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enero 10, 2014

¿Cuál de las muchas homeopatías se quiere regularizar?

Cuando la ministra de sanidad Ana Mato anunció la intención de regularizar los preparados, pócimas o mejunjes homeopáticos mediante un proyecto de orden ministerial, las reacciones no se hicieron esperar.

Muchos se declararon en contra de que se engañe a la gente vendiéndole 100% agua como medicamentos capaces de curar afecciones, prevenirlas o controlar síntomas, unos preparados que no han demostrado eficacia en estudios del rigor que se le exige a los medicamentos reales, estudios de laboratorio, en animales y en ensayos clínicos de cuatro fases, completos, sólidos y, de preferencia, verificados independientemente. La campaña de los médicos está basada en el concepto "No sin evidencia". Los alumnos de medicina también se manifestaron en contra.

Han vuelto a la mesa los estudios, las explicaciones y los argumentos que indican que las bases de la homeopatía no sólo no están demostradas sino que van a contracorriente de lo que sí sabemos y que, para ser aceptadas, deberían ofrecer estudios sólidos sobre las maravillas que afirman, estudios de buena calidad, que se confirmen contundentemente en revisiones sistemáticas (o metaestudios), que se usan precisamente para detectar los efectos de los errores metodológicos, los artefactos estadísticos, el error humano, la calidad de los datos y, en su caso, el fraude científico.

Las revisiones sistemáticas que existen (como ésta y ésta)  sobre los estudios que los prohomeópatas blanden como pruebas contundentes siguen concluyendo que a) la homeopatía no parece tener efectos distintos del placebo y b) que mientras más riguroso es el diseño y realización de un estudio, más probable es que no encuentre beneficios más allá del placebo. Es decir, que en los estudios que parecen mostrar un efecto medible que debería estudiarse más a fondo, la calidad de los datos es mala, la metodología problemática o la interpretación sesgada... o simplemente no han podido ser reproducibles de modo sistemático. Esto explica el hecho incontrovertible de que las ciencias biomédicas, la química y la física, y la enorme mayoría de los médicos científicos no aceptan las propuestas de la homeopatía, y la medicina basada en evidencias no la utiliza como una terapia fiable.

Concurso lanzado en España por la
multinacional homeopática Boiron.
Lo que pretenden los homeópatas es pasar por alto la responsabilidad de convencer a los científicos y buscar el apoyo del público en general mediante propaganda interesada, ataques, embates mediáticos y medias verdades, del mismo modo que cualquier otra disciplina pseudocientífica.

Las bases de la homeopatía tal como la inventó Hahnemann ya se han contado aquí, y al paso de los años y con el trabajo de numerosos periodistas y divulgadores se han dado a conocer los estudios que refutan las ocurrencias del alemán de una manera bastante más amplia que cuando hice aquella entrada. La difusión de esas objeciones, por cierto, ha sido causa de verdaderos desquiciamientos por parte de la grey creyente en la homeopatía.

Por su parte, los laboratorios homeopáticos, los practicantes de "la homeopatía" y los defensores de "la homeopatía" lanzaron un potente embate de medios para impedir que se difundieran más las críticas a esta práctica y para simular que sus afirmaciones tienen validez demostrada.

¿Por qué "la homeopatía" entre comillas? Porque si uno lee a los distintos expertos en homeopatía (autoproclamados expertos, ya que no hay una base sólida para identificar quién es verdaderamente un experto, un consenso como el que nos podría decir que Peter Higgs es un experto en física de partículas o que Richard Dawkins es un experto en biología evolutiva) "la homeopatía" como tal no existe.

Es decir, que al revisar su literatura no hay una sola práctica coherente, organizada y estructurada, una teoría unificada que se pueda llamar "la homeopatía", sino multitud de corrientes, opiniones, puntos de vista y prácticas incluso contrapuestas o francamente enfrentadas.

O sea, que hay muchas "homeopatías".

Y, mientras en el mundo de la ciencia las posiciones diversas se resuelven mediante la obtención de nuevos datos, de observaciones y experimentación, en el mundo de la homeopatía (como en el de todas las formas de la charlatanería) por lo visto ni siquiera se ocupan en intentar resolverlas. Como pasa con otras ocurrencias ocultistas sobre conspiraciones, extraterrestres, curaciones milagrosas o comunicación con los muertos, los datos son lo que menos importa.

El problema es claro: ¿a qué va a llamar homeopatía el Ministerio de Sanidad (llamado ya por muchos el Monasterio de Insanidad)? ¿Cualquier fulano puede presentarse con un mejunje y decir "esto es homeopatía" y ya puede venderlo en farmacias o va a haber un criterio para identificar aquello que pertenece al reino fantástico de la homeopatía? Y, si lo va a haber, ¿cuál es y de dónde lo han sacado?

¿O es que solamente se trata de apoyar y ceder ante los laboratorios que dicen hacer preparados homeopáticos y quieren legitimidad sin demostrar eficacia?

Mientras el equipo de Ana Mato y su despistada directora de la Agencia Española del Medicamentos y Productos Sanitarios, Belén Crespo, nos lo aclaran, visitemos el mundo de las varias homeopatías.

Distintas ocurrencias enfrentadas

¿Cuál corriente será legítima para el ministerio? ¿La homeopatía "unicista", la "pluralista", la "complejista" o alguna otra?

Si una es legítima, las otras no lo son, o al menos eso dicen los homeópatas militantes en cada una de ellas.

Las bases del diferendo de estas corrientes o escuelas no son datos clínicos, experimentos de farmacodinámica o algún otro hecho vagamente comprobable, no. Simplemente, los "unicistas" son ortodoxos que siguen al pie de la letra las enseñanzas de Samuel Hahnemann y consideran que las afecciones se deben curar con un remedio único y es inaceptable usar más de un remedio al mismo tiempo. Pero "un remedio" puede no ser "una sustancia", porque el concepto de "remedio" es más bien laxo y vago, a gusto del vendedor.

Para los practicantes de la homeopatía "unicista" (a la que también llaman "clásica" o "hahnemanniana" para subrayar su ortodoxia respecto de los textos del fundador, inmóviles desde hace 200 años) "un remedio" puede ser trióxido de arsénico (al que llaman, porque les encantan los latinajos, Arsenicum album), o mercurio, al que llaman Mercurius solubilis, pero también puede ser Allium cepa, nombre científico de la cebolla, bulbo vegetal que contiene, como todo ser vivo, miles y miles de sustancias diversas, o algo tan complejo como el Anas Barbarie Hepatis et Cordis Extractum que significa extracto de hígado y corazón de pato real que, por cierto, además de miles y miles de sustancias diversas, se utiliza porque se supone que contiene una bacteria (el oscillococo) que simplemente no existe. O uno de los remedios alucinantes de la homeopatía: la caca de perro... (sobre remedios extraños hablamos más abajo).

Para los unicistas los preparados que se hagan con cada uno de los anteriores entran en la categoría de "un solo remedio". Lo cual se contradice si uno lo piensa porque, por ejemplo, la cebolla contiene entre las numerosísimas sustancias que la forman varios compuestos de azufre (responsables de que nos lloren los ojos al picarla), y también tiene calcio y hierro, tres elementos que en homeopatía se usan como Sulphur, como Calcarea carbonica y como Ferrum metallicum. Así que un remedio hecho de cebollas tendría varios remedios, violando el principio del unicismo. Pero los expertos no parecen apreciar la contradicción.

Lo único bueno para el paciente es que cualquier dilución superior a 12C de cualquier remedio homeopático no contiene ya ni una sola molécula del remedio original, sea algún componente de la cebolla, azufre, calcio, hierro, hígado de pato o cualquier otra cosa. Que "cosas" hay muchas en las muchas homeopatías, como veremos. Más adelante veremos cómo es que esas "cosas" o remedios se supone que llegan al paciente y lo hacen que se cure abracadabrantemente.

