abril 03, 2006

Stanislaw Lem y Trofim Lysenko

(Nota: Revisado a las 13:30 del 3 de abril.)

Stanislav Lem
(Foto cortesía de su secretario Wojciech
Zemek, vía Wikimedia Commons)
Entre los aficionados a la literatura de ciencia ficción, la muerte de Stanislaw Lem el pasado 27 de marzo ha representado un duro golpe, tratándose de uno de los pocos verdaderos clásicos del género y un escritor que se vuelve entrañable para el lector con gran facilidad.

Algo que yo, aficionado a los libros de Lem pero poco enterado de su biografía no sabía, y que trajo a colación Filiberto López en la lista de correos "Comunidad CF" es el cruce que tuvo Lem con el singular embaucador Trofim Denisovich Lysenko.

Para apreciar la anécdota, sin embargo, debemos saber quién era el "Camarada Lysenko".

Lysenko, un charlatán oficial


Trofim Denisovich Lysenko fue un hijo de campesinos al que la revolución soviética le dio oportunidad de estudiar agronomía en el Instituto Agrícola de Kiev, de donde salió a trabajar a Azerbaiyán. Allí, en 1927, afirmó haber"descubierto" un método para fertilizar el campo sin fertilizantes y que había "demostrado" que se podía obtener una cosecha invernal de guisantes o chícharos en Azerbaiyán. Era mentira, pero para cuando se vio que era una mentira, Lysenko ya tenía otros milagros listos para halagar a la prensa y a los líderes soviéticos.

Trofim Denisovich Lysenko
(Foto D.P. Sovfoto, vía
Wikimedia Commons)
Lysenko sabía poco de herencia y genética, pero creía en la evolución según la teoría lamarckiana.

Jean-Baptiste Lamarck fue un brillante naturalista francés de fines del siglo XVIII y principios del XIX que fue uno de los primeros que postularon la idea de la evolución de las especies, y, a falta de datos bastantes y un esquema metodológico amplio, propuso la hipótesis de que la evolución se realizaba mediante la herencia de los caracteres adquiridos, es decir, que si un animal estiraba el cuello para comer follaje más verde, su descendencia tendría cuellos más largos que el progenitor, y este proceso, al paso del tiempo, hacía que aparecieran las jirafas. Experimentos posteriores demostraron que los caracteres adquiridos no se heredan, y tres décadas después de la muerte de Lamarck, Darwin, admirador del francés, propondría una teoría de la evolución acertada, basada en la variación natural de las especies.

Pero Lysenko no aceptaba tal idea, ni la genética de Mendel ni cosas de biología, fisiología y química que no entendía ni quería entender. Y, dado que sus supuestos logros eran del agrado de los dictadores de turno, pronto subió en las filas del partido, hasta convertirse en uno de los favoritos de Stalin. Sus teorías sobre cómo obtener cultivos abundantes y en clima adverso incluían algo que llamaba la "vernalización" y que incluía, entre otras prácticas sin bases, enfriar los granos antes de plantarlos "para que crecieran en clima frío", práctica antigua de los campesinos rusos que no podía ser extrapolada a otras acciones, pero lo fue, así como formas de hibridización irracionales que se caracterizaron por no dar resultado, pero su capacidad demagógica con los campesinos tampoco era algo que quisiera desperdiciar Stalin.

Lysenko era fiel, era un campesino, un trabajador, un ideal soviético, y sabía endulzarle la oreja a los poderosos. Pronto, en las escuelas soviéticas se enseñaban cosas como la siguiente, citada por un ruso de sus libros escolares: el gen es una parte mítica de las estructuras vivientes que en las teorías reaccionarias, como el Mendelismo-Veysmanismo-Morganismo, determina la herencia. Los cientificos soviéticos bajo el mando de Lysenko probaron científicamente que los genes no existen en la naturaleza.

Tales pruebas eran como las "pruebas" que arguyen diversos charlatanes y vendedores de humo para convencer incautos de que ciertas proposiciones son reales, como la "energía piramidal", los "chacras", la "telepatía", la "homeopatía" y, claro, las "fantasmas" en fotos trucadas.

De hecho, las propuestas de Lysenko se aplicaban por decreto, sin haberlas probado científicamente, en el campo soviético.

Lysenko tenía lo que más quieren los charlatanes, y lo que menos se les debe conceder: poder. Los genetistas de las repúblicas soviéticas se vieron ante la disyuntiva de renegar de la ciencia o ser víctimas de la furia de la dictadura.

Como un adelanto de los charlatanes que en el futuro (en estos días, pues) habrían de aplaudir a quien viaja mucho y denigrar a quien critica las tonterías del viajero con base en conocimientos, hechos y datos, en 1929 Stalin dio un encendido discurso privilegiando la "práctica" por sobre la "teoría", una jugada antiintelectual según la cual la visión del partido era más importante que la "ciencia", y el ir al campo y hacer cosas (aunque fueran inútiles o descabelladas) era mejor que estudiar cosas raras en un laboratorio.

Para 1935, al frente de la Academia de Ciencias Agrícolas de la URSS, el camarada Lysenko procedió a hacerse cargo de la expulsión, encarcelamiento y muerte de literalmente cientos de científicos cuyos conocimientos no eran del agrado de Lysenko, de Stalin, del partido.

El más importante biólogo soviético y padre de la genética rusa, además de feroz crítico de Lysenko, Nikolai Vavilov, murió en las cárceles de la policía política, la NKVD, en 1943, después de tres años de confinamiento por orden de Lysenko. La genética desapareció como disciplina en la URSS y la biología, la herencia y la medicina se vieron contaminadas con las ideas descabelladas del camarada Lysenko.

