noviembre 15, 2004

Los secretos de la ouija ja já

Tablero de Ouija
(imagen D.P. de Mijail0711, vía Wikimedia Commons)
El tablero de la ouija sería sólo un juego seudoespiritista más de no ser porque, desde sus inicios (y sin prueba alguna, hay que añadir), se le ha adjudicado no sólo el asombroso poder de comunicarse con supuestos espíritus o fuerzas preternaturales, sino que puede volver locos a quienes participan en una sesión con ella.

(Entra música de miedo como la que ponen los programas de radio ocultista cuando el presentador informa que se le pusieron los pelos de punta y cosas así.)

Este mito convierte a la ouija en un objeto muy atractivo, especialmente para los jóvenes. En la adolescencia todos pensamos que somos inmortales e invulnerables, y nos da (a casi todos) por tentar nuestra suerte de diversas maneras: el exceso de velocidad en auto o motocicleta, el jugueteo a grandes alturas, la visita nocturna a cementerios o la práctica de una sesión de ouija y otras tonterías.

Los que tuvimos suerte y no logramos matarnos pese a nuestras tarugadas juveniles, sobrevivimos para seguir dando lata y, a veces, hasta nos damos cuenta de cuán afortunados fuimos y qué tan burros podíamos ser en aquellos tiempos dorados.

Entonces, la ouija atrae a los jóvenes como los atrae todo lo prohibido. Y esto bien lo saben los charlatanazos que siempre tienen una sección dedicada a la ouija en los sitios Web en los que promueven sus mercaderías, periódicamente la mencionan en sus revistas, y nunca dejan de mencionar el "peligro" de volverse loco, ser poseído por algún espíritu, demonio o diablete o, cuando menos, ser engañados por las inteligencias extraterrestres con las que entramos en contacto telepático (puestos a inventar barbaridades, los "parapsicólogos" no tienen límite).

El único peligro que nunca mencionan es el más evidente: que los jóvenes se traguen el embuste y empiece a admirar acríticamente a algún gurú de una protosecta, además de invertir sus pocos euros en la compra de libros absurdos, revistas engañosas y otros productos del maravilloso mundo del consumismo paranormal.

Veamos de dónde sale la ouija, para empezar.

Breve historia de un juego novedoso


Los vendedores de maravillas fementidas disfrutan mucho hablando de misteriosos orígenes de la ouija en el siglo VI antes de Cristo, ya que cualquier cosa antigua tiene para ellos un gran valor. Pero en realidad el tablero de la ouija fue inventado por Elijah Bond y comercializado por la empresa de Charles Kennard en la década de 1890, cuando la locura espiritista estaba en todo su apogeo.

A Bond se le ocurrió que ésta era una forma divertida de "comunicarse con los espíritus" bastante menos complicada que los sistemas de "escritura automática" en boga por entonces y con los que lo más que se podía colegir era que los espíritus tenían una caligrafía lamentable. Otro caso era que los "médiums" más avezados podían hacer que se inclinaran o levantaran mesas, hazaña mucho más impresionante que deslizar una planchita. Por alguna causa, era más fácil lo de la planchita.

La antigüedad "egipcia" que se le adjudica al jueguito proviene de que, según Kennard, "ouija" significa "buena suerte" en egipcio antiguo. ¿Cómo lo supo? Le preguntó a la ouija. ¿Es cierto? En lo más mínimo. "Ouija" no quiere decir "buena suerte" en ningún idioma.

Como fuere, Kennard obtuvo una patente del inventajo el 10 de febrero de 1891 (cuando llevaba ya un año vendiéndolo), pero el negocio iba mal y le faltaba plata, de modo que perdió la empresa y la patente, que acabaron en manos de su exempleado William Fuld. La Kennard Novelty Company se convirtió en la Ouija Novelty Company y Fuld se ocupó de darle más emoción al negocio inventando que el nombre del tablero era más bien oui-ja y significaba "sí-sí", pues oui es "sí" en francés y ja es "sí" en alemán, explicación que al parecer se sacó de la manga para darle un toque "europeo" a la fabulilla. La familia de Fuld explotó el negocio, hasta que los herederos, ya en la segunda mitad del siglo XX, vendieron la patente del tablero a Parker Brothers, la mayor productora de juegos de mesa del mundo (y dueña de la patente del Monopoly).

El tablero de la ouija es esencialmente un rectángulo de madera o cartón en el que están dispuestas las letras del alfabeto en dos arcos, los números del 1 al 0, las palabras "Sí" y "No" en las esquinas superiores y las palabras "Hola" y "Adiós" en las esquinas inferiores. Sobre el tablero se usa una planchita (o planchette en francés) con tres patitas cubiertas de fieltro que se desliza más o menos fácilmente sobre el tablero. Los participantes en el juego ponen los dedos sobre la planchita (muy suavemente, se indica siempre), hacen una pregunta y la planchita se mueve deletreando la respuesta.

Quienes no quieren comprar la versión comercial hacen una serie de tarjetitas con letras y números, las ponen en una mesa y en lugar de planchita usan un vaso para deletrear. A eso, los entendidos (desvergonzados) le llaman "vasografía".

El asombroso comportamiento de la ouija


Originalmente diseñada para dos personas, se puede "jugar a la ouija" con varias personas más, tantas como dedos puedan ponerse sobre la planchita. Las instrucciones hacen hincapié en que los dedos apenas deben rozar la tal planchita, sin ejercer presión que pueda impedir su libre movimiento. Alguien hace una pregunta y la planchita deletrea la respuesta, o da los números, o dice "Sí" o "No".

Lo que se nos vende como "gran misterio" es que parece que la planchita se mueve sola, lo que los buhoneros del cuento venden genéricamente como "la mueven los espíritus", aunque para eso hay, como veremos, explicación suficiente. Los verdaderos grandes misterios de la ouija son los siguientes:


  • los espíritus siempre hablan en un idioma que entienden los participantes, jamás aparece un espíritu que no sea políglota
  • los espíritus parecen estar muy dispuestos a responder a preguntas más o menos esotericonas, pero cuando se les pregunta, por ejemplo, un desarrollo matricial matemático que permita describir el comportamiento de un universo de 11 dimensiones o se les piden datos históricos sobre los celtas o los etruscos, son sumamente poco afectos a responder


  • los tales espíritus nunca demuestran tener un conocimiento superior al de los participantes; si ninguno de los participantes sabe, por ejemplo, el nombre del primer tlatoani (o emperador) azteca (Acamapichtli), los espíritus tampoco lo saben (esto suelen negarlo los sitios ocultistas, y hablan de que "muchas veces" la ouija da información que no conocen los participantes, pero nunca dan un ejemplo de tan asombrosa información)


  • si los participantes en el juego no pueden ver las letras y números, el movimiento de la planchita pasará a ser aleatorio, y no deletreará nada inteligible en ningún idioma.

