febrero 10, 2013

Ramón Campayo, Íker Jiménez y el truco del 37

El 28 de enero me comentaron que había un invitado en Cuarto Milenio dando caña contra la creencia en la telepatía. Hace tiempo no veía nada de ese programa porque la intoxicación periodística no me seduce, hágala Jiménez Losantos o Jiménez Elizari, Carmen Tomás o Carmen Porter, pero cambié a Cuatro y vi uno de esos paneles que gusta de organizar el equipo del programa.

No había pensado en escribir sobre el tema hasta que alguien más me hizo notar esta semana que la página del programa de misterios falsificados afirmaba rotundamente que su invitado "adivinó" los números que estaban pensando los demás, titular más falso que la declaración de la renta de El Dioni, y que se promovía la idea de que el campeón de memoria Ramón Campayo le podía leer la mente a la gente porque lo decía una autoridad de la relevancia de Íker Jiménez en vez de señalar lo que realmente había pasado.


Pero el dúo de profesionales del embuste que llevan ese programa mienten, por supuesto, Ramón Campayo no adivinó nada y no hizo más que engañar al público para fines que quizá algún día nos relate. Así que recalemos en el tema brevemente

El panel lo formaban un colaborador del programa, Santiago Vázquez, que se finge paranormalólogo y al que el "equilibrado presentador" siempre anuncia como gran persona y mejor amigo, y que advierte que lo que va a decir su amigo es "muy interesante" o está "bien fundamentado"; otro habitual que hace el papel de crítico, generalmente con información insuficiente y no demasiadas ganas de quedar mal con el que manda, José Manuel Nieves (cuya impericia es protagonista de numerosos desbarres en la sección de ciencia del diario ABC), otro amigo y defendido de Jiménez, Ramón Campayo, campeón de memoria que usa su habilidad como trampolín para la venta de diversos embustes, y Manuel Martín-Loeches, psicólogo y coordinador de la sección de neurociencia cognitiva del centro UCM-ISCIII de evolución y comportamiento humanos.

Manuel era el que estaba "dando caña", pero por desgracia lo hacía solamente apuntalado en sus conocimientos sobre el método experimental, sin conocer el trabajo que se ha hecho en terrenos de la telepatía y, sobre todo, las críticas que se han hecho a quienes primero afirmaron haber descubierto pruebas sobre la realidad del fenómeno y luego no puedieron reproducirlas. Y sin conocer, por desgracia, los embustes y engaños que han sido parte (no irrelevante) de la investigación en temas sobrenaturales, de modo que cada vez que Santiago Vázquez aseguraba tajantemente que había estudios que demostraban cuanto se le iba ocurriendo, Manuel no tenía los datos para corregirlo.

En ese esquema desequilibrado que no es novedad, Ramón Campayo sugirió un "experimento" (así le llamó, con toda la desvergüenza) para "demostrar" la telepatía, con él en el papel de lector del pensamiento.

Los siguientes minutos fueron un ejemplo clarísimo de las fantasías y la vocación de engaño y embuste que caracterizan al mundo del misterio, a la supuesta "investigación" paranormal y a la desvergüenza de quienes medran viviendo de estos cuentos. La caradura es monumental.

Campayo sugirió que pensaran en un número del 1 al 50 pero que fuera de dos cifras (del 10 al 50, pues), pero que sólo fuera formado por números impares y que ambos números impares fueran distintos entre sí. Es decir, dejó los "50" números en ocho: 13, 15, 17, 19, 31, 35, 37 y 39.

Cuando todos escribieron su número, Campayo dijo que había leído la mente de todos y que habían escrito "37". Tanto Nieves como Marín-Loeches habían escrito "37" mientras que el autoproclamado parapsicólogo Santiago Vázquez había escrito "23". Nieves bajó la mirada, Jiménez dijo "uuuuuyuyuuuuuy" como si hubieran encontrado la tumba de Nefertiti, Jiménez dijo que él no mostraba su número sino hasta después, sin dar más explicaciones. Manuel Martín-Loeches dijo, astutamente, que el asunto le recordaba a un truco de ilusionismo.

El asombrado "Uuuuyuyuuuuy" de Jiménez.

