octubre 02, 2014
septiembre 30, 2014
La fragilidad del progreso
Por cuarto año consecutivo, los amigos de Naukas (antes Amazings) me honraron permitiéndome participar en la actividad de divulgación científica más importante de España, junto a otros 60 ponentes, en el Paraninfo de la Universidad del País Vasco, en Bilbao. Durante dos días vertiginosos pasaron por el escenario científicos y divulgadores, jóvenes y no tanto, hablando de los más diversos temas, desde nanomateriales hasta conceptualización de la ciencia, desde la misión Rosetta que está siguiendo hoy al cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko hasta el envejecimiento, desde el bosón de Higgs hasta las evidencias sobre el Big Bang, en fin... Y todo a teatro lleno, con 500 personas demostrando que la ciencia interesa si se comunica con efectividad, pasión y claridad.
Se pueden ver todas las charlas de Naukas 2014 aquí.
La experiencia se enriquece para uno como ponente, además, por la interacción entre ponentes, por el libre flujo de las ideas y la multiplicidad de intereses que se puede compartir con ellos.
En esta ocasión, hablé de "La fragilidad del progreso".
Se pueden ver todas las charlas de Naukas 2014 aquí.
La experiencia se enriquece para uno como ponente, además, por la interacción entre ponentes, por el libre flujo de las ideas y la multiplicidad de intereses que se puede compartir con ellos.
En esta ocasión, hablé de "La fragilidad del progreso".
septiembre 08, 2014
Las caras cambian cuando le ven la cara
¡Los cuadros que tengo en mi casa se mueven!
Al paso de sólo unos minutos, en un fenómeno que pondría a Íker Jiménez a cobrar convulsamente y me metería a Clara Tahoces a hacer psicofonías en la mesa de centro de la sala de estar a medianoche varios meses, he podido constatar este fenómeno que es tan misterioso, paranormal, escalofriante, erisipelante y uyuyuyante como el que está formando parte del "Refrito número doce del cuento de las Caras de Bélmez®" que Íker Jiménez le est á obsequiando a sus seguidores aprovechando que no saben cuántas veces en el pasado ha quedado en ridículo refriteando la misma historia. Público nuevo al que le puede contar lo que quiere, como quiere, omitiendo, recortando, interpretando y fantaseando con total libertad, que nadie, ni sus jefes, le exige rigor alguno.
Bueno, el caso es que a falta de monigotes mal pintados en la pared, servidor tiene en casa algunos óleos que ha podido obtener gracias a la generosidad de pintores amigos. Quise ver si realmente una imagen puede cambiar (más de lo que cambiaría una malpintada en la pared simplemente por las humedades, la difusión en el hormigón del pigmento usado para trazarlas, la luz, las reacciones químicas de los materiales de los muros y cosas así).
Me acerqué sigilosamente para sorprender al cuadro y le tomé una foto. Sólo cinco minutos después volví a deslizarme subrepticiamente en la sala y tomé una segunda fotografía... ¡la mujer del cuadro, que fingía estar dormida, se había movido!
He aquí la prueba:
¡La mano crece como si estuviera tratando de parar un golpe que se le aproxima brutalmente! ¡La mujer se gira hacia la izquierda como buscando alivio a un horror indescriptible que pone los pelos de punta! ¡Retrae la pierna como huyendo de los demonios del averno! (Siento no tener la facilidad descriptiva y adjetival de Carmen Porter, pero más o menos va así la cosa.)
Si usted cree que (además de los obvios casos de repintado) que los monigotes de Bélmez se mueven, tiene que creer que este cuadro también.
Que no es tan difícil. Cambia usted el ángulo de la toma, cambia la inclinación del objetivo respecto del plano de la imagen y si posible cambia un telefoto por un angular (en mi caso imposible, las fotos son de smartphone) y puede hacer el acojonante y "demostrativo" morphing en casa con una app de Mac que cuesta 1,79 €.