  • Estos misterios son lo bastante llamativos como para darnos una pista indicando que lo más probable es que los que responden las supuestas preguntas y mueven la tablita o indicador son, precisamente, los participantes en el jueguito.

    Y eso es lo que dicen quienes se han ocupado de estudiar este "misterio".

    El tremebundo "efecto ideomotor"


    Nos gusta pensar que controlamos perfectamente los movimientos de nuestro cuerpo, al menos los de nuestros músculos estriados (excepto el corazón, claro).

    Pero no es cierto.

    Nuestros músculos están sujetos a varias influencias al mismo tiempo, una de las cuales es nuestro control consciente. El cansancio, la gravedad y muchos otros elementos pueden hacer que, por ejemplo, nuestra puntería sea lamentable.

    Fue en 1852, cuando William B. Carpenter, estudiando precisamente el zahorismo (práctica de buscar agua con uno o dos palitos), propuso que los movimientos musculares se podían iniciar por efectos de la sugestión, más allá de la voluntad consciente.

    Hay un experimentillo que sirve muy bien para comprobar esta hipótesis de Carpenter.

    Fabríquese un péndulo. No hace falta ir a una tienda esotérica a adquirir un péndulo de cuarzo con cadena de plata mistificada con el aura de la gnosis tántrico-egipcia, sino que basta con cualquier peso atado a un hilo de unos 15 cm. de largo. (Es cierto, sin embargo, que un péndulo de aspecto "profesional" y "misticón" puede ser más efectivo para personas más proclives a la sugestión.)

    Lleve el péndulo a una persona y dígale, con toda la certeza que pueda fingir, que dicho péndulo es un detector de mentiras eficacísimo. Explique que debe sostener el péndulo con el índice y el pulgar, el brazo más o menos extendido, y deje muy claro que cuando la persona diga la verdad, el péndulo se moverá en línea recta, pero cuando diga una mentira, el péndulo se moverá describiendo un círculo. A continuación, hágale algunas preguntas a la persona pidiéndole que mienta en algunas respuestas y vea cómo su sujeto se asombra al descubrir que, sin que él o ella esté conscientemente moviendo el péndulo, cuando dice la verdad el péndulo se mueve recto y cuando miente se mueve en círculo.

    Luego vaya con otra persona (alguien que no haya visto el primer experimento, obviamente), y dígale exactamente lo mismo, con el siguiente cambio: que cuando la persona diga la verdad, el péndulo se moverá en círculo y, cuando mienta, se moverá en línea recta. Su sujeto se sorprenderá igual que el anterior, porque cuando responda la verdad el péndulo describirá un círculo y cuando mienta se moverá en línea recta.

    En la mayoría de los casos, lo que usted diga influirá en los resultados, en el movimiento del péndulo. Inténtelo con varios sujetos.

    ¿Qué pasa? Evidentemente el péndulo no tiene la más remota idea de cuándo una persona dice la verdad o miente, faltaba más. Pero al darle las instrucciones a su sujeto experimental, usted condiciona el movimiento involuntario de los músculos de la persona, de modo que ella hará, sin estar consciente de ello, que el péndulo se mueva según lo que usted haya dicho. Está usted viendo en vivo y a todo color el "efecto ideomotor".

    Si junta usted a dos o tres personas y les dice que la planchita se moverá, la planchita se moverá en la mayoría de los casos. Si les dice que deletreará palabras, todos buscarán palabras (la planchita "se detiene" primero en la "N" y luego sigue moviéndose, y todos colaborarán para llevarla a una vocal, sin permitir que se detenga en la "R" y luego en la "Y", deletreando algo sin sentido; si la vocal es la "A", todos irán dejando que la planchita se mueva hasta llegar a una letra que sea lógicamente la siguiente (desde la "D" de "nada" hasta la "U" de Nauru, si viene al caso).

    Esto ocurre, claro, cuando quienes juegan lo hacen con honestidad. En otros casos, es evidente que el director del juego mueve la planchita con todo descaro para impresionar a su público.

    El efecto ideomotor, de hecho, es un elemento de gran importancia en la explicación de muchos fenómenos supuestamente paranormales, incluidos, según los estudios de Ray Hyman, la "comunicación facilitada", la "kinesiología aplicada", la "sugestión hipnótica", y algunos aparatos de la seudomedicina como el "detector de radiación Toftness" que usan los curanderos de la quiropráctica o la "caja negra" de la radiestesia y la radiónica (formas recientes de charlatanería médica).

    La interpretación de la sesión


    Obviamente, en un ambiente tenso, de "misterio" como el que suele rodear a las sesiones de ouija, especialmente entre jóvenes buscando misterios, cualquier respuesta, por absurda que pudiera sonar en otro contexto, puede ser reinterpretada para dar la impresión de profundidad o esoterismo. Siempre habrá alguien dispuesto a "explicar" lo que "quiso decir" el "espíritu" (o extraterrestre o ángel o telépata o demonio o cantautor o lo que fuere).

    Y es que, precisamente, la diversidad de supuestas "fuentes" de las respuestas de la ouija permite que se "explique" prácticamente cualquier respuesta: si es certera o es un engaño, o es esquiva, o es malévola. En cualquier caso, un "parapsicólogo" puede "explicar" cualquier respuesta inventándose una "entidad" que sea supuestamente responsable de la comunicación.

    Sin embargo, el hecho real es que Parkers Brothers ha fabricado y vendido más de ¡dos millones de tableros ouija!, sin contar los muchísimos tableros más que se han producido y vendido y usado sin respetar la extraña patente de que disfruta esta megaempresa.

    Si consideramos que cada tablero ha sido usado en promedio sólo dos o tres veces para hacer una "sesión", hay al menos cinco millones de sesiones de ouija sin que se haya obtenido información fuera de la experiencia de los participantes y sin que se haya demostrado en modo alguno el origen preternatural, externo, telepático, telequinésico o peripatético de las respuestas. En la realidad, en ninguna sesión ouija ha ocurrido nada excepcional como no sean los efectos de sugestión que puede tener sobre algunas personas.

    No hay ningún dato que nos haga creer que las respuestas que ofrece la ouija provenga de otro lado que no sean los propios participantes, incluso las respuestas más ofensivas, desagradables y emocionalmente cargadas, estarían reflejando las emociones y, sobre todo, los miedos de quienes están inmersos en el juego.

    Los peligros de la ouija


    Todo "parapsicólogo" que se respete advertirá de los peligros de la ouija para hacerla más atractiva a sus clientes (o fieles o creyentes o candidatos a trasquilaje o potenciales adoradores). Hablará del peligro de "posesiones" o de cosas aún más atroces, y observará adustamente que en algunos casos la gente "se ha vuelto loca" al usar la ouija.

