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"¡Alárguese el pene!"
La afirmación no viene en uno de los millones de correos electrónicos fraudulentos que llenan de basura el ciberespacio, sino del monarca de los pesos pesadísimos de la farsantería española, Javier Sierra.
Con el espectáculo lamentable que llevó a la televisión el jueves 18 de marzo, Sierra ejemplifica perfectamente uno de los trucos más socorridos de los embusteros profesionales: hablar de cosas magníficas, milagrosas, impresionantes, asombrosas y tremendas... y sustituirlas luego por dos o tres trucos de salón y datos vagos e imprecisos, cuando no manipulados y majaderos, con los que pretenden convencer a la gente de la verdad de sus primeras, excesivas, afirmaciones para luego pasar el sombrero con objeto de sacarle a los ingenuos su dinero.
Gato por liebre a precio de faisán dorado.
Compárese la afirmación de que "la telepatía permite a dos mentes comunicarse como si fueran dos walkie-talkies", lo cual verdaderamente escalofriaría de ser cierto, y compárese con los lamentables resultados experimentales conseguidos por tipos como J.B Rhine, en los que el parecido más vago entre lo que se le ocurría a un sujeto y lo que le "transmitía" otro se consideraba un éxito pitorreándose de toda decencia científica.
Pues en el mismo tenor, Javier Sierra empezó su semanal engañifa de fenómenos para anormales diciendo que con la hipnosis se puede hacer crecer los pechos de las mujeres y los penes de los hombres.
¡La hipnosis puede hacer realidad los anhelos sexuales de la humanidad! Caramba y zamba, que diría Violeta Parra. A ver, demuéstrenmelo.
A la demostración de tales maravillas, por supuesto, no llegamos nunca.
Lo que se nos mostró fue a un muchachito de vivaracha imaginación (como suelen serlo los mejores sujetos hipnóticos) que asegura que descubrió sus vidas pasadas gracias a la hipnosis. Según esto, vivió en el País Vasco en 1808, cuando se llevaron a sus hijos a la guerra contra Napoleón, y en el antiguo Egipto, cuando sus hijas murieron en alguna atroz epidemia. No explica en qué cajón lo guardaron durante los tres mil años que mediaron entre ambas "reencarnaciones", pero bueno, no se puede pedir todo. Lo que tampoco dice, y esto es lo más triste, es si le creció el pito mientras chapoteaba en sus fantasías.
El domador de este muchachito y por tanto el cómplice directo de Javiercito Sierra es un tal Pere Alcaraz, hipnotizador supuestamente "clínico", aunque su parloteo revela que es, principalmente, cínico.
Al tal Pere le traen a dos cómplices, paleros o compinches previamente "condicionados" o aleccionados con una "clave" para entrar en "estado hipnótico". Se dice que son del público, sin probarlo, claro.
El brujo hipnotista dice una palabra y los dos se descoyuntan en la silla como muñecos rotos, la cabeza floja con el mentón sobre el pecho, los brazos colgando inservibles a los lados, las piernas con las rodillas juntas, totalmente en asombroso y místico "trance"...
Pero ojo, no hay borracho que coma lumbre ni supuesto hipnotizado que se rompa la crisma a lo imbécil. Todos relajadísimos, la muchachita y el muchachito participantes en el fraudazo se mantienen bien sentaditos en sus sillas. Dicho de otro modo: se les aflojan todos los músculos que sirven para el show, pero no los que los mantienen fijos en la silla. Si se relajaran de verdad azotarían en el suelo como sapos mojados y probablemente se averiarían algo. Y no se trata de eso.
Cuando el hipnotista c(l)ínico va a empezar su show, el conductor Javier Sardá se acuerda que esto no iba de ver a dos tipos fingiéndose en trances esperpéticos, sino de que a los hombres les crezca el pito y a las mujeres las tetas. Ante la insistencia del conductor, el tal Pere tartajea dos o tres estupideces. Dice que para que crezca el pene se hace que hipnóticamente se "redirija el flujo sanguíneo" para que alimente el tamaño, y entonces, automágicamente, el cipote crece (obviamente esto es un insulto a la fisiología elemental, pero el hipnotista no está para saber de medicina, claro), luego tartamudea tres o cuatro palabras más y se sale por la tangente a toda velocidad para dar su espectaculito.
Qué pitos ni qué pitos, vea lo bueno.
Empieza por pellizcar a los "hipnotizados" y luego a uno le clava una aguja con el consiguiente sangrado. Eso demuestra que no sienten dolor "debido a la hipnosis" (es decir, demuestra que la sugestión funciona, o deja claro que el efecto placebo es real, o prueba de nuevo que la hipnosis es un fenómeno social y no un "estado de conciencia alterado" o incluso puede ser evidencia de la aplicación oportuna de una pequeña inyección de lidocaína en la mano del comparsa del hipnotizador, no hay modo de saberlo, se espera que usted le crea a éstos, después de todo, ¿cuándo ha dicho una mentira Javier Sierra?)
Las chusmas aplauden porque se los indica un azafato, la hipnosis queda "demostrada" porque lo repite hasta el hartazgo Javier Sierra, los compinchados despiertan "sintiéndose muy bien", como siempre y sonríen como chimpancés orgullosos de su truco circense y esperando que les den su plátano.
Con base en este espectáculo bastante menos que impresionante, Sierra suelta el cuento de que hay "varias clases de hipnosis", para diferenciar las de relejamiento de las de "regresiones" a vidas pasadas, donde siempre las víctimas vivieron cosas muy emocionantes (epidemias, guerras, momentos históricos) en lugares fantásticos e importantes (Egipto tiene mucho cartel, hay millones y millones que juran haber vivido en Egipto, pero nadie dice que vivió comiendo cocos y copulando sin novedad en el frente, digamos, en una isla diminuta en la Melanesia).
