cuántos millones nos van a esquilmar esta vez nuestros desvergonzados gobernantes?, ¿de casualidad tienen la fecha y número del vuelo?), algunos se atrevían a ser más específicos. Para su desgracia.

En el segundo o tercer programa anual de "Las predicciones", los niños que veíamos al emperador desnudo y estábamos dispuestos a decirlo, gritarlo, publicarlo y anunciarlo, llegamos munidos con las predicciones del año anterior. Conforme el programa avanzaba, se levantaba una astróloga con abrigo de visón (lo juro) y recitaba sus tonterías, nosotros sacábamos las notas del año anterior y la confrontábamos con el hecho de que no se había cumplido ni una de sus profecías. Los adivinadodos pasaban del rojo cólera al verde furia y llegaban al blanco "te voy a partir la cara".

De repente, mientras yo puntualizaba las barbajanadas que había dicho un año atrás cierto personajo (su sistema de predicción era "hipnotizar" a su esposa, amante, concubina o lo que fuera, y ella se tiraba a hacer vaticinios mafufos en "trance"), el tal sujeto se puso de pie furioso, empuñó las manos y dio dos pasos cruzando el set (o plató) hacia mí, ante las cámaras de televisión y en red nacional. Alguna neurona que le quedaba sin freír del todo despertó y le dio la alarma de que estaba a punto de cometer un delito de agresión ante ocho o nueve millones de personas. El tipejo masculló un insulto y volvió a su sillita mientras a mí me ganaba la risa.

Tolerancia a la crítica de los "místicos esotéricos en estrecha comunión con las fuerzas elementales del universo inmanente y la bondad esencial de las energías cósmicas": cero.

Segundo: me atiza mi compadre


A pocos periodistas he apreciado como a Raúl Prieto Riodelaloza (o "Nikito Nipongo", crítico infatigable de la Real Academia Española y de sus sucursales o "correspondientes", pescador de perlas o gazapos en los periódicos (con lo que hacía su columna "Perlas japonesas", que apareció en prácticamente todos los periódicos nacionales de México). Nik, como le decíamos, era un decidido expositor de las pendejadas o gilipolleces de los políticos, un hombre de izquierda cabal y honesta, un baluarte de la intransigencia con la injusticia y hombre poco dado a contemporizar con imbéciles, cantamañanas e ignorantes voluntarios ya fuera en ciencia, lingüística, política o cultura.

Tuve una buena amistad con Nik (que nos dejó el año pasado, por cierto, junto con otros grandes amigos como Pedro Brull, Pancho Liguori y Carlos Laguna, nombres que los lectores mexicanos probablemente conozcan) y ocasionalmente colaboraba con su columna enviándole perlas pescadas en distintos puntos de la República Mexicana, por lo cual Nik me bautizó como "el corresponsal viajero Juicio Amores (horrendo anagrama de mis nombres)" y, para remate, compartíamos casa editorial, ambos en el periódico Excélsior (cuando conservaba un mínimo de respetabilidad).

En cierta ocasión, en los 80, en mi longeva columna "Circuito impreso", escribí un artículo sobre "La navaja de Occam" (tema que sería utilísimo que supieran de él los paranormalólogos y sus babuinos danzarines antes de inventarse "explicaciones" descabelladas, y del que pueden hallar datos aquí) y metí la pata con decisión diciendo que el brillante filósofo inglés Guillermo de Occam (u Ockham) era jesuita, cuando en realidad era franciscano (y de los militantes, tipo William de Baskerville, el de El nombre de la rosa de Umberto Eco, y no estoy tan seguro que no tenga en su genética literaria algo de Ockham).

Evidentemente, si me hubiera dado un respiro para pensarlo en vez de escribir a vuelatecla en mi vieja máquina Olimpia, habría visto que eso era un disparate de grandes alcances, considerando que Ockham vivió del siglo XIII al XIV y los jesuitas fueron un invento del XVI. Pero el gazapo se me escapó escurridizo, pasó inadvertido bajo las narices del jefe de sección, se le escabulló al puntilloso corrector (eran tiempos en que el periódico se hacía con enormes linotipos Mergenthaler, que la mayoría de los periodistas jóvenes nunca vieron en persona) y apareció todo feliz en las páginas de Excélsior.

Como mi suerte tenía que ser muy mala y no sólo mala, Nikito Nipongo puso los ojitos sobre mi columna y luego puso los deditos sobre la máquina de escribir y me puso verde. La ristra de adjetivos que me recetó fue generosa: desprolijo, ignorante de la filosofía y de la cronología histórica, irresponsable, falto de respeto al lector, incultazo... Mi amigo Nikito me puso a caer de un burro, como lazo de cochino, como jaula de perico, como Cristo de Ixtapalapa.