Así, la historia de las "Caras de Bélmez®" de 1971 más cutre que la aparición de una virgen en un sándwich de queso, más falsa que un ovni colgado de un hilo, más impresentable que Sandro Rey, vuelve a ser pasto de los misteriólogos y los ingenuos que creen que no son unos embusteros, y vuelven a pasarle como misterio y milagro unos monigotes pésimamente dibujados, con varios métodos, en la pared de una casa de Bélmez de la Moraleda, en la Sierra de Jaén.
Antes fue la cara de Franco, luego Íker le dio el photoshopazo del siglo a la foto de un guardia civil invirtiéndole el bigote para concluir que era "realmente" el monigote llamado "La pava", luego hubo unas "nuevas caras" que al final sólo sirvieron para que un misteriólogo delirante demandara, fracasando con todo éxito a Javier Cavanilles, por desmontar una de las subhistorias de esta fea danza, luego misteriotouroperadores que llevaban ingenuos en autocar a la "casa de las caras". La familia dueña de la casa registró la marca "Caras de Bélmez®", sacó dinero durante años y una ristra de alcaldes sacaron ventaja llegando a tirar cientos de miles de euros de ayudas europeas y dinero público en un "Centro de interpretación de las caras" que es la versión cani, pobre y decimonónica del Museo de la Creación y el fallido parque de diversiones de Von Däniken.
La enésima reinvención de este cuento, pues, con toda la tecnología, márketing y recursos técnicos dedicados a embaucar al público, sigue siendo tan cutre como en 1971. Total, la gente no se acuerda. Y dentro de diez años, cuando esto se olvide y haya nuevo público, Íker Jiménez, que ha ordeñado de modo muy rentable los monigotes pintados en la pared desde su temprana aedolescencia (nació después que las caras) reinventará el misterio para nuevos públicos.
¡Cuidado con los cuadros que tiene en su casa! ¡Esté muy atento a ver si se mueven!
Al paso de sólo unos minutos, en un fenómeno que pondría a Íker Jiménez a cobrar convulsamente y me metería a Clara Tahoces a hacer psicofonías en la mesa de centro de la sala de estar a medianoche varios meses, he podido constatar este fenómeno que es tan misterioso, paranormal, escalofriante, erisipelante y uyuyuyante como el que está formando parte del "Refrito número doce del cuento de las Caras de Bélmez®" que Íker Jiménez le est á obsequiando a sus seguidores aprovechando que no saben cuántas veces en el pasado ha quedado en ridículo refriteando la misma historia. Público nuevo al que le puede contar lo que quiere, como quiere, omitiendo, recortando, interpretando y fantaseando con total libertad, que nadie, ni sus jefes, le exige rigor alguno.
Bueno, el caso es que a falta de monigotes mal pintados en la pared, servidor tiene en casa algunos óleos que ha podido obtener gracias a la generosidad de pintores amigos. Quise ver si realmente una imagen puede cambiar (más de lo que cambiaría una malpintada en la pared simplemente por las humedades, la difusión en el hormigón del pigmento usado para trazarlas, la luz, las reacciones químicas de los materiales de los muros y cosas así).
Me acerqué sigilosamente para sorprender al cuadro y le tomé una foto. Sólo cinco minutos después volví a deslizarme subrepticiamente en la sala y tomé una segunda fotografía... ¡la mujer del cuadro, que fingía estar dormida, se había movido!
He aquí la prueba:
¡La mano crece como si estuviera tratando de parar un golpe que se le aproxima brutalmente! ¡La mujer se gira hacia la izquierda como buscando alivio a un horror indescriptible que pone los pelos de punta! ¡Retrae la pierna como huyendo de los demonios del averno! (Siento no tener la facilidad descriptiva y adjetival de Carmen Porter, pero más o menos va así la cosa.)
Si usted cree que (además de los obvios casos de repintado) que los monigotes de Bélmez se mueven, tiene que creer que este cuadro también.
Que no es tan difícil. Cambia usted el ángulo de la toma, cambia la inclinación del objetivo respecto del plano de la imagen y si posible cambia un telefoto por un angular (en mi caso imposible, las fotos son de smartphone) y puede hacer el acojonante y "demostrativo" morphing en casa con una app de Mac que cuesta 1,79 €.