Claro que lo que nunca se consigue es una sola prueba.
Imagínese que encontráramos a un alucinado de éstos que haya vivido, digamos, entre los olmecas de Veracruz o los moches del altiplano andino y nos diera datos precisos, veraces y comprobables acerca de estas culturas tan desconocidas. Sería un ejemplo que realmente merecería que se diera crédito a sus delirios.
Pero no, igual que los "contactaditos", los que "reviven vidas pasadas" dan informaciones vagas, imaginarias e imprecisas sobre su entorno social e histórico, lo cual demuestra que no tienen idea de lo que están hablando, y que sólo han liberado su imaginación mediante una sugestión eficaz que nada tiene que ver con un "estado de trance".
Lo que se ha demostrado incesantemente es que una persona a la que se sugestiona con facilidad (el llamado "sujeto hipnótico") puede generar con facilidad falsas memorias de acontecimientos que evidentemente nunca vivió. Lo mismo pasa con los contactados a los que hipnotizan (empezando por Betty y Barney Hill, los fundadores de esta fantasía) y, claro, con las "vidas pasadas". Las más de las veces,estos ingenuos no están conscientes de que las memorias son falsas, pero sí lo están quienes los manipulan para exhibirlos como fenómenos de circo.
La hipnosis, lo saben los estudiosos de la sicología no es lo que dicen estos aprovechados, ni mucho menos "demuestra" la existencia de los extraterrestres ni la "reencarnación".
Y, por supuesto, no le hace crecer el pene ni las glándulas mamarias a nadie.
Lo que sí hacen la hipnosis y todo el arsenal de las supercherías ofensivas es darle su dinerito periódico a Javier Sierra quien, a cambio de ello, se supera en desvergüenza semana a semana para desgracia de los televidentes españoles, inocentes totalmente de las ficciones de estos vividores.
(Más datos sobre la hipnosis, en inglés, en el inmejorable Diccionario escéptico.)
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marzo 24, 2004
febrero 06, 2004
Médicos brujos sin máscara
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De entre todos los charlatanes, son especialmente execrables los que comercian con la salud humana o, más exactamente, con la enfermedad humana.
Sus presas o víctimas son personas bajo una tensión física y emocional que los vuelve vulnerables, y estos amos de la desvergüenza aprovechan esa vulnerabilidad para echarse unos dineros al bolsillo, sin importarles lo que pueda pasarles a los incautos que caen en sus garras.
Javier Sierra, director del circo de fenómenos para anormales llamado "Mäs allá", volvió a presentarse en la televisión española, en el programa "Crónicas Marcianas" acompañado de un farsante. Pero este farsante es especial. Se trata de Txumari (se pronuncia "chumari") Alfaro, un médico brujo cuyo nombre original era el vulgar "Jesús María" y que se quitó de trabajar desde que tuvo, en la televisión española, un programa sobre pamplinas naturópatas llamado "La botica de la abuela".
Como cada vez más charlatanes, éste no se limita a sus delirios sobre naturismo, sino que se desborda hacia todas las áreas del curanderismo supersticioso que puedan dejar dinero, entre ellos la acupuntura, la auriculoacupuntura y otras prácticas peligrosas e inútiles.
No se confunda el naturismo con la herbolaria, que debidamente estudiada por la bioquímica yla farmacología es fuente de numerosos medicamentos que han mejorado de manera impresionante la calidad de vida de quienes tienen acceso a la atención médica.
Naturismo
El naturismo es una forma de charlatanería que asegura que "en el pasado" los seres humanos éramos totalmente vegetarianos, que comer carne o productos animales nos llena de unas malignas "toxinas" (de las cuales ninguno puede dar la fórmula química, por supuesto) y nos altera el equilibrio de temperaturas en el cuerpo. Precisamente por eso la naturopatía acude a baños de temperaturas contrastantes y a prácticas absurdas como envolver a sus víctimas en sábanas empapadas de agua fría.
Entonces, la teoría de la enfermedad de la naturopatía es el desequilibrio de temperaturas por culpa de las toxinas. No es verdad que tal ocurra, y la paleoantropología nos enseña sin lugar a dudas que todos los antecesores del hombre en la escala evolutiva comían carne, pero al menos es una teoría clara. Para la naturopatía, el equilibrio de las temperaturas es la curación.
Acupuntura
La acupuntura, por su parte, dice que eso no es cierto, que en realidad las enfermedades son causadas por desviaciones mágicas de la energía mágica llamada "chi" que corre (nadie sabe cómo) por 12 meridianos mágicos del cuerpo humano, y que la curación ocurre cuando se desbloquea mágicamente el flujo del mágico chi con mágicas agujas puestas en mágicos lugares específicos que nadie sabe cómo se determinaron.
Tampoco es cierto, pero es una teoría clara. Ya hasta el médico personal de Mao Tse-Tung (o Mao Zedong) contó en un libro cómo embaucaron a Nixon con la acupuntura cuando en realidad todos los pacientes que vio estaban fuertemente anestesiados. (La acupuntura sirve, solamente, para provocar el efecto placebo, que bien podemos comentar otro día).
Ahora, ¿cómo explica usted que alguien pueda creer en esas dos teorías de la enfermedad al mismo tiempo y que, sin embargo, crea también en la teoría científica de la enfermedad que dice que las enfermedades son causadas por desarreglos anatomofisiológicos de los órganos componentes del cuerpo o bien por la acción de gérmenes patógenos (protozoarios, bacterias, virus)?
Pero antes de hacernos un lío con un tipo capaz de creer en tres teorías totalmente contrapuestas para explicar el mismo fenómeno, cosa que en psiquiatría tiene su nombre, agreguémosle a la ensalada de barbaridades su promoción de la magia representativa.