Me quedé pensando que si eso hacía con un amigo, no querría pensar en qué habría dicho si el dueño del gazapo fuera un desconocido.

Pero también pensé en que Nik, como yo, creía en la máxima de "Amicus Plato, sed magis amica veritas" (Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad).

No me quedó de otra que, en mi siguiente columna, darle la razón a Nikito y aprovechar para contar más de Ockham, de los franciscanos del medievo tardío y de todo el tema de la fe y la razón que era, al fin y al cabo, lo que me interesaba (y me interesa). Y conservé la amistad, que es de las cosas que sí valen.

Y me tuve que tragar la crítica porque Nik, pese a sus modotes, tenía toda la razón.

Tercero: la piel delicada de los seguidores de protosectas


En los últimos días ha sido comentado en la blogosfera española el megaberrinche colectivo de los miembros de las protosectas que capitanean Pedro Amorós Sogorb e Íker Jiménez porque en sus sagrados foros "públicos" dedicados a los halagos mutuos y a cantar la perfección inmarcesible de sus caudillos, se han metido algunos dubitativos que han hecho preguntas incómodas (preguntas que, por supuesto, ni los caciques ni sus lugartenientes ni sus credulazos de infantería han respondido) y señalado hechos reales aún más incómodos, incluyendo el desnudamiento puntual que hemos hecho aquí de la ristra de mentiras autocomplacientes que Pedro Amorós alimenta a sus adeptos para que crean que es algo más que un agente de seguros común y corriente.

La reacción ha sido propia de un genuino control protosectario: se han borrado los mensajes ofensivos y con ellos los enlaces a sitios peligrosos, se ha acusado a los dubitativos de herejes (y de intolerantes, hay que joderse), se han sugerido bajunas mendacidades respecto a quienes no pertenecen a la protosecta y se ha hecho corrillo alrededor del faraute en cuestión para decirle que sigue siendo inteligente y guapo.

Lo mismo ha ocurrido en México en el "foro" del impresentabilísimo "cazafantasmas" y ahora psicofonista colega de Pedro Amorós, Carlos Trejo, que borra y borra mensajes dedicados a exhibir su desvergüenza, su ignorancia y su desmedida ambición. Sin embargo, gracias al ingenio de algunas de sus víctimas arrepentidas, todavía tiene por allí metido un gol de parte de la crítica.

El hecho real es que los creyentes suelen ser aún más atrabiliarios que sus capitanes, aunque hay sus excepciones (como el tal cabecilla Carlos Trejo).

Los césares son los sastres del cuento del traje nuevo del emperador, pues (el emperador engañado es su rebaño, por ende). Ellos saben que los hilos de oro de su ocultismo no existen, que los telares de la paranormalidad no están tejiendo nada y saben que no hay traje nuevo del emperador, que todo es aire, ilusión y cuento. ¿Alguien puede creer que realmente Pedro Amorós Sogorb crea o haya creído sinceramente que es "miembro" del SETI Institute y que tal organización de intachable seriedad lo "apoyó" con partes de una batería de cocina para pasearse como gallo gordo en una "alerta ovni" mamona? Evidentemente no. Sabe que miente, que adorna su currículum para adobar su maltrecho ego. Pero sus ovejitas lanudas balan encantadas creyendo que este campeonazo de los tornillos flojos dice la verdad sin fallar una.

Y es que los emperadores para los que tejen sus telas invisibles estos cinicazos, es decir, los seguidores que les creen cualquier ocurrencia, están convencidos más allá de toda razón de que sus caciques no pueden mentir porque los tratan bien (es la lógica del pavo que se siente encantado de lo bien que le dan de comer algunas semanas antes de Navidad), de que los malos son "los otros", "ellos", "el enemigo", los malvados herejes.

Enredados en una madeja de patrañas, en un mundo imaginario en el que nada es real, para estas víctimas (más o menos voluntarias, pero víctimas), el escepticismo ajeno, las críticas y los cuestionamientos no son algo siquiera aceptable. En nombre de la tolerancia que exigen, aplauden la intolerancia de sus califas de oropel cuando aplican la censura para impedir que alguno de los fieles creyentes pudiera empezar a dudar si visita los sitios Web malditos donde se dicen palabras peligrosas.

El siguiente paso, claro, es la quema de libros. Internet les ha puesto la tarea un poquito más jodida, pero por ganas no quedará.

Los berrinches de los credulísimos en el forete de "el" SEIP por la publicación en ABC de una carta de Fernando L. Frías criticando el desaseo informativo sobre las caras duras de Bélmez han sido también absolutamente furibundos y babeantes, como iracundos y biliosérrimos han sido los bombardeos de docenas de comentarios de odio en algunos blogs que se han "atrevido" a criticar a los pintacaritas de Bélmez y los desfiguros de las universidades que han permitido que Cadena SER les enchufe el programejo de Íker Jiménez (mamarrachazo sinvergüenza que es capaz de escribir sobre el caso "espiritista" de las hermanas Fox ocultando la confesión de Margaret Fox, con una falta de ética periodística sólo explicable por la más desnuda ambición).