Así, la historia de las "Caras de Bélmez®" de 1971 más cutre que la aparición de una virgen en un sándwich de queso, más falsa que un ovni colgado de un hilo, más impresentable que Sandro Rey, vuelve a ser pasto de los misteriólogos y los ingenuos que creen que no son unos embusteros, y vuelven a pasarle como misterio y milagro unos monigotes pésimamente dibujados, con varios métodos, en la pared de una casa de Bélmez de la Moraleda, en la Sierra de Jaén.
Antes fue la cara de Franco, luego Íker le dio el photoshopazo del siglo a la foto de un guardia civil invirtiéndole el bigote para concluir que era "realmente" el monigote llamado "La pava", luego hubo unas "nuevas caras" que al final sólo sirvieron para que un misteriólogo delirante demandara, fracasando con todo éxito a Javier Cavanilles, por desmontar una de las subhistorias de esta fea danza, luego misteriotouroperadores que llevaban ingenuos en autocar a la "casa de las caras". La familia dueña de la casa registró la marca "Caras de Bélmez®", sacó dinero durante años y una ristra de alcaldes sacaron ventaja llegando a tirar cientos de miles de euros de ayudas europeas y dinero público en un "Centro de interpretación de las caras" que es la versión cani, pobre y decimonónica del Museo de la Creación y el fallido parque de diversiones de Von Däniken.
La enésima reinvención de este cuento, pues, con toda la tecnología, márketing y recursos técnicos dedicados a embaucar al público, sigue siendo tan cutre como en 1971. Total, la gente no se acuerda. Y dentro de diez años, cuando esto se olvide y haya nuevo público, Íker Jiménez, que ha ordeñado de modo muy rentable los monigotes pintados en la pared desde su temprana aedolescencia (nació después que las caras) reinventará el misterio para nuevos públicos.
¡Cuidado con los cuadros que tiene en su casa! ¡Esté muy atento a ver si se mueven!
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agosto 08, 2014
Querer no es poder
La imagen es recurrente en la autoayuda, la magia y la política: el deseo intenso, sincero, profundo por lograr algo es lo único que se necesita para que se haga realidad.
En Peter Pan, "podemos volar" se convierte en la clave mágica que, repetida con todo el corazón, hace que los niños del cuento puedan volar.
El secreto y otros libros basan todo su discurso en que el deseo humano, por sí mismo, sin necesidad de convertirse en acción, sin esfuerzo, trabajo y el riesgo de fracasar, puede lograr que el lector consiga cuanto anhela su corazón.
"Los obstáculos", repiten los gurús (y no sólo los gurús), sólo están en nuestra cabeza, en nuestro espíritu, en nuestra actitud incorrecta ante el mundo. (Se sigue, por cierto, que todo cuanto nos pasa es culpa nuestra, no hay un contexto externo digno de ser tenido en cuenta.)
El esclavo, en esta concepción del mundo, lo es porque no quiere ser libre. O no lo quiere con la suficiente intensidad o sinceridad o profundidad. Lo cual es una comodidad increíble para el esclavista.
Algunos grupos esotéricos, religiosos o de "control mental" llegan a prometer a sus cliente que si paga el número suficiente de sesiones de indoctrinación, obviedades y zarandajas, podrá hacer aparecer una plaza para dejar el auto a la hora pico en el centro de una bulliciosa ciudad porque habrá aprendido a creerlo como debe hacerlo.
Recientemente, un partido de nuevo cuño ha reivindicado el deseo (que en la neolengua de los políticos se llama "voluntad política") como mecanismo de cambiar el mundo. Entre otros varios ejemplos, uno de sus líderes explicaba que la edad de jubilación se fijaba sólo en términos de "voluntad política" y que los anteriores gobiernos no han ofrecido la jubilación a los 60 años (tremendo caramelo, sobre todo para quienes tienen trabajos poco gratificantes, agotadores y peligrosos) porque no han querido, mientas que la formación que él capitanea sí estaba decidida a decretar la jubilación a los 60. Cuando se le preguntó cómo se manejaría el tema económicamente, cuánto costaría y quién lo pagaría, su respuesta fue que eso no importaba porque "los técnicos" sabrían cómo hacerlo si ellos en el gobierno lo legislaban así. Lo cual es un poco como legislar que las abejas no pueden volar sobre una ciudad, como se ha hecho en la ciudad de Kirkland, Illinois, al parecer con escaso éxito.