¿Qué es la magia representativa?
La forma más antigua de la magia es aquélla que crea o inventa una representación de la realidad y, posteriormente, pretende controlar la realidad actuando sobre la representación.
Las escenas de caza exitosas de las pinturas rupestres bien pueden ser una forma de magia representativa: pintar el éxito en la cacería es una forma de garantizar mágicamente que ocurra en la realidad.
La forma más conocida de la magia representativa es el vudú: usted hace un muñeco que representa a su adversario y le clava alfileres al muñeco esperando que su enemigo sienta los piquetes.
El tal Txumari Alfaro, animado con entusiasmo inexplicable (o casi) por Javier Sierra, se presentó para dar recetas de brujería para dejar de fumar. Además de agujas, zanahorias y demás parafernalia, se presentó con un esquema complicadísimo de una oreja humana.
La teoría que pretende que se traguen los crédulos es que la oreja, como tiene vagamente (muy vagamente) la forma de un feto humano, representa a todo el cuerpo y, por tanto, si uno actúa sobre el punto de la oreja que representa al hígado, el hígado se enterará y mágicamente reaccionará. Magia representativa del nivel más primitivo imaginable.
Quienes conocen a fondo la anatomía y la fisiología humana le pueden explicar de manera clarísima que no hay nada que conecte a una zona de la oreja con el órgano o parte del cuerpo que esta descabellada teoría pretende que represente.
Televisión no exenta de riesgos
La presentación fue, como suelen ser las de los entenados de Javier Sierra, una afrenta a la inteligencia más elemental. Desde malinterpretar fresca e ignorantemente a la neuropsicología para decir que la oreja izquierda es "más emocional" que la derecha hasta inventarse que los chinos se quitaban el vicio del tabaco hace 3,500 años con un remedio bobo (cuando ni conocían el tabaco)... todo eso y más ofreció el médico brujo Txumari en breves, brevísimos minutos mientras Javier Sierra aplaudía extasiado.
La primera teoría que puso en práctica fue la siguiente mescolanza de tonterías: para que un "voluntario" dejara de fumar, le cosió con hilo de sutura el punto mágico de la boca en la representación de la oreja con el punto que excepcionalmente no representa nada, sino que es el punto de "entrada de la energía" (¿cuál energía?) al cuerpo humano.
Para esta salvaje demostración, empleó una aguja e hilo de sutura, dos cosas que nunca deberían estar en manos de nadie sin formación médica, pues la formación del tal Txumari es de, según él, "graduado de Doctor en Naturopatía, Iridología y Acupuntura Tradicional China", cosas que, para aclararnos, no se estudian en universidades serias, sino en círculos de mamarrachos que se aplauden sus gracejadas, intercambian estupideces y se lanzan al mundo a desplumar inocentes.
Pero el asombro nos llenó realmente cuando vimos que, primero, el tal Txumari se ponía unos guantes quirúrgicos de látex... ¿acaso le temía al Sida? ¿Es que entonces sí cree en los virus? Y si cree en los virus, ¿por qué engaña a la gente diciendo que las cosas se curan con remedios mamones y agujitas no exentas de riesgo? Para enfatizar aún más que también cree en la teoría de la enfermedad de la medicina con bases científicas... ¡desinfectó la oreja del palero con betadine antes de coserlo!
Ya ni preguntamos cómo es que el hilo de sutura va mágicamente a transportar energía del mágico punto de entrada de energía al punto auricular correspondiente a la boca que es donde, según las fantasías de este peligroso personaje, dan ganas de fumar.
Una vez ensartado el "voluntario", la recomendación fue que cada que le dieran ganas de fumar se jalara el hilito que había cosido el brujo y se "descargaría ansiedad", cosa por demás interesante. Ojalá el conductor del programa, Javier Sardá, hubiera preguntado cómo se medían las descargas de ansiedad.
Si no le gusta, lo tengo en otro color
Como el Txumari y su domador, Javier Sierra, tienen muchas patrañas que vender al mismo tiempo, echaron a un lado al incauto con la oreja cosida y Txumari procedió a decir varias mentiras más acerca de la medicina china y explicó que también se puede dejar de fumar pegándose una semilla misteriosa en la oreja, en un tercer punto que nada tiene que ver con los dos anteriores.
Ya encarrerado, presentó un par de imanes que se atraían como todos los imanes y mintió descaradamente asegurando que la atracción se debía a un misterioso "carbón activado", que clavó en otra oreja.
Y como hay que promover otras opciones para atraer a la mayor cantidad posible de gente que suelte la plata, inventa que "los conquistadores" de América Latina se volvían adictos a la nicotina y que, para desengancharse, mascaban un trozo de hoja de tabaco y se lo pegaban "en el vértice superior del pulmón izquierdo", y de inmediato procedió a chupar un trozo de hoja de tabaco y se lo plantó al comedido "voluntario" en el músculo trapezoide de la zona clavicular, arriba del omóplato, más o menos a un palmo de donde podría estar el pulmón.
Claro que si lo hubiera puesto exactamente en el pulmón, éste no se habría enterado de nada ni se le hubieran quitado las ganas de fumar. Pero eso no le impidió al personaje soltar la mendacidad de que esa porquería era "un parche de nicotina".
Y para terminar con su naturopatía, recomendó que también se debe mascar un puñado de pepitas de uva y pasarlo por toda la boca. Por supuesto, acudió como suelen hacerlo estos tipos a afirmar que eso que propone está "científicamente" demostrado.
No faltará quien diga que estos majaderos finalmente no hacen mal a nadie y, claro, si alguien quiere regalarles su dinero está en plena libertad de hacerlo.