    Hay en realidad dos casos que se citan con frecuencia. En 1971, Susy Smith, en su libro Confessions of a Psychic (Confesiones de una psíquica, el solo título ya nos da una idea de su posición objetiva y equilibrada sobre el tema) afirma que el uso de la ouija le provocó perturbaciones mentales. La pregunta, claro, es si dichas perturbaciones no estaban ya presentes en doña Susy al grado de que se creyera "psíquica" y usara una ouija con un tremendo temor debido a sus creencias en lo preternatural. Por su parte, en el libro Thirty Years Among the Dead (Treinta años entre los muertos, de 1924, otro título revelador), el doctor Carl Wickland afirma que el uso de la ouija "dio como resultado una locura tan brutal que el internamiento en asilos se hacía necesario".

    Ciertamente son declaraciones potentes, pero no se puede dejar de pensar que los casos de "locura" o "posesión" son tan pocos en relación con los millones de ouijas y las millones de sesiones realizadas con ellas que es difícil establecer una relación causal entre el uso del juguete y la locura. Probablemente cualquier persona impresionable y proclive a la sugestión, algo creyente y no muy estable mentalmente, pueda expresar más fácilmente su perturbación mental en un entorno tenso relacionado con el ocultismo, lo cual nos dice más acerca de estas personas que de las prácticas ocultistas en particular.

    Los peligros de la ouija son los peligros que tiene todo el ocultismo sobre la gente poco equilibrada, sugestionable y deseosa de encontrar respuestas en un mundo confuso. Es un peligro real pero que nada tiene que ver con los poderes o energías de un trozo de madera con letras impresas en él.

    Quizá lo más revelador de las verdaderas posibilidades que tiene la ouija de ofrecer datos reales e importantes para sus usuarios (y sus posibles riesgos) sea un experimento que hace todos los años Larry Barrieau, profesor de ciencias de la tierra para alumnos de séptimo grado (primero de secundaria) en una escuela estadounidense.

    Después de comentar temas paranormales con sus alumnos y averiguar quiénes han tenido "tremendas" experiencias con la ouija, hace que traigan un tablero ouija "que sí funcione" y selecciona a los dos más entusiastas creyentes para el experimento.

    Los dos alumnos se sientan uno frente a otro. Otros dos estudiantes sostienen una tabla bajo las barbillas de los participantes para que éstos no puedan ver sus propios regazos. El profesor coloca la ouija en los regazos de los chicos de modo que no sepan la orientación del tablero, se pone la planchita y se colocan los dedos de los dos experimentadores sobre ella. Otro alumno anota dónde se detiene la planchita cada vez que los dos participantes indiquen que se ha detenido.

    El profesor hace una única pregunta como: "¿Dónde nació la abuela materna del profesor Barrieau?", y la respuesta correcta, guardada en un sobre, se mantiene en el bolsillo del profesor.

    Luego el profesor apuesta en serio: le ofrece a todo el grupo que si la respuesta es correcta, les dará a todos un 10 (o un sobresaliente, o una A) para todo el año y no tendrán que volver a la clase, con lo cual consigue la absoluta atención de todos los alumnos.

    Uno de los dos participantes recibe la pregunta y se la hace a la ouija. Cuando ambos participantes están de acuerdo en que se ha dado la respuesta, el profesor Barrieau le da el sobre con la respuesta al alumno encargado de anotar las letras. La respuesta se anota en el pizarrón (o encerado) y, debajo de ella, se escribe la respuesta dada por la ouija.

    Evidentemente, nunca, ningún grupo del profesor Barrieau ha obtenido un 10 general.

    Supongo que un parapsicólogo dirá que a las escuelas sólo van los espíritus muy tontos.

    Supongo que es evidente que si los alumnos hubieran apostado, por su parte, a ser reprobados (o suspendidos) si la respuesta era incorrecta, habrían corrido un gran peligro con la ouija.

    Supongo que cada quién llegará a sus propias conclusiones.

    noviembre 12, 2004

    El fantástico mundo del circo de las caras de Bélmez

    Una casa, dos casas, quince casas... ¡todas las casas!

    La democracia y el sentido de la equidad, la justicia y el recto reparto de las utilidades por turismo están produciendo caras en Bélmez a tutiplén.

    Según han informado los participantes de la la lista de correo "charlatanes", desde que "el" SEIP anunció el traslado del misterio de las caras de Bélmez a un inmueble económicamente más accesible para el ayuntamiento, es decir, en un mes, más o menos, ya van como 15 vecinos que han ido descubriendo asombrados que en sus casas también aparecen "caras" en el piso y la pared, según informa, ya con un ligerísimo toque de escepticismo, Ideal Digital.

    Ahora, el "escéptico" es, claro, Pedro Amorós Sogorb, que empieza a suponer que quizá ésas, que él no controla, no son verdaderas caras paranormalísimas, sino que la gente ve caras donde no las hay interpretando dos manchitas como ojos y cosas así. A esto, el superexpertazo le llama "causas geltásicas".

    La "geltasia", como la "teleplastia", es un invento de Amorós producto de su ignorancia sobre la teoría de la "Gestalt" como corriente psicológica que no tiene nada que ver con esto (se refiere a la percepción del todo a partir de sus partes, por ejemplo, de la percepción que nos da un libro en general cuando lo hemos leído, como resultado de los personajes, la historia, los hechos narrados, etc.) pero ¿verdad que suena como si supiera de lo que está hablando?

    Los miembros de la mencionada lista de correos, de donde surgió la iniciativa del comunicado a los medios que seguimos invitando a todos a que firmen, han empezado igualmente a descubrir "teleplastias" en pañales, detrás de la freidora y en multitud de sitios. Esto se enlaza sin duda alguna con el fantástico descubrimiento de Los gatos de Bélmez y la fantástica ¡teleplastia de Lenin!, no se los pierda.

    ¿Qué harán Pedro Amorós y su club de admiradores rendidos ahora, cuando parece que perderá el control del "fenómeno" que le da acceso a los medios y oportunidades de sentirse más importante?

    El problema principal es el siguiente, y se lo dejamos a usted y a Amorós para que lo resuelvan: ¿Cómo se sabe que unas manchas que parecen una cara son "genuinas teleplastias" y cómo se sabe que otras manchas que parecen una cara son pareidolias (no "geltasias", por Taranis) o, simplemente, manchas aleatorias?

    ¿Cuál es el criterio de verdad que utilizarán los autoproclamados "parapsicólogos" para separar el supuesto grano de la paja?

    Porque ése ha sido el problema desde el principio, desde que aparecieron las primeras caras en Bélmez en 1971: los vendedores de milagros decretaron que el origen de las caras era "paranormal", pero nunca se dignaron explicarnos a nosotros, simples mortales, cómo saben que son paranormales y, muchísimo menos, se han ocupado de probar que son paranormales.

    Ahora, enfrentados a las consecuencias de su propio desaseo e implicación en asuntos de compras de casas por parte de un ayuntamiento con la brújula perdida, venta de souvenirs y atracción de "miles" (aseguran) de turistas a Bélmez de la Moraleda, quizá, sólo quizá, los autodesignados "investigadores" se deban enfrentar a la exigencia que se les ha hecho durante tantos años.