¿Por qué no se curan el ébola, la malaria, el cáncer, el sida, la diabetes, el hambre, la pobreza y la injusticia, entre otros males? No es que haya limitaciones físicas, realidades tozudas, escasez de recursos, imposibilidades materiales... es que los gobiernos, los ricos, los poderosos "no quieren".
(Por supuesto que hay cosas que no se hacen porque no conviene o no se quiere, pero ésas son identificables y demandables, en su contexto y con los datos pertinentes. No se trata de exculpar a nadie que tenga responsabilidades, pero sí de no distribuir culpas colectivas por pereza de entender que el mundo es complejo.)
Por ejemplo, en cuanto se aplicó u suero experimental a dos estadounidenses infectados de ébola como medida desesperada (y criticable y criticada por los riesgos), los conspiranoicos saltaron diciendo que la gente estaba muriendo enÁfrica porque los malvados de siempre "no querían" salvarlos.
La realidad, por supuesto, no es así, y es exquisitamente compleja, como lo saben quienes saben o quieren informarse, como nos lo cuenta Andrés Rodríguez-Seijo brillantemente en su blog Ciencias y cosas.
La magia (y la religión como una de las formas más sofisticadas de la magia) tiene precisamente como una de sus características que pretende que la voluntad humana (como la voluntad superior o "iluminada" del chamán) baste para efectuar cambios trascendentes y relevantes en el universo. El pensamiento mágico, en su estremecedora simpleza, pretende que las relaciones causales que conocemos y cuya operación podemos confirmar cotidianamente, son ilusorias y caprichosas. De ahí su rechazo a la ciencia y al pensamiento materialista y naturalista. Para mantener la ilusión y el negocio, en proporciones variables, debe creer que querer es poder.
La tozuda realidad nos dice que no es así, por supuesto. Para volar hay que querer volar (aunque todos conocemos a personas que no quieren volar y abordan los aviones pálidos, desencajados y con la boca seca como estopa... Y vuelan). Pero además de querer hay que observar como Leonardo, experimentar, romperse algún hueso, desarrollar el motor a explosión y ser expertos en bicicletas. Al menos así lo hicieron los hermanos Wright.
Cuando creemos en las soluciones fáciles que nos ofrecen los que aseguran que querer es poder estamos renunciando parcialmente a nuestra madurez, a nuestra razón, a nuestro conocimiento del mundo, como los niños de Peter Pan que creen que para volar basta querer hacerlo. Aunque nuestra racionalidad nos diga que si saltamos por esa ventana, nuestro futuro está abajo, no surcando el viento.
Ya serán los gurús, los chamanes, los de la autoayuda y los demagogos los que, mientras caemos, con nuestro dinero se compren un billete de avión para volar con certeza.
En Peter Pan, "podemos volar" se convierte en la clave mágica que, repetida con todo el corazón, hace que los niños del cuento puedan volar.
El secreto y otros libros basan todo su discurso en que el deseo humano, por sí mismo, sin necesidad de convertirse en acción, sin esfuerzo, trabajo y el riesgo de fracasar, puede lograr que el lector consiga cuanto anhela su corazón.
"Los obstáculos", repiten los gurús (y no sólo los gurús), sólo están en nuestra cabeza, en nuestro espíritu, en nuestra actitud incorrecta ante el mundo. (Se sigue, por cierto, que todo cuanto nos pasa es culpa nuestra, no hay un contexto externo digno de ser tenido en cuenta.)
El esclavo, en esta concepción del mundo, lo es porque no quiere ser libre. O no lo quiere con la suficiente intensidad o sinceridad o profundidad. Lo cual es una comodidad increíble para el esclavista.