La lista de correos de este último, por cierto, acaba de anunciar censura dura y pura a cargo de Frau Carmen Porter, segunda de a bordo de Jiménez en su programa y personaja capaz de creerse cualquier tontería, como puede verse en los artículos que escribe en el sitio de Jiménez y donde se demuestra que aún no se entera que los "círculos en las cosechas" son obra humana. Doña Carmen, como buena administradora de campo de concentración mental, ha advertido que borrará, impedirá, prohibirá y censurará a todos los que no sigan la línea del Führer.

Ésos son los personajes que se atreven a tachar a la ciencia de dogmática, para que usted les dé una probadita.

Prohibido pensar distinto.

Toda crítica es muestra de traición (mira tú, la misma lógica de George Bush).

Dado que este modesto blog de charlatanología fue mencionado en el foro de "el" SEIP, algún aventurero chavalillo que quiere quedar bien con su Duce Amorós (según dicen las malas lenguas, muy ocupado en escribir el libro nuevo que editará para rentabilizar las nuevas caras duras de la nueva casa de Bélmez) vino corriendo y dejó algo de grafitti coprolálico en tres de las entradas que le hemos dedicado al autoelecto presidente del SEIP (mira tú, igual que George Bush). Por supuesto, el grafitti no lo vamos a quitar ni censurar, y además pinta de cuerpo entero a los adeptos a estos protogurús.

Un ejemplo de adepto con cerebro de chicle sobre el que me llamaron la atención fue el del seudónimo "Hurdano", de la protosecta de Amorós Sogorb, habiendo escuchado rumores sobre una segunda casa con muchísimas caras "misteriosas" en Bélmez, expresó en el foro de "el" SEIP serias dudas sobre la credibilidad del caso, incluso sugiriendo que allí había cuestiones de dinero involucradas (¡vidente!)... pero en cuanto se hizo público que la casa existía, que el investiganancioso era el soberano de sus neuronas (pocas) y que las caras las certificaba su protosecta "oficialmente", ¡cambió de opinión a toda prisa, abandonó las dudas y cantó aleluyas a su gurú tururú!

(Véanse los libros de Pepe Rodríguez sobre el sectarismo).

El aterrador mundo arcano del ocultismo simulador


Cuando se vive en el mundo real, la crítica puede ser o una forma de darnos cuenta de que hemos metido la pata, o un pretexto para profundizar y fortalecer nuestros argumentos al enfrentarla y responderla, o una molestia menor cuando se expresa en la forma de insultos impotentes sin fondo argumental.

Pero cuando se vive en un mundo fantasmal, rodeado de voces de los muertos, caras de ultratumba, cedés curativos, celebración de la ignorancia médica, vidas pasadas, extraterrestres en cada esquina, seres de dos metros que causan el pánico en tierras lejanas, posesiones diabólicas por medio de tableritos ouija, la amenaza de volverse teas humanas mediante "combustión espontánea", la convicción de que somos juguetes del zodíaco y de que hay rituales satánicos que funcionan y nos ponen en peligro, del riesgo de ser abducidos a una nave para ser sujetos de atroces experimentos o abusos sexuales, de crueles conspiraciones formadas por todos los científicos y todos los médicos del planeta, de profecías aterradoras, de una paranoia cuidadosamente vigilada y una sensación de ser un valeroso comando de iluminados solo contra un mundo malévolo que "no nos entiende" (algo así como los "Neos" de Matrix) la vida parece tan temible e incierta que invita a cobijarse tras las faldas de algún dictadorzuelo de opereta que no sólo dice tener la respuesta a los misterios, sino que inventa sus propios misterios y parece controlarlos, y que es cuidadosamente magnánimo, simpaticón, bonachón y amabilísimo, de la misma forma en que los timadores son la mar de buenas personas con sus víctimas mientras las despojan. Como dijo Groucho Marx: El secreto de la vida es la honestidad y el trato justo... si puedes fingir eso, ya la hiciste.

Para estos simpaticones con intenciones ocultas, fingirlo es un arte cuidadosamente practicado.

Por ello, para los discípulos de tales oligarcas de la fantochada la crítica suena a sacrilegio, sabe a ofensa, se toma como ataque personal y jamás se reconocen siquiera sus argumentos, mucho menos se responden con la razón o con otros argumentos, datos, cifras, fechas y fuentes sólidas. Todos esos elementos son ajenos al esquema mental instaurado en la percepción del adepto a la protosecta, por mucho que se ponga un chaleco que lo transmute en "investigador" por ciencia infusa. El acólito adora más la "buena persona" que es su titiritero que las "buenas ideas" o "argumentos sólidos" que pudiera ofrecer.

