octubre 05, 2010

Premio de ¿comunicación? a "Rappel"

"Había una vez un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos. Y había también un príncipe malo, una bruja hermosa y un pirata honrado", escribía José Agustín Goytisolo y cantaba Paco Ibáñez. En ese mundo al revés que soñaba el poeta catalán también se toma a un embustero profesional que engaña desvergonzadamente a todos a su alrededor y se le da un premio por inundar los medios de comunicación con falsedades perjudiciales para su sociedad.

Es el mundo del revés con el que nos encontramos esta mañana al enterarnos de que "Rappel", que es como se hace conocer el pseudovidente Rafael Payá Pinilla, "charlatán esperpento" de excepción ha sido galardonado con un premio "Antena de oro" por su acercamiento "de la astrología, parapsicología y otras ciencias a los medios audiovisuales".

El despropósito es colosal, tanto que la indignación no deja de estar acompañada por una sonora carcajada ante tal monumento a la sandez. De un plumazo, la astrología y la parapsicología son declaradas "ciencias" por quienes conceden el premio. Y del anterior plumazo se enseña a la sociedad española y sus alrededores que contar mentiras y engañar vilmente a la sociedad haciéndole creer que se tienen "poderes" que nunca se han demostrado, y desorientar a grandes públicos haciendo uso del aparato televisual es algo digno de ser premiado.

Pero no premiado por las revistas dedicadas a la misma trapacería (y que florecen con anuncios de "Rappel" y sus cómplices) o sitios esotéricos y clubes de embaucadores, sino por la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión de España, organización que debería tener alguna idea de la ética en el manejo de los medios de comunicación.

El premio en cuestión, no demasiado prestigioso, ya había caído en una atrocidad similar al galardonar en 2004 a Íker Jiménez, adalid del antiperiodismo, la contraética y la pseudoinformación, quien se ha construido una colosal fortuna con la impunidad que le concede el Grupo Prisa, desarrollando un periodismo no sólo pletórico de falsedades demostrables, sino profundamente amarillo, sanguinario, escandaloso y desprovisto de todo respeto por las personas que tienen la desgracia de ser presas de su avaricia irresponsable.

Los medios de comunicación vuelven a hacer el ridículo. Esto no es noticia, por supuesto. Sin embargo, los daños sociales de este premio son verdaderamente preocupantes.

Los encargados de conceder este premio mediante decisiones evidentemente nada democráticas ni transparentes le están diciendo a la sociedad española que la astrología y la parapsicología son ciencias, y por lo tanto respetables y tan fiables como la física o los cálculos de los ingenieros que diseñan aviones.

Están diciendo que las historias de los adivinadores son buena comunicación, comunicación que debe destacarse y premiarse por encima de, digamos, la divulgación de la ciencia o el periodismo que denuncia desgracias humanas, tropelías de díazferranes o escándalos de pederastia eclesial.

Están diciéndole a la gente que puede poner, con toda confianza, su credibilidad, sus problemas, sus angustias, sus sueños y el diseño de sus proyectos a futuro en manos de mangantes desvergonzados, sin importar que continuamente rebuznen ofreciendo a los micrófonos predicciones, profecías y videncias que no se cumplen.

María Elena Walsh, la compositora argentina, también cantaba en su "Reino del revés": "Me dijeron que en el Reino del Revés / nadie baila con los pies, / que un ladrón es vigilante y otro es juez, / y que dos y dos son tres".

Hoy podría anotar que en el Reino del Revés, la mendacidad es comunicación y el engaño, si bien cobrado, es motivo de admiración. Y en lugar de ser enjuiciados por engañar a quienes les sacan el dinero para vivir como gángsters de película, los "videntes de la tele" son agasajados y galardonados.

octubre 04, 2010

Periodismo eructo

Admitámoslo, salvo lo que son estrictamente noticias (y no todas), el resto de la oferta de los medios españoles supuestamente informativos, y muy especialmente la televisión, ya la vimos. La vimos una y otra vez, tomada desde la derecha y desde la izquierda, en analógico y digital, en resolución normal y en HDTV, con reporteros simplones y reporteras ilusionadas y poco avisadas, con equipos de la televisión privada y de la televisión pública. Es periodismo de recetario de restaurante limitadito, periodismo-eructo que se repite una y otra vez, y especialmente en el terreno del esoterismo, el ocultismo, la superstición y la tarea de divorciar a los ciudadanos de su dinero acudiendo a pachangas sobrenaturales.