Por supuesto, la homeopatía quiere que usted crea que el agua que no ha pasado por el procedimiento homeopático de tener algo diluido, agitarse, diluirse de nuevo, agitarse y así numerosas veces es distinta del agua que no ha pasado por él. El problema, claro, es que ningún homeópata puede diferenciarlas. No hay diferencia química a partir de la dilución centesimal 12, no hay diferencia física, no hay diferencia molecular y no existe un procedimiento para identificar el agua mágica de la que no lo es.

Usted se lo tiene que creer y punto. Un supuesto laboratorio pone una gota del agua mágica en una pildoruca, se la vende a un precio elevadísimo, usted se la toma y se cura. Y si no se cura, mala suerte, porque no hay forma de demandar a un homeópata por malapraxis como sí la hay para demandar a los médicos de verdad.

Los "pluralistas", por su parte, propugnan la administración simultánea de varios preparados (igualmente diluidos) para atacar una misma enfermedad. Esto se le ocurrió a un homeópata de la primera mitad del siglo XX y rápidamente ganó adeptos, aunque tampoco demostró su eficacia con los estudios científicos correspondientes. Para un pluralista, vale igual hacer una pildoruca con hierro, mercurio y arsénico que sumarle cebolla, perejil y una pizca de sal. Supuestamente, si estos productos "causan" los mismos síntomas que la enfermedad que se está tratando, la van a curar.

Esto asegura el Dr. Julio César Escot, uno de esos practicantes que fje médico y se pasó
a las pseudomedicinas.
Luego están los "complejistas" se ahorran problemas y proponen que se den preparados mucho más complejos, con muchos ingredientes iniciales (aunque igualmente diluidos hasta ser 100% agua) y el cuerpo, que es sabio, elegirá los que necesita para curarse. (Aquí uno se pregunta por qué no simplemente tomar agua, que ha tenido disueltas en un momento u otro todas las sustancias del planeta, y que el cuerpo se cure con ella.)

Están también los "alternistas" que usan varios preparados pero que se toman en horarios alternos.

Todos ofrecen las mismas evidencias de sus afirmaciones (ninguna) y todos aseguran tener la razón, al tiempo que todos diluyen sus preparados de la misma forma.

Pero hay más.

Las pócimas mágicas... y su negación

En los debates que ha propiciado la propuesta del Ministerio de Sanidad abundan defensores de la homeopatía que niegan a una gran cantidad de sus "respetados colegas" de manera más bien enérgica. Por ejemplo, si uno señala que la homeopatía afirma poder curar el cáncer, el homeópata de guardia reclama que eso no es cierto, que la homeopatía no hace tal afirmación.


Se le cita a un colegio homeopático de California, pero resulta que ese colegio es "falsa homeopatía". Se le cita a famosos homeópatas (debidamente refutados) de la India (donde la homeopatía florece gracias, sobre todo, a las supersticiones de Gandhi) y resulta que tampoco son "verdaderos homeópatas". Incluso un egresado del Colegio Médico de Madrás y de la Facultad de Homeopatía de Londres resulta ser un "falso homeópata". (Nota 1)

En ese debate, los únicos "verdaderos homeópatas" eran, pues, aquéllos que no afirman curar el cáncer... o el SIDA... o la diabetes. ¿Por qué? Pues porque le da la gana al que lleva la supuesta representación homeopática y lo que quiere a toda costa no son los hechos, sino validar su superstición y poder hincar las garras en las billeteras y dolencias de más víctimas a las que no va a ayudar salvo por aligerarles la cuenta bancaria y darles placebo a precios delirantes. Caprichosamente se excluye a numerosos practicantes de la "verdadera homeopatía".

En los debates también se suelen presentar, como prueba de la falta de seriedad de la homeopatía y de sus sesgos más bien brujeriles, algunos de los más desquiciados remedios homeopáticos que se venden todos los días a inocentes personas en todo el mundo que creen que están recibiendo una atención médica de calidad. Como la luz de luna (incluida en una guía de remedios homeopáticos de Robin Murphy, que parece tener un gran reconocimiento en el mundillo)... trozos del muro de Berlín... el polo sur de un imán (propuesto por un conocido homeópata estadounidense del siglo XIX)... e incluso agua diluida en agua, que da como resultado un agua más potente que la que no está diluida en agua (como usted lo lee). Y entonces aparece el prohomeópata de turno diciendo que ésa no es la "verdadera homeopatía" e incluso indignándose de que uno mencione todas esas chifladuras de pro que aparecen en las páginas más celebradas de la homeopatía.

Luego tiene usted, claro, a los laboratorios homeopáticos que producen preparados que no tienen las diluciones recomendadas por Hahnemann, principalmente la 30C que el inventor de esta ocurrencia consideraba adecuada para la mayoría de los casos. Las diluciones son el resultado de una de las ideas caprichosas de don Samuel que llamó "leyes" porque sonaba respetable y que supuestamente son las bases doctrinales de la homeopatía, la "ley de la dosis infinitesimal", según la cual mientras más diluida está una sustancia (o compuesto, o extracto), más potente resulta. Si hay suficiente principio activo en un producto como para tener un efecto farmacológico demostrable, no es estrictamente "homeopatía" por no tener diluciones infinitesimales.

Pero no, resulta que hay una "verdadera homeopatía" que no cree en uno de sus principios básicos y entiende que la potencia de una sustancia aumenta con la dosis, que es lo que dice la medicina real, y que precisamente utiliza parte de sus estudios clínicos para determinar las dosis de medicamentos que sean a la vez efectivas y seguras (demasiado poco no es eficaz, demasiado puede ser perjudicial, algo de sentido común excepto en la homeopatía).

Es decir, hay una "verdadera homeopatía" que a veces es lo que ellos llaman "alopatía" o medicina real, que ataca los síntomas o enfermedades no con similares, sino con contrarios. Por ejemplo, las pomadas de árnica o algunos remedios para la tos tienen, efectivamente, un principio activo químicamente identificable. No son homeopatía estrictamente, pero su eficacia es un excelente gancho para llevar a los clientes al mundo de las bacterias inexistentes en los hígados de los patos y los remedios hechos de luz de Saturno o de agua remojada en diamante.

Vitalistas y van de listos


Aunque hay otras variedades de homeopatía, hay dos aproximaciones a su evaluación que son mutuamente excluyentes y que sin embargo son usadas también a conveniencia por los defensores de esta práctica. En primer lugar, se afirma que la homeopatía es "vitalista", es decir, que se ocupa de cierta "fuerza vital" imperceptible, que no se puede medir ni detectar, y que modifica con el "espíritu curativo" de sus preparados. En consecuencia, dicen algunos, la homeopatía no puede estudiarse usando el método científico o, cuando menos, el método debe aplicarse "con flexibilidad" (punto 4). (Nota 2)

Esto no sería tan absurdo. Admitiría que la homeopatía es magia, que funciona fuera de los parámetros de la realidad física y por tanto es asunto únicamente de creencias, como lo son la existencia de las hadas, los pitufos o los políticos del PP honrados. Ubica a la homeopatía en el terreno de la religión y fuera completamente del dominio de la ciencia, que se ocupa del universo cuya realidad podemos constatar. La mantendría en el nivel de la brujería, la religión, el esoterismo y el misticismo. Y la discusión desaparecería en gran medida: las pócimas de brujería no se debe vender en farmacias, punto.

Pero luego están los defensores de la homeopatía materialista que, por el contrario, aseguran que los efectos de los medicamentos homeopáticos son reales, físicos y medibles, que tienen una validez química demostrable y que, incluso, hay estudios científicos que cuando menos a ellos les parecen prometedores (si algún día se demuestra que los resultados alentadores no sólo los tienen los creyentes, claro, y los resultados son sólidos y la metodología correcta, cosa que según la mayoría de los científicos no ocurre).

Algunos de los que defienden la eficacia demostrable, suelen hablar de la "memoria del agua", propuesta interesante pero nunca demostrada. Aunque luego se hacen un lío con la memoria del agua, porque mientras para algunos es sólo que el agua conserva "el espíritu curativo" de la sustancia que una vez tuvo diluída, otros aseguran que esa sustancia se fija (nunca dicen cómo) en la estructura molecular del agua, y otros aún dicen que son vibraciones tales que pueden transmitir los remedios homeopáticos por Internet, como aseguró hacerlo Jacques Benveniste, una hazaña que no ha reproducido ninguno de sus defensores.