Decir eso es como decir que cualquier delincuente puede cometer el delito de fraude o de timo y que, como la víctima es libre para no dejarse defraudar o timar, la sociedad no debería meterse.
Peligros y daños
En primer lugar, estos sujetos mienten, y lo saben. El uso de guantes quirúrgicos por parte del embustero en cuestión lo demuestra patentemente. Él sabe que está expuesto al Sida y sabe perfectamente que tal afección no se cura con sus paparruchas. No olvidemos que incluso el más famoso dizque "cirujano psíquico", el tal Tony Agpaoa, filipino que montó un megafraude asociado con Imelda Marcos, se hizo operar del apéndice por médicos reales de la ciudad de Baguío en vez de intentar operarlo él o alguno de su corte de impúdicos negociantes del dolor ajeno, e igualmente puso a su hijo en manos de médicos de verdad en los Estados Unidos (los "cirujanos psíquicos" no operan nada, como veremos otro día).
En segundo lugar, estos personajes impiden que muchas personas lleguen a obtener atención médica oportuna, mareándolos con cuentos y diciéndoles (como decía Javier Sierra con su desfachatez habitual) que "no tienen que ir a clínicas y a médicos" que sólo les sacan el dinero. (O sea, para qué le das dinero a ése si aquí me tienes a mí con la mano en tu bolsillo.) No son pocos los casos que quien esto escribe ha conocido de personas que han llegado a perder una pierna por atenderse de diabetes con algún charlatanazo en lugar de tener una atención médica adecuada.
En tercer lugar con sus embustes estos personajes impiden que la gente tenga una visión real del mundo que los rodea y de sí mismos. Un diabético debe hacerse a la idea de que su enfermedad se puede controlar, pero todavía no tiene cura. Embaucarlo con promesas de curación (la diabetes siempre aparece en la nómina de especialidades de estos sinvergüenzas) que son falsas es abusar de una persona vulnerable y herida. Pero su maligna influencia no se limita a la salud ni a las víctimas de las enfermedades, sino que promueven entre toda la población una visión integral del universo falsa, engañosa y mutiladora de la libertad de pensamiento.
Y por eso, con todo lo simpático que sabe ser, con su sonrisa de "yo no fui, mamá", con su excelente habilidad para el espectáculo, el tal Txumari Alfaro no es sino parte del sector más execrable de la insolencia charlatanesca.
De entre todos los charlatanes, son especialmente execrables los que comercian con la salud humana o, más exactamente, con la enfermedad humana.
Sus presas o víctimas son personas bajo una tensión física y emocional que los vuelve vulnerables, y estos amos de la desvergüenza aprovechan esa vulnerabilidad para echarse unos dineros al bolsillo, sin importarles lo que pueda pasarles a los incautos que caen en sus garras.
Javier Sierra, director del circo de fenómenos para anormales llamado "Mäs allá", volvió a presentarse en la televisión española, en el programa "Crónicas Marcianas" acompañado de un farsante. Pero este farsante es especial. Se trata de Txumari (se pronuncia "chumari") Alfaro, un médico brujo cuyo nombre original era el vulgar "Jesús María" y que se quitó de trabajar desde que tuvo, en la televisión española, un programa sobre pamplinas naturópatas llamado "La botica de la abuela".
Como cada vez más charlatanes, éste no se limita a sus delirios sobre naturismo, sino que se desborda hacia todas las áreas del curanderismo supersticioso que puedan dejar dinero, entre ellos la acupuntura, la auriculoacupuntura y otras prácticas peligrosas e inútiles.
No se confunda el naturismo con la herbolaria, que debidamente estudiada por la bioquímica yla farmacología es fuente de numerosos medicamentos que han mejorado de manera impresionante la calidad de vida de quienes tienen acceso a la atención médica.
Naturismo
El naturismo es una forma de charlatanería que asegura que "en el pasado" los seres humanos éramos totalmente vegetarianos, que comer carne o productos animales nos llena de unas malignas "toxinas" (de las cuales ninguno puede dar la fórmula química, por supuesto) y nos altera el equilibrio de temperaturas en el cuerpo. Precisamente por eso la naturopatía acude a baños de temperaturas contrastantes y a prácticas absurdas como envolver a sus víctimas en sábanas empapadas de agua fría.
Entonces, la teoría de la enfermedad de la naturopatía es el desequilibrio de temperaturas por culpa de las toxinas. No es verdad que tal ocurra, y la paleoantropología nos enseña sin lugar a dudas que todos los antecesores del hombre en la escala evolutiva comían carne, pero al menos es una teoría clara. Para la naturopatía, el equilibrio de las temperaturas es la curación.
Acupuntura
La acupuntura, por su parte, dice que eso no es cierto, que en realidad las enfermedades son causadas por desviaciones mágicas de la energía mágica llamada "chi" que corre (nadie sabe cómo) por 12 meridianos mágicos del cuerpo humano, y que la curación ocurre cuando se desbloquea mágicamente el flujo del mágico chi con mágicas agujas puestas en mágicos lugares específicos que nadie sabe cómo se determinaron.
Tampoco es cierto, pero es una teoría clara. Ya hasta el médico personal de Mao Tse-Tung (o Mao Zedong) contó en un libro cómo embaucaron a Nixon con la acupuntura cuando en realidad todos los pacientes que vio estaban fuertemente anestesiados. (La acupuntura sirve, solamente, para provocar el efecto placebo, que bien podemos comentar otro día).
Ahora, ¿cómo explica usted que alguien pueda creer en esas dos teorías de la enfermedad al mismo tiempo y que, sin embargo, crea también en la teoría científica de la enfermedad que dice que las enfermedades son causadas por desarreglos anatomofisiológicos de los órganos componentes del cuerpo o bien por la acción de gérmenes patógenos (protozoarios, bacterias, virus)?