Periódicamente recibo una llamada de algún  programa de Antena 3 o de Telecinco, y más infrecuentemente de alguna emisora regional (nunca de Asturias, será que aquí ya me conocen) o de un reportero o reportera de prensa en situación de desamparo que me dicen, más o menos, lo mismo siempre:
"Soy del programa de (aquí va el presentador debidamente maquillado) y estamos haciendo un reportaje sobre (videntes o curanderos). Me encontré con su blog (pero no me preocupé mucho en leerlo) y quería saber si usted tiene (así, en un cajón o en un bolsillo de los otros pantalones) a personas que hayan sido estafadas por (videntes o curanderos) para que aparecieran en nuestro programa porque vamos a denunciar esta estafa en un reportaje."
Mi respuesta es también más o menos la misma siempre, y dice así:
"No, mire, no tengo a nadie, porque debe usted tener presente que alguien que haya dejado una fuerte cantidad en manos de un estafador, cuando no un miembro que tuvo que amputarse, la vida de alguno de sus seres queridos o su propia salud, no suele estar interesado en presentarse ante el público a decir que le han visto la cara de gil, salvo que sea tertuliano profesional, y de ésos no conozco. Si me permite, creo que lo que deberían ustedes hacer es dar a conocer los mecanismos de la estafa, cómo hacen creer los videntes que lo son o en qué se basan los curanderos  para que sus víctimas crean que los han curado, e incluso confrontarlos públicamente y desafiarlos a que demuestren con hechos sus afirmaciones, lo cual sería mucho más útil para su público."
Aquí habitualmente se crea una pausa incómoda. Primero, mi interlocutor al parecer dedica unos segundos a preguntarse quién coños se cree ese tipo de acento raro para decir qué es o no es útil para el público. Después, se le ocurre que quizá estoy tratando de presentarme candidato para que me inviten al programa y hacerme rico y famoso. Quizá como última idea, en el fondo de su cerebro un viejo profesor repite algo sobre deontología y ética informativa, pero rápidamente acuden los ejecutivos de la cadena que viven en el cerebro del reportero y amordazan al pesado del profesor (que por algo está dando clases en una universidad y no conduciendo un programa de telebasura rosa) mientras gritan que la publicidad y no el público es la que paga y aseguran que los resultados financieros son responsabilidad del reportero o reportera, que obviamente se asusta.

La conversación luego puede asumir otros derroteros. Preguntan si conozco alguna organización, grupo, club, cofradía o tienda de segunda mano donde "tengan" existencias de posibles entrevistados/estafados que "den juego" en la tele y explico que no, que en España (y en el mundo en general) nadie se ocupa de estas personas salvo para sacarlas en televisión, cuando incluso los jueces se niegan a condenar a quienes los estafan lo cual entra en el concepto de "encima de cornudo apaleado".

Puede ser que alguno me pregunte por un "científico" o de menos "catedrático" que puedan criticar a los videntes y curanderos en televisión (mismos videntes y curanderos a los que NO les piden que los valide un científico o un catedrático para promoverlos, claro). Entonces explico que esta labor generalmente la hacen los periodistas de divulgación porque los científicos habitualmente -y para fortuna de todos- se ocupan de hacer ciencia y no comunicación.

Lo que viene después, más o menos prolongado es tiempo perdido, claro. Y al final el reportero se va a buscar otro lugar donde "tengan" al tertuliano a medida que le han mandado a conseguir.