Más locura homeopática: la Sulis MK3 Professional,
una máquina de 1400 libras esterlinas que asegura
ser capaz de copiar (como una fotocopiadora)
cualquier remedio homeopático "leyendo" la
huella "energética" del remedio e infundiéndola
en otra sustancia. Algunos homeópatas la usan,
otros la rechazan. 
Otros, en cambio, hablan de "resonancias" de ciertas "energías", quizá contaminados por la verborrea pseudocientífica del new age, afirmando por ejemplo que "los humanos son como los electrones de un átomo", en palabras del homeópata Gabriel Camacho, o simplemente dicen las palabras mágicas "mecánica cuántica" como si eso "explicara" la homeopatía. Y esto no lo hace cualquier homeópata de pueblo, sino Guillermo Basauri, uno de los representantes de la poderosa multinacional Boiron.

Porque en tal caso tampoco habría problema, por supuesto. De ser cierto que la homeopatía puede curar con la efectividad de la medicina, el peso de la evidencia eventualmente inclinará la balanza en su favor y se tendrá que reescribir lo que sabemos de farmacodinámica, de física, de química, de fisiología, de biología y de otras disciplinas.

Muchos grandes descubrimientos científicos enfrentan una oposición razonable y razonada si contradicen cuanto se sabe hasta el momento, pero si son sólidos (como la tectónica de placas o la evolución), acaban demostrando su validez y son aceptados por el consenso científico, con base en la acumulación de datos experimentales y observacionales, y no con base en los argumentos, ataques, insultos, berrinches y pataletas de los proponentes.

Mal se habrían visto actuando así un Alfred Wegener, que puso las bases de la tectónica de placas con su errónea pero bien orientada hipótesis de la deriva continental, o un Charles Darwin, que explicó la evolución mediante la selección natural aunque fuera de modo incompleto al desconocer la genética que eventualmente se unió a su teoría para darnos una visión clara de cómo los seres vivos se han desarrollado, la llamada síntesis evolutiva.

El problema es que esto no ha ocurrido en las homeopatías, en ninguna. Desde 1810. Y mientras no ocurra, el lugar de la homeopatía sigue siendo el de las afirmaciones maravillosas no demostradas, junto con las hadas, lo elfos, los unicornios y las habilidades musicales de Justin Bieber.

Las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias, y de ésas estamos escasos pese a que han pasado 203 años después de la publicación del libro seminal de Hahnemann, en los tiempos en que la medicina no tenía ni una base científica. Y es que, si comparamos el avance en una y otra disciplina, a los homeópatas se les debería caer la cara de vergüenza. Salvo porque muchos de ellos ni siquiera se dan cuenta de este hecho y los que sí se dan cuenta no parecen tener mucha vergüenza.

Otro remedio homeopático alucinante: hostia de comunión,
ofrecido por una de las principales "farmacias" homeopáticas
de la Gran Bretaña.
Lo curioso es que los que se consideran a sí mismos "verdaderos homeópatas" no dedican mucho tiempo, a lo que se ve, en desmentir a los colegas a los que consideran falsarios, embusteros y promotores de ideas engañosas respecto de su cuerpo de creencias. Ni mucho menos se ocupan de educar al público de cuáles son las homeopatías que sí valen y cuáles no (que sería toda una hazaña, pues cada uno cree que la suya es la única válida). Y ya no digamos que se dediquen a demostrar cuál de las prácticas, visiones, ideas, escuelas o tendencias tiene validez y cuál no.

Ni han podido demostrar que su modelo de salud y enfermedad sea una descripción correcta de la realidad.

Elija una homeopatía y demuestre que es verdad

Para que las ciencias biológicas y físicas "acepten la homeopatía" (o al menos "una homeopatía") no basta un estudio indicando que una supuesta pócima supuestamente basada en una hipótesis no demostrada como es la homeopatía "logró" que alguien dijera que sentía menos dolor o comezón que antes de consumirla.

La homeopatía es una aproximación integral que propone ciertas afirmaciones sobre el cuerpo humano, la enfermedad y la curación, y por tanto los estudios que la demuestren deberían estar orientados a demostrar la validez general de las bases teóricas de la homeopatía: que una enfermedad se cura con una sustancia que provoque síntomas similares, que las dosis infinitesimales son más potentes que las dosis masivas, que la sucusión aumenta la potencia de una dilución y que los miasmas son la causa de todas las enfermedades), y que el agua homeopatizada es distinta de alguna forma del agua común.

Mecanismo de acción de los antibióticos, demostrado
experimentalmente. Algo que si ofreciera la homeopatía
le daría el sustento del que aún carece.
(Foto CC de Kendrick Johnson, vía Wikimedia Commons)
La teoría de la enfermedad de la medicina científica dice que ciertas enfermedades están provocadas por la infección a cargo de microorganismos patógenos. Numerosos experimentos y observaciones lo confirman. En consecuencia, ciertas sustancias pueden, en ciertas condiciones, matar a los microorganismos. Son los antibióticos. Su efectividad se ha demostrado en células independientes en laboratorio (in vitro), en animales (in vivo) y en seres humanos con resultados clarísimos, sólidos, no con una desviación estadística ligera que se considera significativa, sugerente o meritorioa de más estudios, sin ser contundente.

A partir de allí, apenas desde 1944, cuando la penicilina llegó a los hospitales, hemos aprendido cómo funcionan qué antibióticos, para qué bacterias son eficaces y cómo se dan mecanismos como la aparición de cepas resistentes. Lo que sabemos ocupa volúmenes y volúmenes que sustentan la teoría de la enfermedad por gérmenes patógenos y la teoría de la curación... no es un estudio aislado hecho por ahí. Lo mismo con la anestesia, las vacunas, la insulina, etc., etc. La diferencia debería ser clara para cualquiera.

Si las bases no están demostradas como tales, las conclusiones de los estudios supuestamente relacionados con sus resultados son siempre altamente especulativas. Sin contar con que tales estudios siguen sin ser concluyentes.

Si uno dice que los duendes curan mediante gotas de vino de Rioja y ven que alguien se curó después de tomar gotas de vino de Rioja, decir que ello demuestra que los duendes existan y además curan es extralimitarse.

Demostrar que la homeopatía funciona y cura es demostrar, primero, que sus bases son efectivas y reales, y después ver cómo se aplican esas bases. Pero sin la primera demostración, la causa de los resultados de estudios vagos y ocasionales sobre aparentes efectos en la salud no está determinada.

En 200 años no nos han dado ni un experimento contundente como los de Pasteur, ni un resultado como los de las vacunas o los antibióticos, ni una demostración como las de la acción de los bloqueadores de los receptores de la angiotensina que controlan la hipertensión, o como la de los antiácidos.

Y sin eso, resulta absurdo tomar en serio a las homeopatías, a cualquiera de ellas, implicando que tienen alguna efectividad y dándoles carta blanca para timar descaradamente a quienes confían en alguna de ellas.
____________
Nota 1: Esto se conoce como la "falacia del verdadero escocés", que se define como: "Cuando nos enfrentamos a un contraejemplo a una pretensión universal, en lugar de negar el contraejemplo o rechazar la pretensión universal original, esta falacia modifica el objeto de la afirmación de excluir el caso concreto o de otros similares por la retórica, sin referencia a ninguna norma objetiva específica." 
Es decir, que en transcurso de los debates se va modificando la definición de homeopatía y excluyendo de ella a todo lo que incomode para dejar la que le guste al debatiente.
Nota 2: Ésta es la falacia del "alegato especial", según la cual los principios comunes que se aplican a una categoría de afirmaciones o argumentos deben dejarse de aplicar selectivamente en ciertos casos a conveniencia de quien argumenta.

julio 03, 2012

Yo lo vi, yo lo viví

Muchas personas creen que las cosas son indudablemente reales si han tenido una experiencia personal que valoran altamente (como lo comentábamos en la entrada con el título "A mí me funciona") o porque lo han atestiguado personalmente. Lo han "visto con sus propios ojos", y ello les basta para considerar que tienen un conocimiento indudable. Y si uno expresa dudas, la persona en cuestión es capaz de marcarse un berrinche como los que hace Maradonna y que suele terminar cuando dicha persona señala al incrédulo y le pregunta, ya sea en un duro tono de narcominorista o matón de Harlem, o bien en el tono dolorido de la víctima inocente atropellada por el destino y la malevolencia ajena: "¿Me estás llamando mentiroso?"