Los devotos fanáticos de la bonachonería estudiada de sus prebostes encuentran la crítica inaceptable e injustificable. La consideran una inmerecida bofetada de la mala suerte, un producto de la maldad del crítico, cuya buena fe resulta inimaginable para los creyentes.

Les parece una herejía.

La crítica, obviamente, no es producto de la malevolencia que la paranoia de las protosectas neomágicas adjudica al crítico. Por el contrario, la crítica es lo único que nos permite no caer en la complacencia, porque la complacencia es, precisamente, el pilar esencial del conformismo de los seguidores de muchos protogurús.

Para la gente normal, la crítica es parte de nuestra vida. Los simples mortales nos equivocamos y más vale que lo reconozcamos, y hasta se agradece que nos lo señalen.

Pero los mandamases iluminaditos de las pandillas de "investigación" son percibidos como perfectos, de modo que toda crítica es repugnante, y los seguidores acaban apostándole a esa percepción un compromiso emocional tan intenso que romper con el pez gordo implica reconocer que su vida ha sido una pérdida de tiempo y además se han comportado como unos sublimes babosos.

Pocos pueden hacer tal cosa una vez fanatizados. Hace falta valor y una objetividad que precisamente las protosectas supersticiosas se apresuran en eliminar entre sus huestes.

Sirva esto para explicar por qué creemos que los militantes integristas de las protosectas ocultistas, los "investigadores" en polvo, los creyentes comprometidos, los seguidores que expresan adoración acrítica, no son recuperables para el diálogo argumental racional. Es imposible convencerlos siquiera de discutir abiertamente de nada que cuestione el misal de fantasías descabelladas que ellos mismos han asumido como La Verdad en capitulares medievales con reborde de oro y, como todo fanático, reaccionan con violencia (no siempre sólo verbal) ante "el enemigo".

Sus jefazos tampoco son rescatables para el pensamiento crítico. Si creen sinceramente, porque son más fanáticos que sus súbditos. Si engañan conscientemente, por razones obvias, tienen mucho que perder en lo económico, en lo emocional y en lo afectivo.

Desnudarlos públicamente cuando se pasan de listos a modo de ejemplo didáctico y dejar constancia pública de sus ideas descabelladas y del ridículo en el que ellos mismos se ponen no es para "convencerlos", sino para ponerlos en perspectiva. Ellos nunca admitirán sus patrañas. (Y sus protosectarios no les creerían su confesión, como lo han demostrado varios ejemplos terribles.)

Si me he ocupado (y me sigo ocupando) de Pedro Amorós, es por su increíble desvergüenza personal al meterse conmigo con una grave acusación absolutamente imbécil, y para que otros aljafifes de la patraña se lo piensen dos veces antes de venir a joder con fanfarronadas vacuas.

Quienes realmente son importantes en todo este debate son quienes todavía no han tomado partido, los que dudan, los que son presuntas víctimas pero aún no le han apostado sus emociones a los mitos del ocultismo en sus numerosas vertientes, los jóvenes que, como lo hice yo y como lo han hecho y hacen muchísimos más, hacen experimentos de telepatía, juegan con la ouija, buscan "algo más" y leen sobre diversos "misterios" pero sin dejarse chupar las neuronas por cualquier deschavetado del montón.

Y los otros que son fundamentales son los medios de comunicación, las organizaciones que invitan a estos fantoches a rebuznar ante públicos desprevenidos, las universidades que se dejan fascinar por las sirenas de los grandes medios de comunicación, las escuelas y las instituciones que manejan dineros públicos que con no poca frecuencia depositan en las cuentas bancarias de estos impostores. Hacerlos conscientes de una crítica sólida, seria y sin concesiones a las supersticiones más diversas es una forma de invitarlos a cumplir con su obligación de promover el pensamiento crítico y de poner en tela de juicio el pensamiento mágico.

En gran medida para ellos se ha creado "El retorno de los charlatanes: el grupo", lista de correos sin censura ni moderación donde se puede discutir libremente todo asunto relacionado con las "paraciencias", el esoterismo, el ocultismo, el misticismo, la "parapsicología", la paranormalidad y temas afines.

Porque siempre tenemos el peligro de que los protogurús se conviertan en gurús y que las protosectas devengan sectas. A nadie que no tenga muy bien amueblada la cabeza le pueden decir tan seguido que es hipersupermegafenomenal sin que se lo empiece a creer. Y los protogurús, esto es claro, tienen todavía por amueblar el ventoso ático de su cráneo. Y es entonces cuando la sociedad paga los delirios de estos comatosos ambulantes en muy distintas formas, algunas de las cuales pueden llegar hasta los extremos que nos permitió ver "La puerta del cielo", ese grupo aparentemente inocuo y muy, muy, muy simpático de creyentes en los ovnis que acabaron suicidándose simpáticamente en equipo.

octubre 29, 2004

Falsas memorias, falsas percepciones

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El tema de la "abducción extraterrestre" que comentamos en la entrada "Abduzcámonos los unos a los otros" depende principalmente de dos asuntos estudiados por la psicología más contemporánea: las falsas memorias (los recuerdos de la abducción) y las falsas percepciones (los avistamientos de supuestas naves extraterrestres).