Ahora me toca a mí

Todo esto me lo recordó hoy el reportaje sobre videntes emitido por Tele Cinco en el programa de Ana Rosa. No, para éste no me llamaron, pero el esquema lo ha visto usted hasta el hartazgo en programas de mañana, tarde o noche:
  1. Valiente reportera va con una serie de videntes contándoles una trola que los videntes se tragan sin masticar, sin desplumar y sin sal (en el programa de hoy, les contaba un falso embarazo y preguntaba si el niño era del marido o del amante).
  2. Los videntes, como era de esperarse, no le atinan ni al mundo en sus "videncias" y dicen más o menos lo que creen que la clienta/víctima quiere oír.
  3. Esto se presenta casi como una hazaña periodística similar a la de Watergate, lo nunca visto, asombro, estupor, emoción y futuro Pulitzer
  4. Se procede a la tertulia.
La terulia, a su vez, tiene un esquema prediseñado que usted también ha visto hasta aprendérsela de memoria:
  1. El locutor habla de "falsos videntes" o "falsos curanderos", dejando claro que los hay "verdaderos" para no meterse en líos, pues las cadenas suelen tener negocios con estos embusteros, ya sea como sus empleados (Rappel, Octavio Aceves, Aramís Fúster y otros distinguidos frikis) o como clientes que les alquilan su horario nocturno para anunciarse y conseguir víctimas, o porque los presentadores mismos son sus clientes y no van a poner en duda sus propias supersticiones.
  2. Los tertulianos están todos de acuerdo en que sí hay "verdaderos" videntes o curanderos.
  3. Todos se asombran al unísono de que los videntes no descubran el engaño ni tengan acierto alguno, probablemente porque esperaban otra cosa.
  4. Alguno hace brevemente de escéptico (en este caso, Alessandro Lequio y Marta Sánchez, "tertulianos" profesionales).
  5. Una vez habiéndose burlado de los "falsos" videntes, el presentador (en este caso Ana Rosa Quintana) sale en defensa de los "verdaderos" declarando algo así como "a mí una vez me atinaron en todo".
  6. Después viene la oportunidad de defender un poco a los pobres "falsos" videntes preguntando, por ejemplo, si mentirles "impide la videncia".
  7. Algún tertuliano echa mano de sus intachables fuentes informativas afirmando: "El otro día me dijeron..."
  8. Se le quita importancia a la estafa porque "sólo son veinte euros" (Lequio) o "es como ir al psicólogo (Marta).
  9. En raras ocasiones se invita a un verdadero crítico de lo supuestamente sobrenatural, más que nada para presentarlo al principio e impedir que hable mucho durante el segmento. Si el crítico se apodera de la palabra durante más de doce segundos, el presentador va a publicidad y al regresar no vuelve a darle oportunidad alguna al aguafiestas.
  10. Se llama a un "verdadero vidente" (en este caso Elena Jiménez, vidente del programa y también tertuliana profesional de TeleCinco) que jura que no cobra, le zumba a los falsos videntes, afirma que su caso es distinto y que él o ella no habría sido engañado (nadie lo intentó, por supuesto), se hace publicidad para su "consulta" y sonríe (en vivo o por teléfono).
  11. Todos se queden muy contentos. Publicidad.
Lo que no hacen estos reportajes-eructo es, sin embargo, lo que deberían hacer:
  1. Acudir a magos y divulgadores para explicar el mecanismo de la estafa.
  2. Denunciar la impunidad fiscal, legal y social de estos personajes y entrevistar a políticos, jueces, abogados y psicólogos para valorar el daño que pueden hacer estas prácticas supersticiosas.
  3. Buscar fuentes sobre la inexistencia de videntes "reales" e informar de ellas a su público.
  4. Asumir y recomendar una posición crítica ante las afirmaciones extrañas y preternaturales.
Lo fácil es asumir mala fe de directivos, presentadores, tertulianos y reporteros, claro, como si supieran que realmente no hay "videntes verdaderos", como si ejercitaran el pensamiento crítico y, malévolamente, se hicieran parte de la estafa mientras se ríen de nuestra ingenuidad.