En realidad, una persona puede no estar diciendo la verdad sobre lo que vio sin necesidad de que sea mentiroso. Basta con que sea humano, disponga de un equipo sensorial humano y tenga un cerebro humano para interpretar su realidad. Con eso tiene todo lo necesario para meter la pata continuamente sin intención de mentir. Excepto en los casos en los que, claro, está mintiendo.

Así que, siguiendo con la evidencia anecdótica, después del "a mí me funciona", la más común es la de "yo lo vi". ¿Qué vio? Fantasmas, al monstruo del Lago Ness, a un extraterrestre o a varios, a sus naves, que algo se movía sin que nadie lo tocara, una luz sospechosa, un documento que cambiaría la historia, una máquina de movimiento perpetuo, un proceso de fusión fría, hadas y gnomos o, incluso, a los pitufos, frecuentes visitantes de este blog.

Sí, usted lo vió, pero no estaba allí

"Hasta no ver no creer", dice una consigna popularísima... y profundamente equivocada.

Creer por ver no es una buena estrategia porque nuestros sentidos y los mecanismos con los que contamos para procesar lo que nos informan nuestros sentidos son, en realidad, instrumentos sumamente defectuosos. Lo que perciben puede no ser fiel a la realidad y las decisiones tomadas con base en ellos pueden no ser fiables. Nuestros sentidos y el sistema nervioso con el que interpretamos lo que perciben, no evolucionaron para ser fiables, científicos, comprobables ni precisos, sino para ayudarnos a sobrevivir. Como todo sistema de prevención de desastres, nuestros sentidos y nuestro cerebro prefieren fallar por el lado del exceso de cautela que por el del exceso de confianza. Si uno ve una sombra que se le abalanza encima en la noche, supone lo peor y actúa en consecuencia, porque es lo más útil para sobrevivir, porque cualquier movimiento entre las ramas podía ser un fiero depredador  y salir huyendo era mejor táctica que detenerse con ánimo suicida a investigar si el movimiento era, efectivamente, producido por un tigre de dientes de sable famélico y de malas o una simple liebre.

Mono verde en el parque de Amboseli
(Foto de Daryona GFDL o CC-BY-SA,
vía Wikimedia Commons)
Existe un ejemplo claro de este sistema evolutivo: los monos verdes (monos vervet o cercopitecos etíopes) son conocidos por sus llamadas de alarma ante los depredadores. Tienen "palabras" distintas para "depredador que viene del cielo" (algo así como "¡un águila, bajen todos del árbol!) y para "depredador de tierra" (que podría ser "¡leopardo, suban todos al árbol!"). Los bebés vervet suelen gritar "águila" cuando ven caer una hoja, pero al crecer aprenden a no temer a las hojas y a distinguir a las águilas.

No debemos confiar demasiado en nuestras percepciones, aunque admitirlo perjudique el altísimo concepto que solemos tener de nosotros mismos. Cuando creemos ver algo, debemos tener la capacidad de reconocer que es posible que nos engañemos o equivoquemos y que interpretemos mal lo que vemos, o bien que ni siquiera hayamos visto lo que creemos haber visto. Confiar en nuestros sentidos y actuar automáticamente tuvo, sin duda, un valor de supervivencia, pero no lo tiene siempre, y menos en los casos en los que debería entrar en escena la razón, la capacidad crítica y una sana desconfianza.

Todos hemos visto "con nuestros propios ojos" a un mago hacer desaparecer algún objeto, desde una moneda hasta la Estatua de la Libertad, o cortar a la mitad a su asistente (o a sí mismo), o volar, o desaparecer de un lugar para aparecer en otro. Sin embargo, como el mago ha sido honesto y se ha presentado como un ilusionista, sabemos que no debemos confiar en lo que vemos, sabemos que el hábil prestidigitador nos ha engañado utilizando precisamente las deficiencias de nuestros sentidos y, por supuesto, si vemos a alguien que cree que ha atestiguado un hecho sobrenatural le diremos que no es cierto sin implicar, claro, que esté mintiendo, sólo está equivocado.

Cuando fallan los sentidos

Las ilusiones ópticas nos permiten recordar que nuestra vista (como el resto de nuestros sentidos) no son precisamente la herramienta más fiable del universo. Un ejemplo:


¿Qué vemos?

Una serie de líneas que convergen y divergen, o que están dobladas, torcidas y quebradas.

Esta percepción la registró por primera vez el psicólogo británico Richard Langton Gregory, señalando que la había visto uno de sus colaboradores en una pared de un baño.

Sin embargo, independientemente de lo que nosotros vemos, las líneas son paralelas y los cuadros blancos y negros son todos del mismo tamaño.

Ante alguien que afirme que la percepción está equivocada y las líneas son paralelas, la primera reacción es considerar al crítico un ciego o un necio, que quizás no tiene "la mente abierta" a lo evidente, lo que cualquiera puede ver: las líneas son convergentes y divergentes, están dobladas y quebradas.

Pero, a riesgo de que la persona se moleste, lo razonable es hacer una prueba que determine de modo objetivo, independiente e incontrovertible quién tiene razón. En este caso, una prueba, por ejemplo, es simplemente traer un instrumento que sabemos que forma una línea recta, como una regla, por ejemplo, y aplicarla al dibujo en cuestión.


La implacable regla demuestra lo contrario de lo que percibieron nuestros sobrevalorados sentidos: la línea que parece quebrada y convergente a la superior es, en realidad, recta. Y lo son todas, formando un conjunto de líneas paralelas, lo que podemos demostrar también cambiando la luminosidad de las filas:


Las líneas son paralelas. No importa lo que usted haya visto.

Neil DeGrasse Tyson
(Foto CC de Napolean_70
http://flic.kr/p/52kCkU,
vía Wikimedia Commons)
El astrofísico Neil DeGrasse Tyson, divulgador científico, director del Planetario Hayden, futuro presentador de la segunda parte de la serie Cosmos, suele decir que es un error que llamemos "ilusiones ópticas" a este tipo de percepciones erradas. Él las llama "errores del cerebro", es decir, demostraciones clarísimas de que nuestros amados sentidos y nuestro sobrevaluado cerebro pueden ser engañados con bastante facilidad.

Saber lo que se ve

Cuando alguien dice que vio un fantasma, un yeti o una nave extraterrestre tiene un problema añadido: nadie sabe cómo serían los fantasmas, los yetis o las naves extraterrestres, si existieran. Las descripciones son tan variadas e incluso contradictorias que nos aportan poca información, y las creencias populares, los medios de comunicación, las tradiciones y la fantasía influyen para que alguien decida que lo que ha visto es eso y no otra cosa.

Lo que sí sabemos es que nuestros sentidos nos juegan malas pasadas. Creemos ver cosas que no están allí, nos equivocamos... y la única forma de saber si vimos lo que cremos haber visto es mediante otras pruebas, evidencias adicionales a las que otras personas puedan acceder de modo independiente.

Quienes proponen la existencia de maravillas asombrosas no sólo acuden con frecuencia a nada más que la evidencia anecótica, sino que pretenden que personas que no están especialmente entrenadas en la observación de ciertos fenómenos, pero que tienen una gran relevancia y respeto sociales, sean aceptados como testigos excepcionalmente buenos.