    Del lado de las apuestas, yo apuesto a que no enfrentarán ese tremendo desafío intelectual y pasarán a la desacreditación (amable, cortés, siempre estudiadamente educada y cameladora, basada en que son "expertos" e "investigadores" y por tanto hay que creerles sin dudar) de las casas que no sean "casas de caras duras oficiales de 'el' SEIP".

    Pero si la cosa los sobrepasa, procederán a declarar que el fenómeno se ha extendido como los hongos después de la lluvia debido a una confluencia de energías psíquicas que tiene su epicentro en Bélmez, el pueblo más misterioso desde los etruscos.

    Lo que no harán será investigar con seriedad el fenómeno.

    Falta ver cómo se tomarán esto los medios el día de mañana. Entretanto, si quiere mantenerse al día, no deje de visitar la lista "Charlatanes" y no deje de firmar el comunicado que el día 20 se hará llegar a todos los medios españoles e internacionales acreditados en España.

    noviembre 09, 2004

    Hágase oir ante el embate de lo irracional

    Muchas personas se han sentido muy molestas porque los medios de comunicación españoles han tratado como verdad incuestionable las afirmaciones de "el" SEIP y de su capo Pedro Amorós respecto de la nueva casa de las caras de Bélmez, y la información se ha difundido de manera acrítica, amarillista y desaseada.

    Algunos sentimos que más que ver las caras de Bélmez, los medios nos han visto la cara a todos en complicidad con los promotores del paranormalismo y la antirrazón.

    Algunas personas hemos protestado individualmente ante los medios. En la gran mayoría de los casos, los medios se han limitado a fingir demencia y a ignorarnos olímpicamente.

    Por lo mismo, la gente que participa en la lista de correos El retorno de los charlatanes: el grupo ha propuesto exigir colectivamente a los medios que ofrezcan una información equilibrada sobre esto, con todas las posiciones existentes sobre el fenómeno, de una manera ética y honesta.

    Se está creando un dossier informativo sobre la historia y desarrollo del cuento de Bélmez, con escritos de diversos críticos de la explicación "paranormal" de las caras, viejas y nuevas. Dicho dossier se publicará oportunamente en distintos lugares, incluido este blog y otros varios.

    El dossier se enviará también a los medios informativos acompañado de un comunicado para el cual se están recogiendo firmas que expresan la inquietud que algunos tenemos por la promoción del ocultismo en la que se han implicado los medios informativos.

    Si usted comparte esta indignación ante la forma en que los medios han dado publicidad gratuita a quienes promueven la superstición "paranormal", lo invito a que visite el comunicado "Por el derecho a una información crítica en temas científicos" y, si está de acuerdo con su contenido, lo firme electrónicamente e invite a otras personas a conocerlo y firmarlo, si lo desean.

    Que quede claro que no se propone censurar el derecho de los paranormalólogos a difundir sus delirios descabellados y sus opiniones quiméricas (lo hemos dicho y lo repetimos: los censores son los gurús de las protosectas ocultistas, como Pedro Amorós e Íker Jiménez, que le temen más que a nada al debate abierto de sus extravagantes proposiciones), sino se exige que junto con tales ocurrencias se le ofrezca también al público una visión que las equilibre y contextualice, así como que se tenga un aseo informativo que no convierta en "científicos" a periodistas y agentes de seguros dedicados al autobombo mentiroso.

    Quejarse en silencio es hacerle el juego a los negocios de estos majaderos y a su captación de adeptos.

    noviembre 08, 2004

    ¿Y usted cómo sabe que los magos hacen trucos?

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    El mago pone a su guapa asistente en una plancha debajo de una sierra eléctrica circular de más de un metro de diámetro que gira furiosamente. Quizá corta algún trozo de madera para constatar el poder destructivo del gigantesco dispositivo.

    La sierra eléctrica baja de manera dramática hacia el vientre de la guapa asistente hasta que la toca.

    La mujer trata de escapar pero está sujeta con cadenas.

    La sierra entra con una sacudida en el cuerpo, cortando el vientre. Es posible que se vea sangre. La guapa asistente parece morir, sus músculos se relajan, la cabeza cae hacia un lado y los espectadores miran cómo la sierra termina su corte y se ve sobresaliendo por la espalda de la asistente, convertida ahora en dos medias asistentes más o menos guapas, una del ombligo para arriba y la otra del ombligo para abajo.

    El público que asiste a un suceso así, sin embargo, no grita con horror, no se siente espectador de un asesinato vil, no sale corriendo a buscar a la policía, no salta como una chusma desbocada a linchar al sonriente mago. Simplemente espera.

    Lentamente, la gigantesca sierra se levanta. El mago mueve las manos estudiadamente, probablemente se arroja algo de humo en el escenario y suena música correspondiente a la emoción. De pronto, la asistente recobra la vida, es liberada, salta grácilmente de su plancha de tortura al escenario, sonriendo ampliamente, como un anuncio de pasta dental. El mago la recibe tomándola delicadamente de la mano. El público observa que ni siquiera el ajustado traje de lentejuelas de la proverbialmente guapa asistente muestra siquiera una desgarradura. Los asistentes aplauden, el mago y la, sí, guapa asistente, se inclinan agradecidos, cambia la música y viene el acto siguiente.

    A ver, si yo veo de noche en un rincón oscuro a cualquier ciudadano serruchando a una mujer, guapa o no, trataré de impedirlo si el tamaño me ayuda, o llamaré a la policía, o gritaré pidiendo auxilio y alertando a los vecinos... no me quedaré ahí esperando a ver qué más pasa.

    Pero el público, en este caso, se queda tan tranquilo.

    Evidentemente, el astuto público sabe que está ante un truco de magia de escenario, un acto de ilusionismo.

    ¿Cómo lo sabe?

    Vaya, la pregunta es tan tonta que responderla es difícil.

    En serio, ¿cómo sabe usted que no ha asistido a un hecho asombroso de verdadera magia o brujería en el cual una persona ha sido cortada por la mitad y reconstruida debido a las energías del prana o el chi, la percepción extrasensorial, la hipnosis, la influencia de los espíritus o cualquier secreto milenario de los antiguos egipcios?

    Piénselo.

    Si viéramos este acto de ilusionismo con la estrechez de miras, la obtusa mente y la incapacidad racional de los charlatanes y su séquito, se nos podrían presentar argumentos sensacionales que resultaran en diálogos reveladores:

    Gran Tragaembustes (GT): "No hay una explicación científica para lo que hemos visto: cortar a una mujer y pegarla de nuevo es un portento. Debe ser un fenómeno paranormal que debemos estudiar con un zahorí, una cacerola desvencijada, una cámara de fotos y un balde bien abastecido de agua con su correspondiente fregona (o trapeador)."

    Incrédulo remiso (IR): "Hombre, es un truco".