Es criticable, sin duda, que repitan una y otra vez los mismos reportajes poco útiles, poco informativos y desprovistos de todo indicio de originalidad, pero su visión sobre cosas como la videncia, las pseudomedicinas, los fantasmas y demás falsos enigmas es normalmente de ignorancia e ingenuidad, y eso es lo que promueven.

Pero lo verdaderamente criticable es que algunos de sus empleados, reporteros, presentadores y tertulianos, estén al tanto de la existencia de una posición crítica, cuestionadora, basada en hechos y datos, ejemplificada en numerosos blogueros y divulgadores científicos no sólo en el ciberespacio, sino en la prensa y en la radio, y sin embargo al final se opte por no abrirles las puertas en la mayoría de los casos y mantener esta posición oculta a ojos de sus televidentes.

Lo evidente es que se trata de "hacer tele", no de informar, ni hacer pensar.

Y de repetir lo que atrae público, sin importar sus consecuencias.

septiembre 29, 2010

Astrología en la universidad

Actualización el 1º de octubre: La Universidad de Alicante afirma que no puede impedir la reunión de brujos porque cumplieron los requisitos para solicitar el local donde mañana 2 de octubre celebrarán su aquelarre. Sin embargo, el diario Público ha descubierto que la Sociedad Astrológica Española al hacer su solicitud ante Extensión Universitaria de la UA ocultó que era una función de cobro: 20 euros para los ingenuos sin patente, 10 euros para los miembros de dicha sociedad astrológica y 5 euros para los estudiantes, futuros clientes de los agoreros que organizan el sarao. ¿Y aún así tiene que permitirse el desfiguro de mañana?
Actualización el 30 de septiembre: Luis Alfonso Gámez, en su blog Magonia informa de que los astrónomos de la Universidad de Alicante, un total de 10 profesores, investigadores, catedráticos y doctorandos, han expresado públicamente en una carta al rector su rechazo a la presencia de brujos en la Universidad. ¿Podría estar en riesgo la habitual impunidad de los ocultistas cuando toman por asalto los espacios de la ciencia a la que denigran? Veremos.
Una asociación de adivinos ha conseguido, a saber cómo, hacerse del uso de las instalaciones de la Universidad de Alicante para una jornada de "Divulgación astrológica" destinada a promover la superstición y aumentar la clientela de estos augures.

No repetiré lo que ya han dicho otros blogueros, así que recomiendo tanto la visita a Magonia, de Luis Alfonso Gámez, como a la tristemente creciente Lista de la vergüenza.

Esta actividad, que tiene tanto lugar en una universidad como la podría tener una celebración de sacrificios de corderos a Baal, ha provocado que el Presidente de la Sociedad Española de Astronomía, Emilio J. Alfaro, remita una carta al rector de la Universidad de Alicante que puede usted leer en los blogs de Javier Armentia y de  José María Mateos, y supongo que estará en otros lugares.

Este blog le propone a usted que no se quede callado si considera igualmente escandaloso que los espacios de la inteligencia y el conocimiento sean ocupados por videntes y brujos, y a su vez le haga llegar su inquietud al señor rector, que muy probablemente apenas se está enterando de que alguien ha metido la pata con entusiasmo.

Si se hace camino al andar, hace unos minutos hemos remitido el siguiente mensaje al señor rector de la Universidad de Alicante, a su dirección pública rector@ua.es, y le invitamos a hacer lo propio, con esta redacción o con una mejor, por supuesto.
Estimado Sr. Rector, 
Quiero hacerme eco de la carta que le ha remitido don Emilio J. Alfaro, Presidente de la Sociedad Española de Astronomía respecto de la muy lamentable acogida que la Universidad de Alicante hará de una actividad relacionada con la magia representativa, la superstición y la antiinteligencia, a cargo de un grupo de astrólogos. 
Secundo la petición de que las instalaciones de la Universidad de Alicante, como verdadero templo de la actitud inteligente y de investigación científica del universo, no se cedan a la magia, la superchería y el embuste. 
Por contra, sugeriría que se planteara la posibilidad de realizar más jornadas abiertas de astronomía divulgativa para la población en general, en seguimiento de las actividades de la Noche de los Investigadores que se celebró hace pocos días. 
Respetuosamente, 
    Mauricio-José Schwarz 
    Periodista y divulgador científico