Dependemos tanto de nuestra memoria y de nuestra percepción que resulta muy inquietante admitir que ninguna de ellas es perfecta. Pero a lo largo de los años, la psicología seria, la sociología y la criminalística han empezado a cuestionar la fe ciega que solíamos tener en las personas que dicen "yo lo vi" o "me acuerdo perfectamente".

Nuestras percepciones y memoria no son tan confiables, tendremos que aceptarlo.

Confiar en las percepciones


Hace algunos años impartí un taller de géneros periodísticos en un diplomado en periodismo de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM).

Los alumnos que asistían eran en su mayoría ya periodistas en activo que deseaban consolidar su formación, por lo cual no se cocían al primer hervor, ni mucho menos. Eran ya profesionales de los medios.

Cuando tratamos el tema de la confiabilidad de las fuentes de la información y la necesidad de confirmar la fuente siempre, relaté algunas anécdotas que ilustraban cómo los propios testigos de un acontecimiento no lo podían describir con precisión, y me enfrenté al escepticismo de los alumnos-compañeros-periodistas ante lo que les sonaba una exageración del profesor. Tuve que hacer una demostración práctica.

Basado en un experimento de percepción que había leído tiempo atrás en la revista Psychology today, diseñé una representación-experimento didáctica.

Estamos dando clase y llega un chaval a la puerta, llama mi atención y pregunta por una alumna llamada "Enriqueta". Le pregunto a los alumnos si hay alguna Enriqueta en el salón, porque yo no recuerdo a ninguna, y todos niegan la presencia de la tal Enriqueta en el grupo de periodismo. En ese momento, llega un segundo alumno por detrás del primero, grita "¡Así te quería encontrar, hijo de tu chingada madre!" y lo golpea lanzándolo al suelo a mitad del salón. Se acerca al caído, le da una patada en la espalda, le advierte "¡No te vuelvas a meter con ella!" y sale corriendo. El caído se incorpora y sale detrás de su agresor.

El ser humano, enfrentado al hecho de la violencia, reacciona con enorme intensidad. Yo, de hecho, estaba listo para atajar a cualquiera de mis alumnos que se tratara de meter en la fingida gresca, pero ninguno lo hizo. Todos, eso sí, palidecieron, se tensaron y miraron todos los acontecimientos con los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas (señales de preparación para la lucha, como nos enseñan los etólogos y psicólogos).

Cuando salió el segundo muchacho en persecución del primero, mis alumnos empezaron a preguntar si debían avisar a la dirección de la escuela o qué hacer. Yo simplemente dije: "Nota corta. Cinco minutos. Acaban de ser testigos de un hecho, como periodistas. Hagan una nota informativa corta sobre él".

Cierto que alguno me miró con odio, pero entendieron e hicieron su preceptiva nota informativa corta de más o menos media cuartilla (o medio folio).

El resultado no me decepcionó. En las notas de mis alumnos periodistas, al participante en la pelea que no tenía bigote, se lo pusieron, repartieron barbas a uno o al otro, nadie describió con precisión la ropa de los dos muchachos (luego los invité a pasar para cotejarlos con su descripción, eran dos alumnos de teatro que me ayudaron en la charada), les cambiaron el color y diseño de la ropa, a una camisa le pusieron rayas cuando tenía un dibujo más bien moteado, al que traía pantalón vaquero negro se lo pusieron azul, las estaturas eran inventadas y, finalmente, nadie recordó con precisión el breve diálogo (el error más común fue decir que el agresor gritó "¡No te vuelvas a meter con Enriqueta!" en lugar de "ella", complicando la cosa al suponer que la chica de la pregunta inicial y la de la agresión eran la misma).

Los alumnos de periodismo estaban absolutamente confundidos y frustrados al ver que no habían podido describir lo que vieron.

Mi explicación fue que si ellos, siendo periodistas, no podían describir lo que habían visto minutos atrás dado que las reacciones emocionales y la experiencia previa afectan a la percepción, como lo han demostrado los científicos que estudian la percepción, razón de más para ser escéptico con la gente que nos diera testimonio de lo ocurrido para un medio informativo, y que siempre había que confirmar la fuente o contrastar, preguntarle a dos mejor que a uno y a tres mejor que a dos, y mejor a veinte.