Algunos grupos esotéricos, religiosos o de "control mental" llegan a prometer a sus cliente que si paga el número suficiente de sesiones de indoctrinación, obviedades y zarandajas, podrá hacer aparecer una plaza para dejar el auto a la hora pico en el centro de una bulliciosa ciudad porque habrá aprendido a creerlo como debe hacerlo.
Recientemente, un partido de nuevo cuño ha reivindicado el deseo (que en la neolengua de los políticos se llama "voluntad política") como mecanismo de cambiar el mundo. Entre otros varios ejemplos, uno de sus líderes explicaba que la edad de jubilación se fijaba sólo en términos de "voluntad política" y que los anteriores gobiernos no han ofrecido la jubilación a los 60 años (tremendo caramelo, sobre todo para quienes tienen trabajos poco gratificantes, agotadores y peligrosos) porque no han querido, mientas que la formación que él capitanea sí estaba decidida a decretar la jubilación a los 60. Cuando se le preguntó cómo se manejaría el tema económicamente, cuánto costaría y quién lo pagaría, su respuesta fue que eso no importaba porque "los técnicos" sabrían cómo hacerlo si ellos en el gobierno lo legislaban así. Lo cual es un poco como legislar que las abejas no pueden volar sobre una ciudad, como se ha hecho en la ciudad de Kirkland, Illinois, al parecer con escaso éxito.
¿Por qué no se curan el ébola, la malaria, el cáncer, el sida, la diabetes, el hambre, la pobreza y la injusticia, entre otros males? No es que haya limitaciones físicas, realidades tozudas, escasez de recursos, imposibilidades materiales... es que los gobiernos, los ricos, los poderosos "no quieren".
(Por supuesto que hay cosas que no se hacen porque no conviene o no se quiere, pero ésas son identificables y demandables, en su contexto y con los datos pertinentes. No se trata de exculpar a nadie que tenga responsabilidades, pero sí de no distribuir culpas colectivas por pereza de entender que el mundo es complejo.)
Por ejemplo, en cuanto se aplicó u suero experimental a dos estadounidenses infectados de ébola como medida desesperada (y criticable y criticada por los riesgos), los conspiranoicos saltaron diciendo que la gente estaba muriendo enÁfrica porque los malvados de siempre "no querían" salvarlos.
La realidad, por supuesto, no es así, y es exquisitamente compleja, como lo saben quienes saben o quieren informarse, como nos lo cuenta Andrés Rodríguez-Seijo brillantemente en su blog Ciencias y cosas.
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"Baba Raúl Cañizares", presunto santero (Foto CC de Jeff Goodman vía Wikimedia Commons) |
La tozuda realidad nos dice que no es así, por supuesto. Para volar hay que querer volar (aunque todos conocemos a personas que no quieren volar y abordan los aviones pálidos, desencajados y con la boca seca como estopa... Y vuelan). Pero además de querer hay que observar como Leonardo, experimentar, romperse algún hueso, desarrollar el motor a explosión y ser expertos en bicicletas. Al menos así lo hicieron los hermanos Wright.
Cuando creemos en las soluciones fáciles que nos ofrecen los que aseguran que querer es poder estamos renunciando parcialmente a nuestra madurez, a nuestra razón, a nuestro conocimiento del mundo, como los niños de Peter Pan que creen que para volar basta querer hacerlo. Aunque nuestra racionalidad nos diga que si saltamos por esa ventana, nuestro futuro está abajo, no surcando el viento.
Ya serán los gurús, los chamanes, los de la autoayuda y los demagogos los que, mientras caemos, con nuestro dinero se compren un billete de avión para volar con certeza.
junio 19, 2014
Divulgar, informar, enseñar...
Éste fue el primer taller que impartí para el Centro Regional de Formación del Profesorado de Castilla-La Mancha el 1º de abril con el título "Divulgar, informar, enseñar... herramientas para comunicar ciencia con efectividad". El segundo taller puede verse aquí.
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