En la Edad Media la gente
creía "ver" brujas. Hoy
creen "ver" otras cosas.
(Imagen D.P. de Martin Le
France  (1410-1461),
vía Wikimedia Commons)
Entre estos testigos que se nos presentan con plus de credibilidad se incluyen con frecuencia policías, miembros de las fuerzas armadas, médicos y pilotos de aviones, ninguno de los cuales está especialmente capacitado para la observación de ciertos fenómenos. En el caso muy especial de los pilotos de aviación, los vendedores de maravillas demuestran su especial ignorancia sobre el trabajo de pilotaje. Mientras más compleja es la aeronave que comandan, los pilotos pasan menos y menos tiempo mirando por las ventanas. Su atención está –y debe estar– centrada en sus instrumentos de vuelo y ayudas para la navegación: altímetro, horizaonte artificial, indicador de la velocidad del aire, brújula magnética, giroscopio direccional, indicador de velocidad vertical, nivel de combustible, indicador de desviación del curso, indicador radiomagnético, VOR y L/MF (rutas aéreas por radio), ILS (ayuda para la aproximación y el aterrizaje) y otros. Y sus controles, claro: la columna de control, timón, alerones, acelerador, flaps. Además de los instrumentos que indican la presurización de la cabina, termómetro externo y muchísimos aspectos más.

O sea, a diferencia de lo que pueden pensar los "investigadores" de la parapsicología, la ufología y otras disciplinas confusas, difusas e imprecisas, los capitanes de aviación no pasan largas horas contemplando el cielo y aprendiendo a identificar las muchas cosas raras que hay allá arriba, incluidas cosas como las bandadas de pelícanos iluminadas por el sol del atardecer, que pueden parecer verdaderos escuadrones de naves plateadas, por poner sólo un ejemplo.

Por supuesto, lo mismo va para policías, soldados, miembros de grupos de rescate y médicos: ninguno de ellos está mejor entrenado que un ciudadano común y silvestre para diferenciar a un genuino bigfoot de un caballero con un traje de peluche, por poner sólo un ejemplo.

Pensemos en la diferencia con alguien que sí está entrenado para ver ciertos fenómenos, como los astrónomos, profesionales o aficionados, que pese a estar mirando al cielo todo el tiempo –o precisamente por esto– ven muchos menos ovnis que los no astrónomos, porque sí saben lo que pasa allá arriba, a diferencia de la gran mayoría de los testigos de "avistamientos de ovnis", que no suelen levantar la cabeza muy frecuentemente para mirar el firmamento.

Y si usted sigue creyendo que "ver es creer", recuerde la última vez que asistió a un espectáculo de magia. Por mucho que sus sentidos le dijeran que el mago partió a su asistente en tres pedazos y luego la hizo desaparecer, usted sabe, porque echa mano de su razón, que sus sentidos lo están despistando.

Y lo que perciben nuestros sentidos se empieza a alterar además inmediatamente después de haberlo percibido.

Me acuerdo perfectamente

El testimonio se ha considerado históricamente una prueba de enorme peso, lo que no deja de ser extraño cuando todos sabemos que nuestros sentidos nos engañan y nuestra memoria es poco fiable. Si con frecuencia no recordamos dónde pusimos las llaves (nuestras llaves, que nosotros voluntariamente colocamos en algún lugar que no podemos recordar) es un tanto arrogante pensar que podemos recordar con más precisión otros acontecimientos, especialmente si los percibimos en situaciones de tensión, angustia, miedo, estrés y alteraciones emocionales, como cuando somos víctimas de un robo, una agresión o un accidente violento, entre otros ejemplos..

Hacia marzo de 2009, sólo en Estados Unidos, unas 235 personas que cumplían penas de cárcel o esperaban la ejecución habían sido exoneradas por las pruebas de ADN, que contradecían a los testigos de atroces crímenes, como asesinatos y violaciones.

En el 75% de esos casos, la condena que sufrieron se basó de modo importante en una identificación incorrecta por parte de un testigo, con frecuencia una víctima.

Ciertamente, el testimonio intensamente emocional de una mujer que ha sufrido una ataque tan denigrante resulta en sí convincente, nos conmueve, evoca nuestra simpatía. Cuando señala a una persona y afirma con absoluta certeza quees quien la ha atacado, jueces y jurados consideran el tema zanjado. Y sin embargo, poco a poco hemos ido aprendiendo que las víctimas no recordaban con precisión al autor de su agresión y que por ello muchas personas han perdido años en la cárcel o, en países como Estados Unidos, han sido ejecutados.

Ni pensar lo que ha ocurrido en otros lugares del mundo, especialmente en aquéllos donde no existe la posibilidad de hacer identificaciones forenses (de ADN o de otro tipo, incluso de huellas digitales) y donde el testimonio de un mayor de 12 años puede bastar para que una mujer sea brutalmente lapidada o un sospechoso de homosexual expeditivamente ahorcado, como ocurre con frecuencia en el Afganistán de los talibanes y el Irán de Ahmadineyad.

Y no es que los testigos mientan. Si el verdadero culpable no está en el grupo entre el que se le pide que identifique al delincuente, los estudios demuestran una tendencia a elegir a algún inocente que comparta rasgos distintivos con el culpable: la forma de los ojos, la sonrisa, la voz. La actitud de la policía también puede reforzar la idea de que se ha elegido al verdadero responsable, por ejemplo, si cuando el testigo señala a una persona o una foto, uno de los policías comenta inocentemente algo como "Lo sabía", refuerza la idea de la víctima de que ha acertado.

Si nuestros sentidos fallan tan estrepitosamente en casos de inmensa gravedad, como al atestiguar un asesinato o ser testigo o víctima de una violación o intento de asesinato, no es razonable que confiemos demasiado en ellos en otros casos. Y mucho menos en la memoria que nos queda de lo que registraron.

Solemos confiar en nuestra memoria. Sin embargo, una serie de acontecimientos como el pánico por los rituales satánicos que se desarrolló en Estados Unidos llevaron a que se cuestionara la memoria, el "lo recuerdo perfectamente". Y resulta que nuestra memoria no es fiable. Gracias a estudios como los de Barbara Tversky y Elizabeth Marsh hoy sabemos que la memoria no es un registro continuo, sino que hay un sistema para almacenar recuerdos, distintas memorias, cada una con diversos subsistemas. Nuestra memoria es vaga, general (recuerda las partes importantes y rellena las demás improvisando), se ve alterada por las preguntas que se nos hacen para evocarla y puede cambiar al paso del tiempo.

Dra. Elizabeth Loftus
(Foto de BDEngler CC-BY-SA-3.0,
vía Wikimedia Commons)
La experta en memoria Elizabeth Loftus, una de las estudiosas que disipó el "pánico satánico", dice ya en un libro de 1980, cuando empezaba su: "La memoria es imperfecta. Esto se debe a que con frecuencia no vemos las cosas con precisión en primer lugar. Pero incluso si adquirimos una imagen razonablemente exacta de una experiencia, no permanece necesariamente de modo perfecto en la memoria. Hay otra fuerza en acción. Los vestigios de la memoria pueden distorsionarse. Con el paso del tiempo, con una motivación correcta, con la introducción de hechos especiales capaces interferir, los vestigios de la memoria a veces parecen cambiar o transformarse. Estas distorsiones pueden ser muy atemorizantes, porque pueden hacernos tener memorias de cosas que nunca ocurrieron. La memoria es maleable de este modo incluso entre los más inteligentes de nosotros".

Así que tenemos dos problemas: nuestros sentidos nos engañan, y la memoria con la que registramos lo que nos transmiten esos sentidos tampoco es del todo fiable y puede ser influenciada de manera determinante por nuestras creencias, nuestro entorno, lo que nos dicen, lo que pasó antes, lo que pasó después, en fin... El testimonio que da alguien sobre un acontecimiento es, en realidad, únicamente lo que esa persona cree que ocurrió. Para poder saber lo que realmente ocurrió se necesitan pruebas. Pruebas reales.

Parte de esto ya lo recorrimos en esta otra entrada sobre memorias y percepciones que le invitamos a visitar. El sencillo resumen es que nuestra memoria tampoco es un instrumento que registre la realidad de modo muy fiable.

Más evidencia anecdótica

El "yo lo vi, yo lo viví" y sus parientes cercanos, el "no lo vi, no existe" y el "me lo contaron buenas fuentes" son parte de la falacia de "evidencia anecdótica", como lo es el argumento de "a mí me funciona".