Pero la experiencia tiene otra lección ya no para los periodistas, sino para los paranormalólogos: su creencia ciega en las declaraciones de todo tipo de personas (médiums o canalizadores, contactados, abducidos, tarotistas, inventores de caras pintadas en el piso, psicofonistas, testigos de apariciones y cuanto le venga a usted en gana) no sólo es riesgosa, es peligrosa y boba porque las percepciones no son del todo confiables.

Y, por supuesto, lo son menos al paso del tiempo.

Las falsas memorias


En las películas suena muy bien eso de "¿Dónde estaba usted la tarde del 23 de marzo de 1994?", pero en la vida real, en la gran mayoría de los casos, la única respuesta sincera es: "¿Y yo cómo carajos voy a saberlo si no me acuerdo donde estaba hace tres semanas?"

Hay un experimento que se documentó en vídeo y que es verdaderamente revelador. Una experimentadora le pregunta a una niña de unos 5 años si recuerda cuando se lastimó un dedo con un clavo. La niña no recuerda nada, porque el hecho no ocurrió nunca. Día tras día, la experimentadora repite la pregunta y pronto la niña "empieza a acordarse" del incidente. Al cabo de pocos días, la niña asegura "recordar" lo que estaba haciendo y dónde estaba el día que se lastimó con un clavo, el dolor, el dedo exacto que se lastimó con el clavo y cómo su mamá la curó y la consoló.

Vimos nacer una memoria falsa.

La memoria no es nada confiable, hecho que deberíamos admitir humildemente cada vez que empezamos a dar vueltas por la casa todos soliviantados y preguntando "¿Dónde dejé las putas llaves del coche?"

Los expertos en las neurociencias, los psicólogos y los estudiosos en general, no confiaban demasiado en la memoria, mucho menos cuando ésta era "evocada" por una figura de autoridad (como un médico), pero los casos eran pocos y, a sus ojos, de poca importancia: alguien, hipnotizado, decía que lo habían secuestrado los extraterrestres; pues que lo disfrute, que le ponga sal y se lo coma sin estar jodiendo la marrana. ¿Que los cálculos indicaban que para los ovnílatras entre uno y cuatro millones de estadounidenses habían sido abducidos? Pues como dijo Carl Sagan, "es sorprendente que no se hayan dado cuenta más vecinos".

Sin embargo, el celo antisatánico y el temor sexual de muchas personas en los puritanísimos Estados Unidos llevó, en los años 80-90, a una verdadera catarata de personas que de pronto "recordaban" (generalmente después de algunas sesiones de hipnosis) que sus padres habían abusado sexualmente de ellos y los habían hecho participar en, claro, ritos satánicos atroces. El escándalo fue mayúsculo y varios buenos y santos padres fueron arrojados a los calabozos del policía del mundo. Los estudiosos pararon las orejas, empezaron a analizar la situación y determinaron que en la inmensa mayoría de los casos, los propios psiquiatras o hipnólogos tratantes habían introducido en la memoria de sus pacientes los supuestos abusos y los ritos satánicos.

Elizabeth F. Loftus, profesora de la Universidad de Washington, estudiosa del asunto y una de las máximas (si no la máxima) autoridades en falsas memorias, recuerda en este artículo que resume sus experimentos y los de otros sobre las falsas memorias: los profesionales de la salud mental y otros deben estar conscientes de cuán intensamente pueden influir en la recordación de acontecimientos, y de la necesidad urgente de limitarse en situaciones en las cuales la imaginación se usa como ayuda para recuperar memorias presuntamente perdidas".

Por supuesto, los "profesionales" de la paranormalología, en particular los que se creen "hipnotistas", no se limitan. Ellos están seguros de que la persona tuvo vidas pasadas, así que los hacen recordar cosas de edades más tempranas de su vida hasta que llegan antes del nacimiento, momento en el que, entre sus sugestiones y la imaginación del sujeto, se puede inventar cualquier cosa. (Elizabeth Loftus señala, también: Es muy poco probable que un adulto pueda recordar memorias episódicas genuinas del primer año de vida, en parte porque el hipocampo, que juega un papel clave en la creación de los recuerdos, no ha madurado lo suficiente como para formar y almacenar memorias perdurables que puedan recuperarse en la edad adulta.)

Crear falsas memorias, dice la científica, es bastante simple, y lo ha demostrado en numerosas ocasiones, en experimentos que han reproducido otros estudiosos.

Por otro lado, hay memorias irrecuperables, porque el cerebro humano sólo guarda cosas que va considerando útiles, y se deshace de numerosos datos irrelevantes. ¿Dónde estaba usted el 13 de agosto de 2001? es una pregunta que sólo puede responder alguien para quien esa fecha sea relevante. Como contraparte, casi todos podemos recordar dónde vimos la caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, porque fue y es relevante para todos.