La fingida indignación de Campayo.
Aquí, Campayo, claramente molesto, le preguntó al psicólogo "¿Es un truco? ¡A ver, hazlo tú!", adoptando el papel de víctima ofendida fundamental para verle la cara de ingenuos a quienes creen en la sinceridad de los mercaderes de la rarología. La respuesta:

Sí, Ramón Campayo, embustero, es un truco y tú lo sabes.

Algunos blogs de ciencia como "La Buhardilla 2.0" abordaron este tema desde el punto de vista de las probabilidades, con gran acuciosidad como lo puede ver aquí. Pero aún así, el resultado no dejaría de ser estadísticamente relevante: atinar el 50% de las ocasiones cuando alguien elige entre ocho opciones es impresionante (50% porque al final del programa Jiménez reveló que había elegido el 39, el segundo más común, según los ilusionistas).

O lo sería si la probabilidad de cada opción fuera exactamente de 1/8.

Pero no lo es. Esto no se lo enseña a usted la psicología, ni las matemáticas. Se lo enseñan esos neurocientíficos prácticos (que diría Teller, del dueto Penn&Teller) que son los ilusionistas.

No falto a la ética de los magos cuando le digo a usted que si hace este truco, la mayoría de las personas elegirán el 37. Las condiciones impuestas por el ilusionista son tales que descartan otras respuestas comunes (como 33) y aumentan el número de personas que responderán como él quiere.

Como cuando uno pide a un grupo de personas que piensen en un color. La mayoría pensará en el rojo... y serán muy pocas las que piensen en un turquesa suave.

Esto funciona incluso dando las mismas instrucciones con números del 1 al 100, y de hecho Campayo reduce el número de opciones, presumiblemente para estar más seguro dado que su público era pequeño.

Como en otros muchos trucos mágicos, el ilusionista no ha adivinado la elección que ha hecho usted, sino que ha dispuesto todo para que usted haga la elección que él quiere. El ilusionismo, para quienes estén interesados, tiene literalmente docenas de formas distintas de hacer esto, que un espectador o grupo de espectadores elijan la palabra, el número, la carta o cualquier otra opción previamente decidida por el ilusionista. ¿Cómo lo hace? Es un secreto y se mantiene para que podamos seguir asombrándonos. Pero ES UN TRUCO.

¿Por qué? No lo sabemos con precisión. Sabemos que así ocurre porque durante toda la historia los ilusionistas han hecho el truco y funciona. Puede influir que el 3 y el 7 sean los números que más frecuentemente dirá la gente cuando se le pide un número del 1 al 10. O porque 37 no es ni demasiado pequeño ni demasiado grande, lo hallamos cómodo en un universo de 50 o 100 números.

Pero es un truco que usted y cualquiera pueden hacer. Ponga las mismas condiciones a un grupo de personas y en su papel escriba "37" (o lleve un sobre cerrado que tenga un papel con el número "37" o algún otro efecto escénico interesante) y acertará porque la mayoría de las personas elegirán el 37 sin que usted tenga que hacer nada.

No me haga caso, pruébelo. Y recuerde que hablamos de "mayoría", no de "toda la gente", claro. Esto hay que manejarlo escénicamente para que parezca más asombroso aún.

Ahora lo esencial sobre este post, porque lo único importante es el engaño.

Primero: Ramón Campayo sabe que es un truco. Al igual que Uri Geller y otros desvergonzados embusteros que abusan de la buena fe ajena, presenta un legítimo efecto de ilusionismo como un poder mental

Segundo: Todo se ha dispuesto de modo que el engaño funcione: los críticos no tienen idea de embustes paranormales, estudios malhechos, desastres metodológicos ni ilusionismo, y por tanto el presentador los pone a merced de los embusteros profesionales para vender su mercancía de falsedades.

Tercero: Una vez explicado que esto es un truco, el presentador no se retractará de su "uuuuyuyuyyyy" con el que subrayó lo asombroso que le parecía (en su ignorancia o en su mala fe) el "acierto" telepático de Campayo y dejará a su amado público en la ignorancia total.

Cuarto: Lo más importante de todo, quizá, es que este experimento falso sí consiguió demostrar algo claro y patente, y es que un paranormalólogo con ínfulas que usa gazné de seda y se presenta como experto, es decir, Santiago Vázquez, cree que el "2" es un número impar, habiendo elegido el 23, antecedente con el cual no se entiende como alguien pueda creer que tiene capacidad de explicar cómo funciona el universo mejor que la física, la química y la biología.