Rechazar el testimonio de nuestros sentidos o el de otra persona puede parecer agresivo o una falta de respeto, sobre todo cuando cuestionamos a alguien que hace contundentemente una afirmación especialmente difícil de tragar, como que habla con fantasmas, viaja en platillos volantes, ha estado tomándose unas cervezas con el yeti o algo similar, y esta persona nos mira acusadoramente, pone ojos de gato de Shreck y nos acusa de llamarle mentiroso.

Vamos, en muchos casos, y lo sabemos, sí, están mintiendo. Como bellacos. Sin vergüenza alguna. Son los caraduras que viven del cuento y les daría igual decir que viajaron en una nave de la Pléyades que asegurarnos que nos hemos sacado la lotería en Madagascar, como lo hacen otros timadores por correo electrónico. Son muchos en ese marginal espacio que es el "mundo del misterio" y más en la vida cotidiana.

Pero en muchos otros casos, las personas han sido honradamente engañadas por sus sentidos, su memoria o sus propias tendencias, además de su experiencia previa y conocimientos. Por eso es mucho más frecuente que vean ovnis los creyentes en las visitas de los extraterrestrres que además desconocen el cielo que se despliega sobre sus cabezas y raras veces miran hacia arriba que quienes tienen menos tendencia a creer en esa posibilidad o los astrónomos, que pese a mirar al cielo cotidianamente, no encuentran las naves maravillosas de los creyentes.

En todo caso, dudar de las afirmaciones de alguien no es "llamarlo mentiroso", sino simplemente decir "existe una posibilidad de que te equivoques", lo cual tampoco es como para montar un circo de tres pistas con elefantes sintiéndose ofendido, que todos nos equivocamos.

Si la evidencia anecdótica es inútil como evidencia si no la sustentan pruebas sólidas, contrastables e independientes del observador, el "me lo contaron" es aún peor. Toda historia que pasa de boca en boca cambia hasta volverse inidentificable, e incluso hasta ser lo opuesto de lo que era en su origen. Lo sabemos todos cuando jugamos a "teléfono descompuesto". La gente adorna las historias que le parecen reales, a veces sin darse cuenta, rellenando los huecos de la historia que le contaron.

Así se han creado no sólo leyendas e historias diversas en la historia de la humanidad, sino también horrores sin fin las historias de brujas que acabaron quemando a inocentes por montones son sólo un ejemplo, y no son asunto del pasado. Hoy, en nuestro mundo, en la India, África o Haití, hay gente asesinada, torturada y linchada porque alguien dice que son brujos. Sin pedir ni dar pruebas en favor o en contrario, sólo dicen "yo lo vi" y el acusado queda absoluta y totalmente indefenso.

Pero, ¿qué es verdad y qué no?

En la realidad, nos vemos asaltados día tras día por multitud de afirmaciones atemorizantes, interesantes, preocupantes y, sin duda alguna, contradictorias.

Hay gente dispuesta a decirnos, a afirmar contundentemente con base solamente en evidencia anecdótica que prácticamente cualquier cosa cura el cáncer (siempre que no sea la medicina basada en evidencias), que los extraterrestres nos visitan con frecuencia (o incluso que viven entre nosotros, nos dominan), que los alimentos "naturales" son mejores que los que no consideran naturales, que hay "toxinas" que se acumulan en nuestro cuerpo y tenemos que limpiarlas, que los muertos se comunican con nosotros, que la homeopatía puede curar la lepra y la sífilis, que hay máquinas de movimiento perpetuo que nos pueden dar energía gratis ilimitada, que hay visto hadas, que los santones indostanos pueden levitar y vivir sin comer, que los teléfonos móviles afectan la salud, que si ponemos los muebles de cierto modo tendremos suerte en el trabajo y en el amor, que los abdujeron los alienígenas, que si soñamos que nos persigue un tigre vamos a ganar la lotería, que algunas señoras con el pelo teñido color zanahoria se pueden comunicar telepáticamente con nuestro hámster, etcétera.

Por más que lo intentemos (y conozco a algunos que realmente se esfuerzan), no podemos creerlo todo. Necesitamos un sistema, un procedimiento para poder saber cuando algo es cierto o no. La historia de la humanidad ha sido en gran medida la búsqueda de ese sistema, de ese toque mágico para diferenciar la verdad de la falsedad. Ese sistema es la aproximación científica, y lo usamos en muchos aspectos de nuestra vida, seamos o no científicos, hagamos o no hagamos ciencia. Para estar seguros de algo, las observaciones se repiten una y otra vez, los fenómenos se miden usando aparatos que sabemos que no son engañados como nuestros sentidos, se hacen hipótesis utilizando la razón y se ponen a prueba.

Así como hay una forma correcta de sentarse, de tocar el violín o de resolver ecuaciones de segundo grado, hay formas correctas de pensar que conviene que ejercitemos, aunque simplemente sea para que nos cuenten historias emocionantes. Conocer las falacias del razonamiento en sus distintas formas es una vacuna excelente para saber diferenciar las evidencias convincentes de aquellos argumentos que parecen evidencias, pero no lo son, y sólo nos conducen al autoengaño.

No es razonable aceptar el argumento de "yo lo ví, yo lo viví". Para creer algo debemos tener pruebas sólidas, claras, que podamos analizar independientemente, que podamos replicar, que se comenten y critiquen libremente y, claro, que sea posible refutar cuando no son válidas.

Y de paso aprendemos a ser humildes con nuestras propias percepciones y a no fiarnos demasiado de ellas, cuestionándolas y buscando el conocimiento antes que la creencia.

septiembre 26, 2010

A mí me funciona

Virtulinda y los elefantes

Cada media hora, más o menos y esté donde esté, la tía Virtulinda suelta sin previo aviso un aullido desgarrador, aletea entusiasta varias veces, se mete cuatro dedos en la boca y silba el tema de la Obertura 1812 de Tchaikovsky (en riguroso mi bemol) antes de imitar el ruido de arranque de un tren mientras da tres vueltas sobre el dedo gordo del pie derecho con los ojos en blanco, al cabo de lo cual continúa la conversación como si no hubiera acontecido nada digno de mención, aunque los visitantes no advertidos suelen quedar en estado lamentable y más de un infarto al miocardio se le ha atribuido a la singular práctica de Virtulinda. Cuando se le pregunta por qué desarrolla esa inquietante sucesión de actividades, Virtulinda explica que es  para ahuyentar a los elefantes. Por supuesto, uno comenta que en Cozumel, donde vive y realiza su performance la tía Virtulinda, no hay elefantes, ante lo cual ella esboza una amplia y satisfecha sonrisa de "deber cumplido" y sentencia: "Funciona, ¿lo ves?"

La tía Virtulinda está absolutamente convencida de que "a ella le funciona" el aleteo,el silbido, el tren y las vueltas, y que esas acciones, en ese orden, son las responsables de que la paradisíaca isla del Caribe mexicano no sufra de una peligrosísima plaga de elefantes rondando por sus modestos 647 kilómetros cuadrados de superficie.

Es imposible convencer a Virtulinda de que la ausencia de paquidermos en la isla se podría deber a otras causas. Y, por supuesto, no está dispuesta a realizar el obvio experimento de suspender sus ruidos y meneos a ver si su ausencia se traduce en la aparición súbita de una manada de elefantes en Cozumel, ya fuera africanos, asiáticos o de peluche.

Y si usted le dice a Virtulinda que no hay pruebas de que sus desfiguros mantengan alejados a los elefantes, lo azotará con el látigo de nueve colas de su desprecio o, si amaneció con la ciática, lo azotará con la sartén grande, certeramente aplicada al punto anatómico donde se encuentran el parietal, el temporal y el occipital, mismos que nunca más se volverán a encontrar, dejándole bastante estropeado el gabinete de los pensares.

Cuando se habla de supuestas prácticas curativas o terapéuticas, suele llegarse a un punto en que, confrontado el creyente con el hecho de que no existen pruebas, evidencias, estudios o validaciones sólidas para la práctica que le entusiasma, sea la homeopatía, la acupuntura, la quiropráctica o los sacrificios de corderos a Apolo, procede a quitarle importancia a ese detalle diciendo: "A mí me funciona".