El trabajo de Elizabeth Loftus, el Dr. John Hochman y otros contribuyó a detener la epidemia de falsas memorias de atrocidades padres-contra-hijos hacia mediados-fines de los 90.

Y, mientras todo esto pasaba, los "expertos" en "abducciones" y en "hipnosis regresivas" optaban por no enterarse, un sistema que sin duda alguna tienen totalmente dominado.

Si la conclusión ante las falsas percepciones es que deben corroborarse con más fuentes y sólo se deben tomar como probablemente ciertos los hechos en los que todos los testigos estén de acuerdo, los expertos nos dicen que la única forma de confirmar la verdad de la memoria es con pruebas que la corroboren.

En el caso de abducidos y "regresaditos", no hay tales pruebas, no hay información nueva que nos llegue de los etés o de las vidas pasadas. Lo único que hay es una ilusión, fortalecida porque la comparten (y la promueven) personas a las que la víctima les otorga cierta posición de autoridad.

Pero lo más alarmante es que los hipnotistas que hacen "regresiones" y creen descubrir "memorias reprimidas" nunca se plantean siquiera la posibilidad de que los relatos fantásticos que escuchan sean producto de la fantasía.

Y como ya dijimos, ¿cómo van a encontrar una explicación racional si ni siquiera la buscan?

Homo floresiensis y Homo pazguatensis

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El descubrimiento del Homo floresiensis, un homínido de un metro veinte de estatura que se calcula que vivió hace entre 38 mil y 18 mil años en la isla de Flores, en Indonesia, y que anunció la revista Nature, es sin duda importante por muchas causas.

La principal por cuanto se refiere a nuestro tema es que la existencia de una tercera especie humana (junto con neandertal y nosotros) capaz de hacer herramientas y de tener capacidades cognitivas (si tal fuera el caso, ya bien advirtió Juan Luis Arsuaga que hay que determinar si realmente estos homínidos hicieron las herramientas encontradas, es decir, que hay que ser cautos porque se plantean ahora muchas nuevas preguntas) sería otra patada feroz a las fantasías creacionistas.

Pero con este nuevo descubrimiento también se pone en evidencia a las ideas absurdas sobre la singularidad de nuestra especie, sobre nuestra "preeminencia evolutiva" y, sobre todo, a los comandos de simuladores que fingen "investigar" cosas rarísimas como la "criptozoología" desde la barra de un bar.

Pero momento, ¿no dijo ya un brunujo, en una lista de correos de brujos, que esto es buenísimo para la "criptozoología"?

Es decir, ¿van a convertir este bofetón a sus hipótesis peyoteras en una especie de triunfo para vender más bosta de vaca encuadernada a sus pobres víctimas?

Pero claro.

Los Homo pazguatensis al abordaje


Como siempre, estos desdichados se dedican a denostar a la ciencia hasta que encuentran algún elemento científico que pueden comercializar, y entonces gritan como una tropa de monos aulladores cuando ven un jaguar: "¡Ya ven! ¡LA CIENCIA nos da la razón!"

Curioso, porque cuando la ciencia no les da la razón (en la casi totalidad de los casos), entonces la ciencia es fascista, dogmática, conspiranoica, cerrada, ciega, malévola, inútil, incapaz y todo lo que se les ocurra.

Es decir, que manipulan la ciencia igual que todo: a la sola conveniencia de sus gordos egos y sus más gordas billeteras.

Por ejemplo, sabemos que el Homo floresiensis vivió hasta hace al menos 18 mil años por medio de diversos métodos de datación, desde el carbono 14 (C-14) hasta la resonancia de spin de electrones (ESR), y eso lo aceptan encantados de la vida los mismos chupaflautas que dicen que esos sistemas de datación no son fiables para determinar sin duda alguna que el lienzo de Turín ("Sábana Santa") es una falsificación del siglo XI-XII.

(Campeón en esto de la reinvención de la física atómica para marear congéneres es Javiercito Sierra, que alucina que el incendio al que estuvo expuesto el lienzo de Turín pudo "afectar" la datación con C-14, demostrando que no tiene puta idea de qué hace el fuego y qué hace la datación con C-14. Le dejamos una pista: que lea cómo se datan restos de antiguas fogatas con C-14 para que vea que el fuego no altera la proporción de isótopos de carbono en una muestra. Ah, tontito.)

Fascinante, ¿no?

Pero el hecho real, que ninguno de estos advenedizos con ganas de dinero facilón puede eliminar, es que el hallazgo del Homo floresiensis no lo hicieron los "criptozoológos", los ovnílocos, los brujetes de la radio, los seudoinvestigadores que sustituyen la formación profesional con un chaleco, los productores en masa de libros mamones ni ninguno de su lamentable cónclave de fantasiosos a sueldo, sino científicos de verdad, como Mike Morwood y R. P. Soejono, los encargados del equipo de excavación arqueológica, y Peter Brown, quien hizo el análisis de los restos.