    GT: "Y ¿cómo lo sabes?"

    IR: "Pues porque es imposible rebanar a una muchacha sin que haya cortes de nervios, destrozo surtido e intenso de multitud de órganos internos, cortes en la piel y la consecuente muerte. Sin contar con que el vestidito de tul con lentejuelas habría quedado como la fregona o trapeador que pides. Pegarla de nuevo es imposible, ni un equipo de los mejores cirujanos podría hacerlo. Nunca se ha hecho, habría sido un notición."

    GT: "¿Quieres decir que lo sabes todo, altanero cientificoide?"

    IR: "Ni todo ni mucho, apenas un poco. Pero esto es un truco."

    GT: "O sea, estás fanáticamente cerrado a considerar lo que has visto con tus propios ojos como una verdad que puede tener importantes consecuencias parapsicológicas."

    IR: "Pues ya puesto así, sí. Una cosa es tener la mente abierta y otra dejar que le entre cualquier trozo de basura. No es necesario precisamente un cociente intelectual de 140 para saber que esto es un truco. Un niño te lo podría decir."

    GT: "A ver, demuéstrame que es un truco o un fraude. Dime cómo se hizo."

    IR: "No tengo puta idea de cómo se hizo, pero no necesito conocer el truco para saber que es un truco, eso no tiene nada que ver."

    GT: "O sea que no puedes demostrar cómo se hace."

    IR: "Así, tomando una cerveza después del show, pues no. Necesitaría que el mago me permitiera conocer el truco que él usa, estudiarlo, analizarlo o hacerlo confesar. Y como él vive honradamente de sus trucos y los llama trucos de ilusionismo, pues difícilmente me los va a revelar o a permitir que los revele. Y como hay muchas formas de hacer un efecto mágico, incluso un mago puede no saber cuál de las formas se usó en este caso particular."

    GT: "Pues yo, como hymbestygador parapsicológico afirmo que se trata de un fenómeno misterioso, paranormal y lo suficientemente interesante como para escribirme un libro sobre el tema y hacer una asociación de hymbestygadores (en la que por supuesto aceptaremos a todos los hymbestygadores que piensen lo mismo que yo) para ocuparnos del tema y conseguirnos un programa en la radio. La primera frase de mi libro será: 'no se ha podido encontrar una explicación científica al fenómeno'. Venderé carretadas de libros."

    IR: "Pero si es un truco, cualquier persona normal puede verlo."

    GT: "Cerrado, dogmático. Nunca te dejaré hablar con mi Zoociedad Nazi-o-nal de Hymbestygasyón Paranadológica. Y ya sabrás de mí y de mis abogados, infeliz."


    El hecho real es que en muchas ocasiones resulta muy difícil saber cómo hacen sus trucos los magos, especialmente si son buenos. De eso depende su éxito ante el público. Pero todos los que estamos en el público sabemos que es un truco.

    La diferencia entre los trucos mágicos y muchos fenómenos paranormales es que el mago abiertamente dice que presenta "efectos" o "ilusiones", que utiliza elementos bien conocidos como la distracción, la habilidad con los dedos (prestidigitación), aparatos, ilusiones visuales, espejos y toda una variedad de herramientas de su oficio que le permiten ser un actor que en el escenario interpreta el papel de mago.

    Por su parte, los fenómenos paranormales se presentan como hechos reales aunque parezcan precisamente trucos.

    Cuando los magos se interesan por el nivel de superchería de los buhoneros del ocultismo, suelen hacer demostraciones asombrosas. He hablado aquí de "El Místico Abadaba", que hace unas cirugías psíquicas que son un primor. Se ha mandado hacer un dedo pulgar falso como el que usaba Tony Agpaoa, del que extrae disimuladamente sangre y tripitas de pollo que parecen surgir del vientre del "paciente" con una verosimilitud asombrosa. Cuando un curanderoide brasileño de nombre "Arigo" impresionaba a los ignorantes metiéndose un cuchillo entre el párpado superior y el globo ocular, James Randi aprendió a hacerlo, demostrando que ni es difícil, ni duele, ni tiene de paranormal más de lo que tiene la televisión o los acordes en Do mayor. Pero se ve impresionante.

    Como los magos viven del secreto de sus ilusiones, no son muy dados a contar cómo las hacen. De hecho hay toda una ética al respecto.

    Alguna vez, absolutamente confuso por un truco y aprovechando que estaba mostrándole México a Randi, le pregunté cómo se hacía. El viejo mago me preguntó "¿Te interesa simplemente saberlo o piensas practicar el truco?" Le dije que era pura y vil curiosidad y me informó que me iba yo a quedar con las ganas de saber. Tiempo después, ante otro truco "urigelleresco", le dije que yo quería hacer eso, y con gusto me lo enseñó. Es un efecto impresionante mediante el cual el espectador puede ver con sus propios dos ojitos suyos de su propiedad cómo uno de los dientes de un tenedor se va doblando solito de manera absolutamente inverosímil.

    Si los magos, que finalmente son gente del espectáculo, mantienen en secreto sus trucos, es de suponerse que quienes pretenden engañar a la gente presentando un truco como "fenómeno paranormal" son incluso más celosos de sus secretos. Eso dificulta que se pueda responder rápida y precisamente a la exigencia de los creyentes, crédulos o comerciantes: "A ver, dime cuál es el truco."

    A veces, descubrir el truco cuesta trabajo y riesgos. Los primeros estudiosos de los tales "cirujanos psíquicos" filipinos estuvieron en peligro real cuando se hicieron de trozos orgánicos que, diciendo que eran "tumores", el charlatán "extraía del cuerpo del paciente". Claro que no le hicieron gracia a los charlatanes, los trozos resultaron ser menudencias y sangre de pollo y cerdo, nada de tumores ni zarandajas similares.

    A veces, descubrir los trucos demanda de grandes conocimientos y valentía como los de exhibió Harry Houdini en numerosas sesiones "espiritistas" en las que su habilidad como mago le permitía ver de manera clara cómo se provocaban las "maravillas" que convencían a sus coetáneos de que los "médiums" tenían línea directa con el más allá. Pero no faltó el que quisiera ponerle las manos encima al mago cuando los dejaba con el culo al aire, aunque la excelente condición físicoatlética de Houdini siempre impidió que las cosas llegaran a mayores.

    A veces, descubrir el truco no sirve de mucho, por las explicaciones verdaderamente fantásticas de los farsantes, como Uri Geller, que repite como guacamaya que si bien muchos magos pueden hacer trucos con los que obtienen los mismos resultados que Geller, los efectos que él, Uri, obtiene, son sin truco. Es decir, ante dos efectos idénticos, y sabiendo que uno es una ilusión, se nos pide que creamos que el otro es producto de poderes rarísimos y sobrenaturales.

    A veces no se puede descubrir el truco porque los charlatanes no se dejan, simplemente, aduciendo todo tipo de argucias y distracciones.