O sea, esta persona no necesita ni desea pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de farmacodinámica, bioquímica y fisiología, eficacia, toxicidad, riesgos varios, etc., porque considera que ya tiene una prueba suficiente: la de su propia experiencia. Con similar frecuencia, cuando alguien expresa dudas sobre la eficacia de una práctica curativa, especialmente tratándose de algunas singularmente descabelladas como el reiki, la aromaterapia, la cromatoterapia o la homeopatía, en vez de hablarse de estudios, evidencias, pruebas clínicas, etc., el proponente solicita al crítico que experimente por sí mismo la práctica curativa, convencido de que, al sentirse curado, el crítico dejará de lado también la necesidad o deseo de contar con pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de farmacodinámica, funcionamiento, eficacia, riesgos, etc.

De "La pulga snob" de Andrés Diplotti

Una lógica aplastantemente equivocada

¿Qué cadena de acontecimientos lleva a que alguien diga "a mí me funciona" respecto de tal o cual práctica supuestamente curativa?

En primer lugar, la persona tiene una enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe al que llamaremos "A". "A" puede haber  sido diagnosticado con las más recientes técnicas médicas o, cosa bastante frecuente, puede haber sido diagnosticado por la propia persona que lo padece, la vecina del dieciséis, la comadre Matatena, la tía Válamedios, una señora en la cola de la compra, un actor en horas bajas en televisión o un pseudomédico con un título obtenido por Internet y en 15 minutos (como el título de especialista en medicina homeopática que tiene este blog y que ha conseguido también mi perro Teko, can pionero si los hay). Ante este diagnóstico ya de por sí dudoso, la persona consume un producto o realiza una acción o se somete a un proceso supuestamente terapéutico a los que llamaremos "B", y que pueden ir desde el consumo de heces de cabra (remedio esencial de la "medicina" ayurvédica) o de pildoras de azúcar sin nada más que azúcar, hasta que le pasen por encima un puro de hierbas malolientes (la tal "moxibustión" china) o incluso trasladarse a París para que un actorcillo con el seso en situación de desamparo le apriete fuertemente los testículos (remedio que según el actorcillo en cuestión, Alejandro Jodorowsky, es eficacísimo para algo, creo que el tartamudeo). Pasado un tiempo no demasiado preciso, la persona siente que ha disminuido o ha desaparecido su enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe, dice que se ha curado, a lo que llamaremos "C".

Al decir "a mí me funciona", la persona expresa la absoluta convicción de que el efecto C es producto, resultado, consecuencia y efecto de B sobre A. La acción B ha causado que A desaparezca y por tanto es curativa. Asunto concluido.

El problema, claro, es que esa lógica no es tan sólida como podría parecer a primera vista. Aunque se presente con frecuencia acompañada de una pasión vociferante y farisaica, casi religiosa y de un entusiasmo un poco exagerado.

La misma lógica se usa en situaciones como la siguiente:

Mal de ojo y brujería

El niño N está sano, un día lo mira el vecino V y poco después el niño sufre una dolencia E. La conclusión de la lógica que vimos en el "a mí me funciona" es que la dolencia E fue causada o provocada por la mirada del vecino V.

¿Le parece increíble? No lo es. Es el supuesto "mal de ojo" y, por supuestamente causarlo, se ha linchado a una buena cantidad de seres humanos inocentes a lo largo de la historia. Un niño que tiene diarrea, que llora, etc., se considera con frecuencia (hoy en día y también en la Europa siglovigesimoprimérica, no en el pasado y entre tribus paleolíticas) víctima del mal de ojo, y los diarios e Internet están pletóricos de personas dispuestas a explicarnos el mal de ojo, enseñarnos cómo curarlo y hasta cobrarnos por curarlo. Mire aquí, aquí, aquíaquí o aquí sólo como ejemplos, hay literalmente cientos de miles, quizá millones de páginas en Internet que consideran que el mal de ojo es algo real.

Y no es que la gente que cree en el mal de ojo sea tonta. Como quien cree en la homeopatía, la acupuntura o cualquiera de los cientos de disciplinas pseudoterapéuticas a nuestro alcance y que quieren hurgar en nuestros bolsillos, simplemente usan una lógica incorrecta a la que le dan un valor muy superior al que tiene. Y los beneficiarios del cuento, los que hurgan en los bolsillos del inocente y se apropian los euros, no tienen ninguna intención de que aprendan una mejor lógica.

Razonablemente podemos decir que, vamos, a los niños les da diarrea continuamente, y lloran sin motivo hasta llevar a sus padres al borde de la locura y un poquito más allá, y que  las causas de la diarrea son muchísimas, no todas debidamente conocidas, y que muchas veces la diarrea se cura sola y que la diarrea y la mirada del desconocido simplemente han coincidido sin que una cause a la otra.

Y también puede serlo el que alguien se sienta mejor después de un pseudotratamiento no médico.

Si teníamos un sembradío en buenas condiciones y un día veíamos que pasaba la vecina tuerta solterona que tenía al gato negro y resultaba que poco después sufríamos una plaga y perdíamos la cosecha, no era infrecuente que la vecina tuerta fuera acusada de practicar la brujería y en no pocas ocasiones ejecutada con pocos miramientos.

El hecho de que una cosa ocurra después de otra no significa que sea causada por ella.

Claro que podemos decir que el paseo de la vecina tuerta y la plaga de la cosecha son una simple coincidencia, y evitarle a la mujer la pena de ser juzgada y condenada por bruja simplemente por decidir una relación causa-efecto que realmente no es nada fiable.

Y también puede serlo que alguien mejore después de un pseudotratamiento médico.

La falacia y la prueba

A este error se le conoce en lógica como falacia "post hoc, ergo propter hoc", latinajo que significa "después de esto, por tanto a consecuencia de esto" y que se ve mejor escrito así:


El no tener claras las causas de algo es una forma de pensamiento mágico a la que habitualmente le llamamos superstición, es decir, le atribuimos un efecto a una causa que nos parece "lógica" o simplemente nos gusta. O nos dijeron que funcionaba.

A nuestro alrededor encontramos numerosas supersticiones que caen en esa falacia: futbolistas que un día que se pusieron los calzoncillos al revés marcaron un gol, y ahora se ponen los calzoncillos al revés en todos los partidos, sin que les afecte el hecho evidentísimo de que no marcan goles en todos los partidos.

El necio que sólo ve una de las posibles causas, ya no busca más explicaciones. Cree tener una explicación correcta sobre el origen del resultado y no se plantea siquiera la posibilidad de equivocarse. Su visión cerrada, para remate, suele acompañarse con la queja de que el crítico "no tiene la mente abierta" a su cerrazón de miras, y a su afirmación sin bases y de lógica achurruscada e inútil.

Esta forma de pensar nos hace llegar a conclusiones tajante aunque en realidad no tenemos datos suficientes para sostenerla. El que nuestro estado de salud mejore después de una práctica pseudoterapéutica no demuestra que ésta haya sido la causa de la mejoría. Hay muchísimos elementos que podrían afectar el resultado, entre ellos el que estemos tomando medicamentos basados en evidencias al mismo tiempo que realizamos la práctica mágica, un cambio en el clima, el que dejemos de usar una prenda de ropa que nos provoca reacciones, lo que comemos o dejamos de comer, la calidad del aire, la presión atmosférica, nuestro estado de ánimo, la temperatura ambiente y hasta un fenómeno muy sencillo que tiene el complicado nombre de "regresión estadística", que nos dice que cuando existe un estado extremo, lo más probable es que se regrese a la situación media anterior. Por ejemplo, cuando estamos muy enfermos, lo más probable no es que empeoremos infinitamente, sino que nos sintamos mejor, asunto que sin conocerlo aprovechan muy bien numerosos vendedores de curaciones más que dudosas.

Otro elemento que es probablemente el más común es que la enfermedad corre su curso normal y desaparece como lo hacen la enorme mayoría de las afecciones. En los sitios pseudomédicos no es raro encontrarse con testimonios del tipo: "tuve gripe durante la mayor parte de una semana, pero después de unos días me sentí mejor gracias a que tomé (pócima X)". Pues no, con o sin la pócima X, el curso normal de una gripe es de una semana, donde los primeros días nos sentimos especialmente mal y luego vamos mejorando. Con o sin medicina, homeopatía, acupuntura o estridentes cantos a Changó, las gripes duran más o menos una semana.