Ningún brujo pedorro de las ondas y las editoriales andaba cerca.

Ahora, evidentemente, un científico honrado, honesto, serio, preparado y no proclive a aterrizar sobre las cuentas bancarias ajenas para hacerlas más ligeritas, se toma estas cosas con calma. Peter Brown recibió los primeros restos de Homo floresiensis en septiembre de 2003. En lugar de hacer lo que los farsantes de la paranormalología e ir corriendo al programa de radio de un amiguete o cómplice para soltar cualquier barbaridad que se le ocurriera, estudió el asunto, hubo más excavaciones, muchos análisis. Sabían que tenían algo importante, pero al mismo tiempo sabían que por lo mismo debían tratarlo con toda la seriedad y estudiarlo a fondo para no dar conclusiones aventuradas, apresuradas ni inventadas. Se tomaron un añito.

Cuando acabaron, no fueron a los "grandes templos de la criptozoología" como serían Más allá de la ciencia, Año Cero o cosas por el estilo. Fueron a una revista como Nature (que nunca publicaría los febriles delirios de los brujazos). Los encargados de la revista pasaron los datos a científicos independientes de los descubridores para que evaluaran si el asunto era serio o se parecía a las caras duras de Bélmez de la Moraleda. Una vez que los otros científicos decidieron que este descubrimiento era sólido, se procedió a la publicación.

¿Cómo es posible que celebren esto los mismos que nunca se han preocupado por hacer las cosas bien y que, para remate, saben perfectamente que nunca les publicarían sus seudoinvestigaciones en Nature, cosa que por otro lado les da exactamente igual ya que lo suyo no es el conocimiento sino la depredación de ingenuos bienintencionados y la obtención de admiradores?

Pues prepárese usted.

Desde el yeti hasta el trasgu


En breve los escuchará usted llegar a la brillante conclusión de que unos esqueletos de hace 18 mil años en Indonesia de alguna manera "prueban" que existen determinados mitos modernos en lugares que no tienen nada que ver con Indonesia.

Los investigadores falsificados del mundo paranormal no han siquiera podido aceptar el descubrimiento de que todas las pruebas del Bigfoot o Sasquatch fueron un invento burlón de Ray Wallace, que les vio la cara de zopencos a los crédulos durante 44 años, de modo que no tendrán problema en utilizar indebidamente el descubrimiento de Homo floresiensis para justificar su creencia no sólo en Bigfoot, sino en el yeti, el chupacabras, el "mono zorrillo" (o "mono mofeta") de la Florida y hasta el "hombre polilla", mito recurrente.

Es obvio, también, que la seudodisciplina de la "criptozoología", como la entienden los Homo pazguatensis, incluye desde animales cuya existencia es altamente probable (como el tilacino o tigre de Tasmania) hasta delirios tan insensatos como el monstruo del Lago Ness, el tal "hombre polilla", el "demonio de Jersey" y las hadas.

Para cualquier persona relativamente normal, claro, el que se probara la supervivencia del tigre de Tasmania no significa que debamos creer en el Yeti o abominable hombre de las nieves, pero las personas relativamente normales no suelen volverse "criptozoólogos".

En este caso, además, los Homo pazguatensis, siendo tontos, no lo son tanto como para no darse cuenta de que el Homo floresiensis era pequeño.

En la fantasía, los duendes son pequeños, los gnomos son pequeños, los pitufos son pequeños y los trasgus asturianos son pequeños, por dar unos cuantos ejemplos.

Y a los vendecriptosidades no les va a importar que los duendes, gnomos, pitufos y trasgus fueran mágicos, o que tuvieran poderes, o que se supone que han vivido en los últimos pocos cientos de años y bastante lejecitos de Indonesia. Ni siquiera que algunos sean azules. Las miles de diferencias entre los mitos y este descubrimiento no serán óbice... se centrarán en que son pequeños y en pocos meses tendremos libros al respecto.

De hecho, a todos los habitantes del reino de las hadas les llaman "La gente pequeña", ¿no? Pues nada, no faltará el que diga que el Homo floresiensis "demuestra" (a saber cómo) que existe "la gente pequeña".

Reinventemos la hadología.

Claro, hay que buscar en la "literatura" seudocientífica a ver cuándo y dónde dicen que en la isla de Flores hay homínidos de un metro de alto capaces de hacer herramientas.

Y veremos que no lo dicen en ningún lado.

Ningún "investigador" de lo paranormal, ningún "criptozoólogo", ningún egregio ejemplo de rusticidad interesada, previó ni pudo haber previsto este descubrimiento de la paleoantropología.

Pero los Homo pazguatensis explotarán al pobre Homo floresiensis, oh hermanitos, vaya si lo explotarán.