Pero antes de hacernos un lío con un tipo capaz de creer en tres teorías totalmente contrapuestas para explicar el mismo fenómeno, cosa que en psiquiatría tiene su nombre, agreguémosle a la ensalada de barbaridades su promoción de la magia representativa.
¿Qué es la magia representativa?
La forma más antigua de la magia es aquélla que crea o inventa una representación de la realidad y, posteriormente, pretende controlar la realidad actuando sobre la representación.
Las escenas de caza exitosas de las pinturas rupestres bien pueden ser una forma de magia representativa: pintar el éxito en la cacería es una forma de garantizar mágicamente que ocurra en la realidad.
La forma más conocida de la magia representativa es el vudú: usted hace un muñeco que representa a su adversario y le clava alfileres al muñeco esperando que su enemigo sienta los piquetes.
El tal Txumari Alfaro, animado con entusiasmo inexplicable (o casi) por Javier Sierra, se presentó para dar recetas de brujería para dejar de fumar. Además de agujas, zanahorias y demás parafernalia, se presentó con un esquema complicadísimo de una oreja humana.
La teoría que pretende que se traguen los crédulos es que la oreja, como tiene vagamente (muy vagamente) la forma de un feto humano, representa a todo el cuerpo y, por tanto, si uno actúa sobre el punto de la oreja que representa al hígado, el hígado se enterará y mágicamente reaccionará. Magia representativa del nivel más primitivo imaginable.
Quienes conocen a fondo la anatomía y la fisiología humana le pueden explicar de manera clarísima que no hay nada que conecte a una zona de la oreja con el órgano o parte del cuerpo que esta descabellada teoría pretende que represente.
Televisión no exenta de riesgos
La presentación fue, como suelen ser las de los entenados de Javier Sierra, una afrenta a la inteligencia más elemental. Desde malinterpretar fresca e ignorantemente a la neuropsicología para decir que la oreja izquierda es "más emocional" que la derecha hasta inventarse que los chinos se quitaban el vicio del tabaco hace 3,500 años con un remedio bobo (cuando ni conocían el tabaco)... todo eso y más ofreció el médico brujo Txumari en breves, brevísimos minutos mientras Javier Sierra aplaudía extasiado.
La primera teoría que puso en práctica fue la siguiente mescolanza de tonterías: para que un "voluntario" dejara de fumar, le cosió con hilo de sutura el punto mágico de la boca en la representación de la oreja con el punto que excepcionalmente no representa nada, sino que es el punto de "entrada de la energía" (¿cuál energía?) al cuerpo humano.
Para esta salvaje demostración, empleó una aguja e hilo de sutura, dos cosas que nunca deberían estar en manos de nadie sin formación médica, pues la formación del tal Txumari es de, según él, "graduado de Doctor en Naturopatía, Iridología y Acupuntura Tradicional China", cosas que, para aclararnos, no se estudian en universidades serias, sino en círculos de mamarrachos que se aplauden sus gracejadas, intercambian estupideces y se lanzan al mundo a desplumar inocentes.
Pero el asombro nos llenó realmente cuando vimos que, primero, el tal Txumari se ponía unos guantes quirúrgicos de látex... ¿acaso le temía al Sida? ¿Es que entonces sí cree en los virus? Y si cree en los virus, ¿por qué engaña a la gente diciendo que las cosas se curan con remedios mamones y agujitas no exentas de riesgo? Para enfatizar aún más que también cree en la teoría de la enfermedad de la medicina con bases científicas... ¡desinfectó la oreja del palero con betadine antes de coserlo!
Ya ni preguntamos cómo es que el hilo de sutura va mágicamente a transportar energía del mágico punto de entrada de energía al punto auricular correspondiente a la boca que es donde, según las fantasías de este peligroso personaje, dan ganas de fumar.
Una vez ensartado el "voluntario", la recomendación fue que cada que le dieran ganas de fumar se jalara el hilito que había cosido el brujo y se "descargaría ansiedad", cosa por demás interesante. Ojalá el conductor del programa, Javier Sardá, hubiera preguntado cómo se medían las descargas de ansiedad.
Si no le gusta, lo tengo en otro color
Como el Txumari y su domador, Javier Sierra, tienen muchas patrañas que vender al mismo tiempo, echaron a un lado al incauto con la oreja cosida y Txumari procedió a decir varias mentiras más acerca de la medicina china y explicó que también se puede dejar de fumar pegándose una semilla misteriosa en la oreja, en un tercer punto que nada tiene que ver con los dos anteriores.
Ya encarrerado, presentó un par de imanes que se atraían como todos los imanes y mintió descaradamente asegurando que la atracción se debía a un misterioso "carbón activado", que clavó en otra oreja.
Y como hay que promover otras opciones para atraer a la mayor cantidad posible de gente que suelte la plata, inventa que "los conquistadores" de América Latina se volvían adictos a la nicotina y que, para desengancharse, mascaban un trozo de hoja de tabaco y se lo pegaban "en el vértice superior del pulmón izquierdo", y de inmediato procedió a chupar un trozo de hoja de tabaco y se lo plantó al comedido "voluntario" en el músculo trapezoide de la zona clavicular, arriba del omóplato, más o menos a un palmo de donde podría estar el pulmón.
Claro que si lo hubiera puesto exactamente en el pulmón, éste no se habría enterado de nada ni se le hubieran quitado las ganas de fumar. Pero eso no le impidió al personaje soltar la mendacidad de que esa porquería era "un parche de nicotina".
Y para terminar con su naturopatía, recomendó que también se debe mascar un puñado de pepitas de uva y pasarlo por toda la boca. Por supuesto, acudió como suelen hacerlo estos tipos a afirmar que eso que propone está "científicamente" demostrado.