    En tales casos, es necesario echar mano del sentido común (el menos común de los sentidos) y de la lógica más elemental para determinar si algo tiene o no visos de ser anormal, ya no digamos paranormal. Cuestionarse su verosimilitud, buscar casos parecidos, razonar desapasionadamente.

    No hacer eso conlleva el riesgo de que usted, al no saber cómo hace sus trucos un mago, decida que lo que hace el mago no es un truco.

    Piénselo detenidamente: a lo largo de su vida ha visto muchísimas maravillas a cargo de los ilusionistas profesionales; se adivinan cartas, los objetos cambian de lugar misteriosamente, aparecen objetos e incluso animales de la nada, otros objetos o personas desaparecen, se destruyen y reconstruyen distintos materiales (cuerdas, periódicos, personas completas), parecen violarse las leyes de la naturaleza... y sin embargo usted sabe que eso es imposible, que es un truco, y siempre se hace la pregunta: "¿cómo lo hace?", y aunque no tenga respuesta, no se inquieta pensando en que sea una real violación del orden del universo.

    Por tanto, si alguien llega con otra aparente violación de las leyes naturales, del orden universal, y dice que no es un truco... ¿por qué vamos a creerle más a sus afirmaciones que a todo lo que sabemos sobre el mundo y su funcionamiento?

    Dicho de otro modo, si parece un truco, lo más probable es que sea un truco: caras que aparecen en el piso, aparatos supuestamente extraterrestres, comunicación con los muertos, profecías de las que siempre nos enteramos después de los acontecimientos... si alguien, contra toda lógica, dice que el fenómeno no es un truco, que realmente se han violado las leyes naturales y se ha roto en pedazos el orden del universo, más vale que tenga pruebas, pruebas sólidas. Pruebas al menos tan asombrosas como extravagante es su afirmación.

    Porque los magos funcionan de buena fe, pero los charlatanes no. Así que, cuando le presenten alguna nueva maravilla, recuerde que usted sabe que lo que hacen los magos son trucos. Y generalmente mejores que las barbajanadas que nos venden los parapsicólogos y demás fauna desvergonzada.

    noviembre 04, 2004

    El sentido de lo maravilloso
    (gato por liebre en dosis industriales)

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    Bueno, pero... ¿qué tiene de malo que haya quien crea en la astrología, en la telepatía, en las caras de Bélmez, en los platillos voladores y en todas las demás afirmaciones paranormales, seudocientíficas, esotéricas, ocultistas, parapsicológicas y charlatanescas en general?

    Y, claro, ¿qué tiene de malo que los gurús de los creyentes se presenten en los medios como el absolutamente bufonesco tipo que estuvo hace un par de días en la televisión española, en el programa "La Noche", hablando de cuando vio un demonio en Haití?

    Vamos a dejar de lado por lo pronto lo obvio, que la principal ocupación de todo gurú es la depredación, en ocasiones sólo buscando aplausos, en ocasiones buscando sexo, pero generalmente buscando dinero: cobro de consultas, de cartas astrológicas, de pociones supuestamente medicinales, de programas de radio y televisión, de venta de revistas y libros (sobre todo libros, no hay ningún supuesto parapsicólogo, ningún charlatanazo, que no tenga al menos un libro publicado con sus fantasías), de venta de inscripciones en asociaciones de nombres rimbombantes, de venta de discos compactos de todo tipo, de venta de aparatos estrafalarios, etc.

    La primera reacción, obviamente, es decir que cada quién es libre de creer en lo que quiera y que nadie tendría por qué meterse en sus creencias. Y eso es cierto, pero no en el sentido que interesadamente se le quiere dar. La pregunta es si la gente quiere libremente creer en algo o si bien se le ha dirigido hacia la creencia negándole su derecho a conocer libremente sus opciones.

    Telepatía y unipartidismo


    Supongamos que alguien lee o ve en la televisión una serie de argumentos que lo llevan a "creer en la telepatía". Digamos, por ejemplo, que se dice: "¿No te ha pasado que estás pensando en alguien y de repente suena el teléfono y es esa persona? Pues ahí está, en ese momento han conectado telepáticamente."

    Hum, el hecho es real, la explicación ofrecida es una supuesta conexión de dos cerebros. Se puede creer en tal conexión.

    ¿Puede creer "libremente" esa persona en la "telepatía" si no escucha en la televisión, en el mismo programa, en condiciones semejantes, argumento alguno en contrario? ¿Y puede hacerlo si, como parte de sus argumentos, el vendedor de la "telepatía" tiene minutos de aire o antena para vomitar algunas falsedades sobre la ciencia "dogmática, cerrada, elitista, fascista" que no acepta verdades tan sencillas como la que según él acaba de demostrar?

    ¿Qué tanta libertad tiene realmente quien decide en ese momento creer en la telepatía?

    Para ejercer la libertad de elección se debe tener libre información sobre las opciones a elegir. Cuando sólo se pone a disposición de la gente una opción, y las otras en todo caso sólo se mencionan para denigrarlas, lo que hay es dictadura.


    Es la dictadura que en los medios tienen los charlatanes. Y es la dictadura que les molesta que se desafíe desde los espacios del pensamiento crítico.

    La víctima de la hipotética emisión televisual de referencia, nunca ha estado expuesta (y no lo estará en el actual esquema mediático) a un argumento en contrario que podría decir: "Calcula a cuántas personas conoces bien y verás que no son muchos, cien, quizá. Luego calcula cuántas veces piensas en una u otra persona a lo largo del día, todos los días de tu vida. Y ten en cuenta más o menos cuántas personas te llaman por teléfono al día. Pensando en esos términos, ¿es muy improbable que una o dos veces se dé la coincidencia de que pienses en uno poco antes de que te llame? Evidentemente, como el suceso es notable, nos acordamos de él y no nos acordamos de los miles y miles de veces en que pensamos en alguien y no nos llama, o que nos llama alguien en quien no estamos pensando. Por tanto, quizá lo que ocurra sea una coincidencia y no es un suceso tal que amerite creer en un poder mental misteriosísimo que nadie ha podido demostrar".

    El charlatán no tiene oposición, predica sin que nadie lo ponga en duda, se le da, por ende, valor de verdad indiscutible a lo que dice en los medios.

    Si esto no ocurriera en el terreno del conocimiento científico, sino en el de la política, lo más curioso es que los mismos medios de comunicación pondrían el grito en el cielo.

    Suponga usted que en todos los medios (prensa, radio y televisión) sólo se permite la publicidad del Partido A, que sólo los miembros y candidatos del Partido A pudieran aparecer en ellos, ser entrevistados en ellos y hablar en ellos, y que el Partido B, la oposición, sólo fuera mencionado para calificarlo de "dogmático, cerrado, elitista y fascista". ¿Qué tanta libertad tendrían los electores? ¿Qué tan válida podría considerar la "libre elección" de los votantes un observador imparcial a la hora de las votaciones?