Esto no era, ni con mucho, inocuo ni se limitaba a una tragedia para algunos cientos de científicos y para la "academia" que los antiintelectuales y anticientíficos de hoy detestan tanto. Las prácticas obligatorias de las delirantes propuestas de Lysenko, junto con la colectivización forzada del campo que implantó Stalin, fueron responsables de hambrunas varias.

Las "ideas" de Lysenko no sólo prendieron en la URSS, sino que fueron retomadas por el gobierno chino, con ese antiintelectualismo que caracterizó a Mao Zedong (hoy Mao Tse Tung), y la misma receta soviética (colectivización por decreto y lysenkoísmo) fue lanzada por Mao como "El Gran Salto Adelante" con el mismo resultado multiplicado: la terrible hambruna china de 1958-1961 que mató a entre 30 y 40 millones de personas, más de los que había perdido la URSS en la Segunda Guerra Mundial. En 1961, algunos miembros del gobierno chino se rebelaron a las ideas de Mao y ordenaron el abandono de sus políticas en diversas provincias, deteniendo así la hambruna. El bueno de Mao, rencorosillo él, esperó unos años, apostó al olvido, fortaleció su poder... y en 1966 lanzó su gloriosa "Revolución Cultural" que mató a muchos de los que detuvieron la hambruna, además de matar o convertir en trabajadores manuales a numerosos pensadores, académicos y científicos... el sueño de un Íker Jiménez o un Bruno Cardeñosa, vaya.

Lysenko mantuvo el poder por encima de sus millones de víctimas, llegando a afirmar que podía convertir el trigo en centeno y la cebada en avena... si de mentir se trata...

A la muerte de Stalin, Kruschev mantuvo a Lysenko en su puesto, pero empezó a haber críticas permitidas por la "desestalinización" emprendida por Kruschev quien, además, como campesino que era él mismo, sabía que las ocurrencias de Lysenko no se habían traducido realmente en cambios benéficos para la agricultura soviética.

En 1964, el físico nuclear Andrei Sakharov, hoy Premio Nobel, dijo finalmente en la Asamblea General de la Academia de Ciencias que Lysenko era: responsable del vergonzoso atraso de la biología soviética y de la genética en particular, de la divulgación de visiones seudocientíficas, de aventurerismo, de la degradación del aprendizaje y por la difamación, despido, arresto, incluso muerte, de muchos científicos genuinos. Lysenko fue destituido, pero no se le criticó oficialmente ni dejó de ser "verdad consagrada por el gobierno" sino hasta después de la caída del gobierno de Nikita Kruschev, en 1965, cuando una comisión oficial fue a investigar su granja experimental, demostrando que no tenía ni una gota de ciencia por ningún lado. Finalmente, Lysenko cayó en desgracia.

Trofim Denisovich Lysenko murió en 1976. Su legado vive en el alma, las acciones y los argumentos de todos los charlatanes del mundo.

Stanislaw Lem, la ironía y la resistencia


Stanislaw Lem, al parecer, realmente queria ser médico.

Nacido en Lvov, Polonia, el 12 de septiembre de 1921, el joven Lem tuvo que interrumpir sus estudios de medicina a raíz de la invasión nazi. Durante la ocupación de su país, estuvo activo en la resistencia polaca, ocultando su origen judío (aunque fue criado católico y se consideraba ateo). Terminada la Segunda Guerra Mundial, Lvov quedó como parte de Ucrania y Lem fue a Cracovia, Polonia, decidido a terminar su carrera como médico.

Pero, bajo control soviético, la universidad de Cracovia había adoptado las ocurrencias de Lysenko, y Lem pronto se ocupó de satirizar al agrónomo soviético en una revista científica y, finalmente, en los exámenes finales de medicina se negó a dar las respuestas "correctas" (es decir, las respuestas consagradas por el Lysenkoísmo oficial soviético) a sabiendas de que eran falsedades. Así, nunca se recibió de médico.

Por suerte para los lectores, Lem se dedicó a trabajar como asistente de investigación en un laboratorio y a escribir, dándonos joyas como La Investigación (que se refiere a una serie de desapariciones de cadáveres que se presenta como "fenómeno paranormal"), Solaris, Los relatos del piloto Pirx, La Ciberíada, Manuscrito Hallado en una Bañera y los relatos del astronauta Ijon Tichy.

A mis ojos, la decisión de Lem de oponerse a la enseñanza de basura seudocientífica, por políticamente correcta que fuera en su contexto, por conveniente que fuera para él simplemente fingir que no pasaba nada, por razonable que fuera "dar las respuestas que quieren y ya después, titulado, combatirlas", el acto de rebeldía de Lem lo convierte hoy más que en un escritor enormemente original, disfrutable y magistral, en un hombre consecuente con la razón y dispuesto a no admitir la irracionalidad, el pensamiento mágico y la tontería popular como guías de su conducta.

Lem me recordó a otro genuino socialista, Yevgeny Zamyatin, autor de Nosotros la primera novela antiutópica, en que se inspiraron George Orwell para su Mil Novecientos ochenta y Cuatro y Aldous Huxley para su novela Un Mundo Feliz, y quien se atrevió a pedirle a Stalin permiso para salir de su país con el derecho a volver en cuanto sea posible en nuestro país servir a las grandes ideas de la literatura sin temer a hombres pequeños.

¿Qué hará nuestra sociedad con sus Trofim Denisovich Lysenko de hoy, con los acupunturistas y los homeópatas que luchan por hacerse de una parte de nuestro dinero de la seguridad social, presionando con asuntos extracientíficos a diputados y otras autoridades, encumbrados no por la dictadura de un Stalin, sino por el monopolio de los medios de comunicación?

Ojalá sea como Stanislaw Lem.

Pero, claro, los que actuaron como Lem eran la minoría.