No faltará quien diga que estos majaderos finalmente no hacen mal a nadie y, claro, si alguien quiere regalarles su dinero está en plena libertad de hacerlo.
Decir eso es como decir que cualquier delincuente puede cometer el delito de fraude o de timo y que, como la víctima es libre para no dejarse defraudar o timar, la sociedad no debería meterse.
Peligros y daños
En primer lugar, estos sujetos mienten, y lo saben. El uso de guantes quirúrgicos por parte del embustero en cuestión lo demuestra patentemente. Él sabe que está expuesto al Sida y sabe perfectamente que tal afección no se cura con sus paparruchas. No olvidemos que incluso el más famoso dizque "cirujano psíquico", el tal Tony Agpaoa, filipino que montó un megafraude asociado con Imelda Marcos, se hizo operar del apéndice por médicos reales de la ciudad de Baguío en vez de intentar operarlo él o alguno de su corte de impúdicos negociantes del dolor ajeno, e igualmente puso a su hijo en manos de médicos de verdad en los Estados Unidos (los "cirujanos psíquicos" no operan nada, como veremos otro día).
En segundo lugar, estos personajes impiden que muchas personas lleguen a obtener atención médica oportuna, mareándolos con cuentos y diciéndoles (como decía Javier Sierra con su desfachatez habitual) que "no tienen que ir a clínicas y a médicos" que sólo les sacan el dinero. (O sea, para qué le das dinero a ése si aquí me tienes a mí con la mano en tu bolsillo.) No son pocos los casos que quien esto escribe ha conocido de personas que han llegado a perder una pierna por atenderse de diabetes con algún charlatanazo en lugar de tener una atención médica adecuada.
En tercer lugar con sus embustes estos personajes impiden que la gente tenga una visión real del mundo que los rodea y de sí mismos. Un diabético debe hacerse a la idea de que su enfermedad se puede controlar, pero todavía no tiene cura. Embaucarlo con promesas de curación (la diabetes siempre aparece en la nómina de especialidades de estos sinvergüenzas) que son falsas es abusar de una persona vulnerable y herida. Pero su maligna influencia no se limita a la salud ni a las víctimas de las enfermedades, sino que promueven entre toda la población una visión integral del universo falsa, engañosa y mutiladora de la libertad de pensamiento.
Y por eso, con todo lo simpático que sabe ser, con su sonrisa de "yo no fui, mamá", con su excelente habilidad para el espectáculo, el tal Txumari Alfaro no es sino parte del sector más execrable de la insolencia charlatanesca.
febrero 01, 2004
Psicofonías y psicopatologías
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(Republiicado luego de borrarlo por error)
Cada jueves, en el popularísimo programa "Crónicas marcianas" de Telecinco (el canal 5 de la TV española), toma la tribuna un tal Javier Sierra, director de la revista "Más allá" dedicada a la difusión de todo tipo de charlatanerías, sin más límite que su comerciabilidad.
Javier Sierra viene acompañado siempre de uno o más farsantes, algunos pintorescos, otros francamente ofensivos y, los más, sujetos aburridísimos que refritean más o menos bien aleccionados las mismas supercherías que se difundían hace un cuarto de siglo en revistas como "Duda", "Contactos extraterrestres" y "Supermente" en México o "Mundo desconocido" y "Stendek" en España.
Evidentemente, los clientes potenciales de esta repetición de temas no están al tanto de los ridículos que pasaron quienes, en el pasado, hicieron las mismas afirmaciones y ocuparon los reflectores de la opinión pública mientras se llenaban los bolsillos. Total, era cosa de aguantar un poco y, renovado generacionalmente el público, resurgieron los charlatanes televisuales con las mismas historias.
Uno de los ejemplos recientes más clamorosos a los que pudimos asistir asombrados fue la presentación de un tipo que asegura que hace "psicofonías".
Esto de las "psicofonías", que suena científico e importante, consiste en lo siguiente: usted graba algunas barbaridades en una cinta magnetofónica (casete o carrete, da igual), repitiendo lugares comunes místicos (digamos, creyéndose por un momento una especie de sabio oriental, sean como sean los sabios orientales), fingiéndose espíritu (abuelo o bisabuelo de alguien) o recreando alguna escena más o menos histórica (para esto puede ayudarse grabando balazos y gritos en el Canal de Historia, que todo el tiempo transmite documentales de la Segunda Guerra Mundial).
Una vez que dispone de la grabación, se provee de una cara dura, la más dura que pueda encontrar, y se presenta a las oficinas de Javier Sierra diciendo que fue a un lugar misteriosón (cementerio, casa embrujada, hogar de místico, campo de batalla), encendió la grabadora y se quedó allí, mirando a una pared, durante dos o tres horas (o días) durante los cuales, por supuesto, usted no escuchó nada ni mucho menos dijo ni pío. Y, sin embargo, asegura con vehemencia, en la cinta aparecieron mágicamente grabados esos sonidos que vienen del pasado, del más allá, de Ganimedes o del sótano de un chef de sushi de Kyoto.
Javier Sierra le cree de inmediato (o al menos lo finge de manera convincente, vaya usted a saber) y publica en su revista la fantástica historia aderezándola con preguntas que hagan aún más misteriosa y maravillosa su cinta y relacionándola con otros tremendos misterios que pueden no tener nada que ver pero que llenan páginas y hacen volar la imaginación del lector. Si tiene suerte, le publica un CD con su asombrosa grabación. Luego, lo pasea por emisoras de radio donde usted repite su historia, adornándola de cuando en cuando con detalles que recuerda de repente y, finalmente, lo lleva a "Crónicas marcianas", donde, en todo caso, el director Javier Sardá hará burla de sus tonterías y las tratará de confrontar con la más elemental razón, pero sin llegar a profundizar en los abismos del absurdo que usted realmente propone (Sardá es, después de todo, un comunicador muy profesional que maneja magníficamente a los charlatanes de la prensa rosa, pero no tiene gran experiencia lidiando con charlatanes místicos y desenmascarando sus pamplinas).