    Vaya, hasta en el mundo de los temas "del corazón" hay la oportunidad de que hablen quienes se dedican a denostar a un personaje y quienes lo defienden. En el fútbol y otros deportes, no se diga, la pluralidad de opiniones y visiones es enorme. En política, el debate es animado, siempre, en todos los países democráticos. Hay debate libre y opiniones encontradas referentes al cine y a la moda de primavera-verano.

    Pero cuando se trata de paranormalidad, ocultismo, esoterismo, etc., no hay tal pluralidad.

    A cambio, lo único que tiene el público es la tersura de una única opinión consagrada por los medios, que se repite en prensa, radio y televisión sin que se permita a nadie confrontarla, criticarla, defender otras explicaciones o señalar los errores y falacias de las explicaciones oficiales de Más allá, Año cero, Milenio 3, Tercer milenio (no, no son lo mismo, el primero es el programa de radio de Herr Íker Jiménez y el segundo el programa de televisión del estólido Jaime Maussán) y, lo peor, de Antena 3, Telecinco, Televisión Española, Televisa, TV Azteca, Cadena Ser, Onda Cero, la XEW, etc. (perdonarán que sólo hable de mi experiencia, limitada a México y España, seguramente si usted es de otro país encontrará sin problemas a sus equivalentes).

    Lo que hay se llama, claro, dictadura informativa. Y les encanta.

    La primera pregunta, entonces, es si la gente, creyente o no, no tiene derecho alguno a conocer otros puntos de vista y si al negársele ese derecho realmente está creyendo libremente en las afirmaciones que se le ofrecen.

    Es evidente que el público tiene derecho a saber, y ése es el principal motor de una actividad periodística honesta. Si se le niega ese derecho a la gente, es perfectamente natural que se proteste y se exija no la censura de la charlatanería en los medios (la censura la practican los charlatanes en sus grupúsculos de iniciados), sino igualdad de acceso, derecho de réplica y confirmación del derecho de la gente a tener información amplia sobre los distintos puntos de vista que existen sobre un suceso, cualquiera que éste sea.

    Los charlatanes se especializan en la censura, y sin duda alguna están despojando a la gente de un derecho real cosa que ciertamente es grave.

    Pero vamos a la persona que creyó en la telepatía. Víctima del monopolio mediático del charlatanaje sin oposición, es lógico y natural que se acerque a quienes hablan de la telepatía, porque el ser humano es de natural curioso, y más cuando se trata de cosas que pueden mejorar su vida.

    Y nadie vende "solamente" telepatía.

    La megacorporación del embuste u holocharlatanería


    Si existe la telepatía, será una energía, al morir esa energía provoca fantasmas, los fantasmas hacen sicofonías y teleplastias, y mueven la ouija y nos pueden poseer; la energía de los vivos la tienen los chakras, los chakras desalineados causan enfermedades, las enfermedades las curan la medicina ayurvédica, la homeopatía, la naturopatía, la acupuntura, el drenaje linfático, la hipnosis o cualquier conocimiento milenario; los conocimientos milenarios son espirituales, por eso los rechaza la ciencia (cerrada, dogmática, fascista, etc.), lo espiritual milenario permitió que aparecieran las pirámides, que las construyeron los extraterrestres, los extraterrestres nos visitan y hasta nos secuestran...

    Una verdadera historia interminable.

    La holocharlatanería (charlatanería integral) o megacorporación del embuste es incapaz de negar a ninguna de las ramas que la componen. Nunca ha sido descubierto un mentiroso en el interior del templo. Los supuestos psicofonistas acaban buscando ovnis e hipnotizando a distancia. Los supuestos ovnílogos acaban haciendo sectas para adorar a los hermanos mayores y organizando tours a las pirámides. Los promotores de la meditación venden seudomedicinas. Todos son uno.

    A lo largo de los últimos 20 años, más o menos, se ha engarzado una sucesión de eslabones que llevan de cualquier creencia indemostrada a cualquiera otra pasando por numerosas afirmaciones igualmente sin demostrar. Vaya usted a cualquier sitio Web de la credulidad organizada y verá cómo a todos los gurús les interesan todos los aspectos de la charlatanería, y todos tienen algo qué vender en varias áreas. Nada es dudoso, nada es falso, todo es cierto, todo cuesta... y el camino puede seguir fácilmente hasta la pertenencia a sectas como la Raeliana o la "Puerta del cielo" y su suicidio colectivo.

    Pero esos extremos evidentemente son poco frecuentes (la mayoría de los sectarios prefieren mantener vivas a sus ovejas para seguirlas trasquilando, los seguidores muertos no son muy buen negocio).

    Sin embargo, creer en una sola de estas propuestas abre las puertas a la creciente necesidad de creer en muchas de ellas, cuando no en todas (aunque se contradigan entre sí).

    El universo ordenado, explicable y entendible por medio de la razón va quedando desplazado por misterios, fenómenos inexplicables, situaciones terroríficas, "iniciaciones" e "iluminaciones". Cada avance que hace alguna persona en su creencia en los delirios comerciales del ocultismo destierra de su mente algún conocimiento certero y la sume en el oscurantismo y la superstición.

    El conocimiento de que la neurología, la psiquiatría y la etología estudian la conducta y los procesos mentales se ve desplazado por la superstición de que la conducta y los procesos mentales dependen de la telepatía, del aura, de la hipnosis.

    El conocimiento de que el universo es un sitio donde hay estrellas y planetas que podemos conocer y estudiar se ve desalojado por la superstición de que el universo es un lugar donde hay estrellas que influyen hasta en los aspectos más nimios de nuestra vida en formas que sólo pueden desentrañar los astrólogos y que está lleno de seres que vienen a enseñarnos o a secuestrarnos.

    El conocimiento arqueológico que nos permite conocer, entender y recuperar las culturas antiguas se ve expulsada por la idea de que son los astroarqueólogos los que realmente explican esas culturas antiguas mediante extraterrestres y poderes místicos.

    El conocimiento de la medicina con bases en la química, la fisiología y la biología molecular para mejorar nuestra calidad y cantidad de vida se ve dislocado por la superstición de que ciertas personas con conocimientos secretos y mágicos sobre el "aura" y los "meridianos" del cuerpo son el verdadero rumbo a la salud.

    Y todo ello sin que ninguna de las ideas que han degradado a las otras en la mente del creyente tenga forma alguna de probar que realmente es una explicación válida, completa y aceptable porque se le impide el acceso al público en los medios.

    En esas condiciones, ¿cómo sabe el verdadero creyente que una u otra parte de la holocharlatanería es efectiva?

    Sólo tiene la palabra del gurú.

    La palabra del gurú: la verdad, única, inmortal e incriticable


    Quien rinde su credibilidad, por falta de información las más de las veces, a un charlatán profesional (puede ser un seudoinvestigador, un contactado, un astrólogo, un adivinador, un curandero o cualquiera de estos brujos), suspende su razonamiento y entrega su capacidad de aceptar o rechazar la realidad al gurú.