Luego no podemos descontar las defensas de nuestro propio cuerpo. Salvo casos de especial gravedad, nuestro cuerpo se las arregla bastante bien para enfrentar y contrarrestar las enfermedades. Nuestro cuerpo tiene un complejo y bien afinado sistema inmunitario que reconoce y combate agentes patógenos (productores de enfermedades) de todo tipo, todo el tiempo. Mientras usted lee esto, las células NK de su organismo están destruyendo células infectadas por virus. Usted tiene esos virus, y bacterias, y protozoarios y células cancerosas, y procesos tóxicos de distinto tipo, y ni se entera, sigue feliz mientras sus glóbulos blancos se baten valerosamente, hasta el día en que su sistema inmunitario pierde una batalla y usted se siente mal, y busca ayuda.

Así que creer que una práctica determinada causa la curación de una enfermedad es, sin más, una superstición. ¿Cómo sabemos realmente qué es lo que causa, y en qué medida, una curación? El progreso logrado en el conocimiento del universo se lo debemos precisamente a que hemos ido conociendo las limitaciones de nuestra lógica y creamos un procedimiento (llamado "método científico") diseñado para reunir conocimientos más eficazmente y someter a prueba diversas hipótesis hasta dar con la que mejor describe los hechos. Hechos como la plaga que se cargó nuestra cosecha, la diarrea del niño y la curación o mejora que experimentamos. Sólo estudiando con una lógica adecuada los hechos podemos decir con certeza que una diarrea está causada por una salmonela y no por el mal de ojo, y que se cura con el tiempo o, en casos muy graves, con antibióticos, pero no con arsénico como creen los homeópatas.

Igualmente, tenemos el problema de que hasta los más apasionados proponentes de alguna pseudoterapia aceptan que puede existir la curación C sin que se presente la supuesta causa B. Y sin embargo, pese a ello, siempre consideran que en su caso por supuesto que la causa fue B, aunque en otros pudiera pasar algo distinto. Y la mayoría de las veces no se dan cuenta de lo contradictoria y terriblemente interesada y egolátrica que es tal visión del mundo, además de carecer absolutamente de todo rigor.

Las afirmaciones como "tienes que creerlo porque yo lo he experimentado personalmente, me funciona, yo lo he visto" pertenecen a la clase de falacias (errores de lógica) llamadas "evidencia anecdótica" y no tienen ningún valor probatorio.

Esto con frecuencia enfurece a los creyentes.

Su furia se debe a que olvidan que hay gente que afirma "a mí me funciona" respecto de las afirmaciones más extrañas y descabelladas.

El asunto no es trivial, en lo más mínimo. Cuando uno está ante dos (o más) explicaciones del mismo fenómeno, necesita tener un procedimiento fiable, de eficacia demostrada, para poder evaluar correctamente cuál es la explicación más ajustada a la realidad.

Es decir, cuando desapasionadamente vemos los hechos, resulta que en el proceso que va de A, la aparición de la enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe a C, la curación, han ocurrido muchas cosas, y ello nos plantea más preguntas que respuestas.


Para encontrar la verdadera causa de la curación C, lo que tenemos que hacer es investigar con seriedad el asunto. Estudiar a muchos enfermos que hayan padecido A, para ver cuál es el proceso normal de la enfermedad y a cuáles causas suele atribuirse. Podemos, por ejemplo, encontrar a personas que tengan la enfermedad A y, manteniendo controladas todas las demás posibles causas de una curación, hacer que la mitad de ellos se someta a los efectos de B (sustancia, práctica, ritual, etc.) y la mitad se enfrente a la enfermedad sin ayuda. Si resulta que los dos grupos se curan más o menos igual, podríamos decir que no es cierto que B cause la curación C. Aunque alguien crea que le funciona. Los estudios se hacen varias veces para asegurarnos de que el resultado no sea una coincidencia. Si B funciona, podemos empezar a ver qué dosis de B basta para, sin afectar demasiado al enfermo, provocar la curación. Si no funciona, hacemos lo mismo con C, D, E y demás.

A esto se le conoce como método científico. Simple y llanamente. Es una forma ordenada de obtener un conocimiento más fiable que el "a mí me funciona", "me dijeron", "tiene una larga tradición" o cualquier otro sistema de los que han fracasado estrepitosamente a lo largo de los milenios.

El método científico nos permite evaluar todas las posibles causas de un efecto hasta encontrar las que son, efectivamente, las responsables de tal efecto.

Más importante aún, este procedimiento nos permite averiguar cuándo y a quién "le funcionan" realmente algunos remedios. El medicamento ideal para doña Dietilamida Malamañana, rotunda diabética de 48 años, 40 de ellos sin hacer ejercicio más agotador que levantarse por la mañana, 120 kilos al ecuador, el colesterol tan alto que los aviones tienen que darle vuelta, intolerante a la lactosa y en un proceso menopáusico de 8 grados en la escala de Richter podría no ser el remedio adecuado para Aerobindo Maratones, esbelto deportista de 66 kilos, 23 primaveras, las hormonas en estado de alerta roja, un estómago capaz de digerir piedras y un habitual consumo de cerveza de tales proporciones que le han puesto una estrella con su nombre en la Oktoberfest.

El "a mí me funciona", pues, incluso en las pocas ocasiones en que fuera cierto, no es garantía de que "le funcione" a nadie más y por tanto no es razonable, sano ni cuerdo el que la gente intercambie recetas con base en el dudosísimo "a mí me funciona".

Vamos, si usted no le haría caso a su tío Frumencio, de profesión taxista, si le explicara cómo debe construir su casa o cómo hacer para reparar la red de ordenadores/computadoras de su oficina... ¿por qué le hace caso cuando le dice, injertado súbitamente en médico, que tome infusiones de hierba de nomejodas porque es buenísima para el reflujo y a él le funciona?

Ahora pregúntese usted por qué los vendedores de agua destilada (que gustan que les llamen "homeópatas" y hasta "médicos homeópatas"), los que creen en la magia de unas agujitas que afectan una energía que nadie ha visto (y que prefieren ser llamados "acupunturistas" y hasta "médicos acupunturistas"), los tuercecuellos que año tras año dejan paralíticos a muchos inocentes con sus violentas "correcciones" (a los que les gusta ser conocidos como "quiroprácticos") y otros sacacuartos que se dejaron la vergüenza en los otros pantalones y que no saben de medicina más que el tío Frumencio no quieren someter sus filfas a una comprobación con un método científico y fiable.

Siempre habrá alguien a quien "le funcione" cualquier tontería. Si le reza a Santa Tecla y se cura, supondrá que el rezo le funcionó. Si se toma una pócima de pelos de perro y ojos de sapo, supondrá que ésa fue la cura... Y como de la mayoría de las enfermedades nos curamos sin ayuda (con mayor o menor incomodidad), cualquier cosa puede parecer funcionar  para mayor gloria de los que venden cosas no probadas.

Y claro, por eso pasan los berrinches que pasan los pseudomédicos, charlatanes, curanderos y vendedores de humo imaginario cuando pese a su reticencia, sus afirmaciones acaban poniéndose a prueba y resulta que no funcionan mejor que un placebo, es decir, un falso medicamento que sólo sirve para complacer (de allí el nombre) al paciente.

Y contundentemente, a día de hoy, ni la homeopatía, ni la acupuntura, ni la quiropráctica, ni las flores de Bach, ni el reiki, ni la chorromedicina ortomolecular, ni ninguno de los miles de delirios que inventan a diario los vagos que no quieren trabajar han demostrado servir para nada.

Salvo para mantener a los vagos que se agarran al "a mí me funciona", siempre confiados en que al que "no le funcione" tampoco va a hacer demasiada alharaca, claro.

Y todo esto sin meternos, esta vez, con los horribles peligros de estas prácticas, las muertes, el dolor y la desesperación que siembran a su paso.