Y, además, en todos los casos usted recibe los respectivos cheques, nada despreciables.
¿Por qué se podría dudar de usted? Después de todo, está diciendo que asistió a una maravilla sin que lo viera nadie, sin control alguno, con una cinta que nadie comprobó que era virgen, y que obtuvo secretamente resultados que desafían a la inteligencia y que sólo usted sabe interpretar correctamente.
Pocas cosas más confiables puede haber en este mundo, ¿no?
Además, usted lleva barba y se peina con secador de aire, sin contar con que se presenta impecablemente vestido de traje. ¿Alguien sería capaz de dudar de la honestidad, honorabilidad y seriedad de una persona así? ¿Qué importa si nadie lo vio cuando cocinaba su milagrito? ¿Qué tiene que ver el que desafíe todas las leyes de la física? ¿Por qué habría alguien de preguntarse cómo se enteró usted de que allí, precisamente, se escucha la voz de Alejandro Magno tomando preso a Darío o la música de la banda de la cantina de Star Wars? ¿Qué insultante se tendría que ser para preguntarle a usted cómo es que el mecanismo electromagnético de una grabadora se convierte en una especie de médium que no cobra?
En realidad, para creer que hay una "verdadera psicofonía" sería necesario diseñar la experiencia de una forma controlada desde el punto de vista experimental, con participación de técnicos, científicos y magos de escenario que tuvieran total supervisión de cintas, grabadoras y psicofonistas durante todo el tiempo que durara la experiencia.
Aquí vale la pena hacer un alto y preguntar por qué rayos habríamos de meter a un mago de escenario en este enjuague. La respuesta es muy sencilla: los científicos no están muy acostumbrados a que alguien trate de engañarlos. Dicho sin ánimo de ofender, suelen ser gente bienintencionada y bastante ingenua. Un mago, por otro lado, es un profesional del engaño, de la simulación y de la distracción para aparentar milagros, y por tanto es un especialista indispensable cuando se trata de desenmascarar charlatanes.
La idea de un experimento controlado, obviamente, es que ni un farsante muy bien entrenado pueda introducir un engaño, truco o falsedad en el proceso, aunque tuviera un ingenio y una versatilidad que, por lo demás, no suelen ser parte del bagaje intelectual de estos personajes.
Por supuesto, quienes se ocupan de este lucrativo negocio se niegan sistemáticamente a someterse a controles de cualquier tipo. Para ello han inventado un argumento en apariencia impenetrable: la presencia de incrédulos, escépticos, científicos o personas que les parezcan non gratas provoca misteriosas "malas vibraciones" que impiden que se manifiesten las fuerzas sobrenaturales.
En otras palabras: si el milagro no ocurre, la culpa es de los que se atreven a dudar, no del honrado y trabajador charlatán.
En los años ochenta asistí a la actuación de un célebre vidente que afirmaba, al principio de su show, que si alguna de las maravillas que anunciaba no se materializaba se debería a las malas vibraciones de los escépticos descreídos malvados. Durante los siguientes cientoytantos minutos me concentré en echarle toda la mala vibra del mundo, pero sus trucos siguieron funcionando exactamente igual que siempre (trucos, por cierto, que cualquiera puede aprender en un club de magos o escuela de magia de escenario).
Siempre me he preguntado si las maravillas habrían funcionado igual de bien si el psíquico en cuestión hubiera sabido que yo estaba allí en calidad de escéptico y que, posteriormente, revelaría algunos de sus trucos en los medios de difusión.
Pero lo que verdaderamente hace de las psicofonías la mejor puerta de entrada a las maravillas de vivir sin dar golpe es que requieren de una inversión mínima y cero habilidades (como no sea que susurrar ante un micrófono se considere una habilidad). Simplemente necesita una grabadora, una cinta, una desvergüenza monumental y, claro, a Javier Sierra.
(Republiicado luego de borrarlo por error)
Cada jueves, en el popularísimo programa "Crónicas marcianas" de Telecinco (el canal 5 de la TV española), toma la tribuna un tal Javier Sierra, director de la revista "Más allá" dedicada a la difusión de todo tipo de charlatanerías, sin más límite que su comerciabilidad.
Javier Sierra viene acompañado siempre de uno o más farsantes, algunos pintorescos, otros francamente ofensivos y, los más, sujetos aburridísimos que refritean más o menos bien aleccionados las mismas supercherías que se difundían hace un cuarto de siglo en revistas como "Duda", "Contactos extraterrestres" y "Supermente" en México o "Mundo desconocido" y "Stendek" en España.
Evidentemente, los clientes potenciales de esta repetición de temas no están al tanto de los ridículos que pasaron quienes, en el pasado, hicieron las mismas afirmaciones y ocuparon los reflectores de la opinión pública mientras se llenaban los bolsillos. Total, era cosa de aguantar un poco y, renovado generacionalmente el público, resurgieron los charlatanes televisuales con las mismas historias.
Uno de los ejemplos recientes más clamorosos a los que pudimos asistir asombrados fue la presentación de un tipo que asegura que hace "psicofonías".
Esto de las "psicofonías", que suena científico e importante, consiste en lo siguiente: usted graba algunas barbaridades en una cinta magnetofónica (casete o carrete, da igual), repitiendo lugares comunes místicos (digamos, creyéndose por un momento una especie de sabio oriental, sean como sean los sabios orientales), fingiéndose espíritu (abuelo o bisabuelo de alguien) o recreando alguna escena más o menos histórica (para esto puede ayudarse grabando balazos y gritos en el Canal de Historia, que todo el tiempo transmite documentales de la Segunda Guerra Mundial).