    Al gurú no se le puede criticar ni se le puede poner en duda.

    Si uno visita las listas de correos en las que se reúnen los cónclaves de fieles creyentes, o si puede asistir a sus ceremonias mágicas (o "de investigación"), puede ver cómo cualquier voz discordante es de inmediato suprimida. Los demás creyentes proceden a descalificar al dubitativo sin argumentos, acusándolo de "querer manchar al gurú" o de "venir a meter ruido", exigiendo que "si no es creyente no debe estar aquí", mientras que el gurú o alguno de sus archimandritas procede al borrado de los mensajes discordantes y a la prohibición del dubitativo a seguir participando en la lista.

    El diálogo alrededor del gurú no existe. Sólo existe la adoración, la confianza ciega, la defensa a ultranza, la ausencia de argumentos, sustituidos por la fe.

    Evidentemente, en su vida cotidiana, los fieles creyentes, de manera totalmente contradictoria (pero sin darse cuenta de la contradicción), siguen usando el pensamiento crítico. Por una parte, no comprarían un automóvil usado sin verlo, no comprarían una joya sin que un joyero o gemólogo certificara su autenticidad y no comprarían una casa sin cerciorarse de que la construcción está en buenas condiciones y que el vendedor es el genuino propietario y tiene derecho a vender.

    Ninguna de esas exigencias de demostrabilidad y palpabilidad se la imponen a las afirmaciones de su gurú. El gurú puede, cuando el grupo está debidamente maduro, decir prácticamente cualquier cosa que se le ocurra: que le ha tomado una foto a Jesucristo (hay al menos dos sujetos que afirman eso en distintos países en medio de la adoración de sus incondicionales), que viaja en naves extragalácticas, que viaja en el tiempo, que habla con Dios... incluso, cuando el grupo realmente está preparado, el gurú puede afirmar que es Dios.

    Y muchos fieles le creerán.

    ¿Se le han conculcado o no derechos a esos fieles, entre ellos el derecho a saber?

    ¿Creen libremente estos creyentes o son sujetos de un lento y cuidadoso proceso de adoctrinamiento irracional que acude a sus emociones más básicas para obligarlos a suspender su capacidad de razonamiento ante afirmaciones que, cuando menos, deberían moverlos a buscar una corroboración?

    Desde el punto de vista de los más elementales derechos humanos, como el derecho a la información y a la educación, el monopolio de la charlatanería, su proclividad a la censura y la paranoia que inspira en la guerra "nosotros" contra "ellos" impiden el ejercicio pleno de esos derechos.

    Por supuesto, si se consigue el acceso equivalente a los medios que se pide, que se ha pedido y que se debe seguir pidiendo y exigiendo a todos los niveles (desde el periodista individual hasta las autoridades encargadas de vigilar la aplicación de las leyes sobre libre expresión y derecho a la información), habrá personas que crean de todos modos en sus gurús.

    En tal caso, al menos, hay dos cosas certeras: ejercerán su creencia con más libertad y, sin duda alguna el número de nuevos creyentes descenderá.

    A esto, claro, es a lo que temen los gurús.

    A un nivel más profundamente humano, más allá de las consideraciones legales, hay sin embargo un elemento mucho más cruel en la promoción de la irracionalidad: el robo del sentido de lo maravilloso.

    El sentido de lo maravilloso


    Evidentemente nuestro universo está pletórico de situaciones maravillosas que desafían nuestra capacidad de comprensión.

    Vivimos en un trozo de roca y lodo flotando en la nada, en el que la vida surgió lentamente por medio de misteriosos procesos químicos, sostenida por la energía de una estrella cercana, y evolucionó hasta llegar a un ser capaz de disfrutar el Concierto para violín y orquesta de Beethoven y crear "El jardín de las delicias" de El Bosco.

    Las luces del cielo que asombraban a nuestros ancestros son estrellas como la nuestra, las hay mucho más grandes y mucho más pequeñas, más jóvenes y más viejas. Probablemente en algunas hay vida y estamos buscándola. Y cuando la encontremos será maravilloso.

    Si tomamos dos células determinadas y las juntamos, podemos obtener un ser humano completo, lleno de capacidades para sentir, pensar, disfrutar o descubrir (aunque también para odiar, matar, torturar y creer en supersticiones peligrosas, ésa es nuestra responsabilidad colectiva).

    Estamos formados por átomos que tienen leyes asombrosamente distintas a las leyes que rigen el mundo que nosotros vemos, donde la gravedad no cuenta, donde las partículas están y no están al mismo tiempo.

    Es posible encontrar, en la naturaleza o de forma artificial, moléculas que curan enfermedades que durante toda la historia humana causaron un flujo incesante de millones de víctimas y que hoy están prácticamente olvidadas.

    Aprendimos a volar, a hacer túneles, a hacer puentes, a crear música, a viajar al espacio, a comunicarnos instantáneamente a cualquier lugar del planeta con un pequeño aparato de mano (a ver cuándo la telepatía se acerca a la telefonía móvil).

    Todo a nuestro alrededor puede estar lleno de asombro si sabemos verlo.

    Y tenemos derecho a saber verlo.

    También estamos rodeados de una gran cantidad de misterios.

    ¿Cómo se transmite la gravedad? ¿Dónde está la materia oscura del universo? ¿En qué momento de nuestra evolución apareció el arte? ¿Qué privilegiadas mentes tenían los mayas para descubrir el cero y los egipcios para construir las pirámides? ¿Cuántos conocimientos de los ingenieros romanos hemos perdido? ¿Cómo evitar el cáncer? ¿Son las aves las descendientes de los dinosaurios? ¿Cómo se transmite exactamente la conducta de origen genético? ¿Cuáles son las causas precisas de muchas enfermedades y cómo podemos vencerlas?

    Misterios en enormes cantidades que sin duda alguna evocan también nuestro sentido de lo maravilloso.

    Siempre y cuando los charlatanes no lleguen con una miríada de misterios falsos, de afirmaciones sin comprobación, de historias que no permiten que nadie estudie de cerca si no es de la secta, de suposiciones y conclusiones apresuradas y con ellas nos impidan ver las maravillas y misterios reales de nuestro universo.

    ¿Qué tiene de malo que alguien crea en supersticiones, pues?

    Que generalmente cree sin libertad.

    Que es víctima de una dictadura mediática.

    Que se humilla su dignidad sometiéndolo a los dictados de un gurú.

    Que se le alimentan mentiras y se les lleva a la irracionalidad supersticiosa.

    Y, sobre todo, que se le roba el sentido de lo maravilloso y se le sustituye por misterios falsos, maravillas de latón y engaños convenientes para gloria de unos pocos desvergonzados.

    Si no es lo bastante claro, volvemos a explicarlo de otro modo.