Una vez que dispone de la grabación, se provee de una cara dura, la más dura que pueda encontrar, y se presenta a las oficinas de Javier Sierra diciendo que fue a un lugar misteriosón (cementerio, casa embrujada, hogar de místico, campo de batalla), encendió la grabadora y se quedó allí, mirando a una pared, durante dos o tres horas (o días) durante los cuales, por supuesto, usted no escuchó nada ni mucho menos dijo ni pío. Y, sin embargo, asegura con vehemencia, en la cinta aparecieron mágicamente grabados esos sonidos que vienen del pasado, del más allá, de Ganimedes o del sótano de un chef de sushi de Kyoto.
Javier Sierra le cree de inmediato (o al menos lo finge de manera convincente, vaya usted a saber) y publica en su revista la fantástica historia aderezándola con preguntas que hagan aún más misteriosa y maravillosa su cinta y relacionándola con otros tremendos misterios que pueden no tener nada que ver pero que llenan páginas y hacen volar la imaginación del lector. Si tiene suerte, le publica un CD con su asombrosa grabación. Luego, lo pasea por emisoras de radio donde usted repite su historia, adornándola de cuando en cuando con detalles que recuerda de repente y, finalmente, lo lleva a "Crónicas marcianas", donde, en todo caso, el director Javier Sardá hará burla de sus tonterías y las tratará de confrontar con la más elemental razón, pero sin llegar a profundizar en los abismos del absurdo que usted realmente propone (Sardá es, después de todo, un comunicador muy profesional que maneja magníficamente a los charlatanes de la prensa rosa, pero no tiene gran experiencia lidiando con charlatanes místicos y desenmascarando sus pamplinas).
Y, además, en todos los casos usted recibe los respectivos cheques, nada despreciables.
¿Por qué se podría dudar de usted? Después de todo, está diciendo que asistió a una maravilla sin que lo viera nadie, sin control alguno, con una cinta que nadie comprobó que era virgen, y que obtuvo secretamente resultados que desafían a la inteligencia y que sólo usted sabe interpretar correctamente.
Pocas cosas más confiables puede haber en este mundo, ¿no?
Además, usted lleva barba y se peina con secador de aire, sin contar con que se presenta impecablemente vestido de traje. ¿Alguien sería capaz de dudar de la honestidad, honorabilidad y seriedad de una persona así? ¿Qué importa si nadie lo vio cuando cocinaba su milagrito? ¿Qué tiene que ver el que desafíe todas las leyes de la física? ¿Por qué habría alguien de preguntarse cómo se enteró usted de que allí, precisamente, se escucha la voz de Alejandro Magno tomando preso a Darío o la música de la banda de la cantina de Star Wars? ¿Qué insultante se tendría que ser para preguntarle a usted cómo es que el mecanismo electromagnético de una grabadora se convierte en una especie de médium que no cobra?
En realidad, para creer que hay una "verdadera psicofonía" sería necesario diseñar la experiencia de una forma controlada desde el punto de vista experimental, con participación de técnicos, científicos y magos de escenario que tuvieran total supervisión de cintas, grabadoras y psicofonistas durante todo el tiempo que durara la experiencia.
Aquí vale la pena hacer un alto y preguntar por qué rayos habríamos de meter a un mago de escenario en este enjuague. La respuesta es muy sencilla: los científicos no están muy acostumbrados a que alguien trate de engañarlos. Dicho sin ánimo de ofender, suelen ser gente bienintencionada y bastante ingenua. Un mago, por otro lado, es un profesional del engaño, de la simulación y de la distracción para aparentar milagros, y por tanto es un especialista indispensable cuando se trata de desenmascarar charlatanes.
La idea de un experimento controlado, obviamente, es que ni un farsante muy bien entrenado pueda introducir un engaño, truco o falsedad en el proceso, aunque tuviera un ingenio y una versatilidad que, por lo demás, no suelen ser parte del bagaje intelectual de estos personajes.
Por supuesto, quienes se ocupan de este lucrativo negocio se niegan sistemáticamente a someterse a controles de cualquier tipo. Para ello han inventado un argumento en apariencia impenetrable: la presencia de incrédulos, escépticos, científicos o personas que les parezcan non gratas provoca misteriosas "malas vibraciones" que impiden que se manifiesten las fuerzas sobrenaturales.
En otras palabras: si el milagro no ocurre, la culpa es de los que se atreven a dudar, no del honrado y trabajador charlatán.
En los años ochenta asistí a la actuación de un célebre vidente que afirmaba, al principio de su show, que si alguna de las maravillas que anunciaba no se materializaba se debería a las malas vibraciones de los escépticos descreídos malvados. Durante los siguientes cientoytantos minutos me concentré en echarle toda la mala vibra del mundo, pero sus trucos siguieron funcionando exactamente igual que siempre (trucos, por cierto, que cualquiera puede aprender en un club de magos o escuela de magia de escenario).
Siempre me he preguntado si las maravillas habrían funcionado igual de bien si el psíquico en cuestión hubiera sabido que yo estaba allí en calidad de escéptico y que, posteriormente, revelaría algunos de sus trucos en los medios de difusión.
Pero lo que verdaderamente hace de las psicofonías la mejor puerta de entrada a las maravillas de vivir sin dar golpe es que requieren de una inversión mínima y cero habilidades (como no sea que susurrar ante un micrófono se considere una habilidad). Simplemente necesita una grabadora, una cinta, una desvergüenza monumental y, claro, a Javier Sierra.
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