septiembre 26, 2010

A mí me funciona

Virtulinda y los elefantes

Cada media hora, más o menos y esté donde esté, la tía Virtulinda suelta sin previo aviso un aullido desgarrador, aletea entusiasta varias veces, se mete cuatro dedos en la boca y silba el tema de la Obertura 1812 de Tchaikovsky (en riguroso mi bemol) antes de imitar el ruido de arranque de un tren mientras da tres vueltas sobre el dedo gordo del pie derecho con los ojos en blanco, al cabo de lo cual continúa la conversación como si no hubiera acontecido nada digno de mención, aunque los visitantes no advertidos suelen quedar en estado lamentable y más de un infarto al miocardio se le ha atribuido a la singular práctica de Virtulinda. Cuando se le pregunta por qué desarrolla esa inquietante sucesión de actividades, Virtulinda explica que es  para ahuyentar a los elefantes. Por supuesto, uno comenta que en Cozumel, donde vive y realiza su performance la tía Virtulinda, no hay elefantes, ante lo cual ella esboza una amplia y satisfecha sonrisa de "deber cumplido" y sentencia: "Funciona, ¿lo ves?"

La tía Virtulinda está absolutamente convencida de que "a ella le funciona" el aleteo,el silbido, el tren y las vueltas, y que esas acciones, en ese orden, son las responsables de que la paradisíaca isla del Caribe mexicano no sufra de una peligrosísima plaga de elefantes rondando por sus modestos 647 kilómetros cuadrados de superficie.

Es imposible convencer a Virtulinda de que la ausencia de paquidermos en la isla se podría deber a otras causas. Y, por supuesto, no está dispuesta a realizar el obvio experimento de suspender sus ruidos y meneos a ver si su ausencia se traduce en la aparición súbita de una manada de elefantes en Cozumel, ya fuera africanos, asiáticos o de peluche.

Y si usted le dice a Virtulinda que no hay pruebas de que sus desfiguros mantengan alejados a los elefantes, lo azotará con el látigo de nueve colas de su desprecio o, si amaneció con la ciática, lo azotará con la sartén grande, certeramente aplicada al punto anatómico donde se encuentran el parietal, el temporal y el occipital, mismos que nunca más se volverán a encontrar, dejándole bastante estropeado el gabinete de los pensares.

Cuando se habla de supuestas prácticas curativas o terapéuticas, suele llegarse a un punto en que, confrontado el creyente con el hecho de que no existen pruebas, evidencias, estudios o validaciones sólidas para la práctica que le entusiasma, sea la homeopatía, la acupuntura, la quiropráctica o los sacrificios de corderos a Apolo, procede a quitarle importancia a ese detalle diciendo: "A mí me funciona".

O sea, esta persona no necesita ni desea pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de farmacodinámica, bioquímica y fisiología, eficacia, toxicidad, riesgos varios, etc., porque considera que ya tiene una prueba suficiente: la de su propia experiencia. Con similar frecuencia, cuando alguien expresa dudas sobre la eficacia de una práctica curativa, especialmente tratándose de algunas singularmente descabelladas como el reiki, la aromaterapia, la cromatoterapia o la homeopatía, en vez de hablarse de estudios, evidencias, pruebas clínicas, etc., el proponente solicita al crítico que experimente por sí mismo la práctica curativa, convencido de que, al sentirse curado, el crítico dejará de lado también la necesidad o deseo de contar con pruebas de laboratorio, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos, análisis de farmacodinámica, funcionamiento, eficacia, riesgos, etc.

De "La pulga snob" de Andrés Diplotti

Una lógica aplastantemente equivocada

¿Qué cadena de acontecimientos lleva a que alguien diga "a mí me funciona" respecto de tal o cual práctica supuestamente curativa?

En primer lugar, la persona tiene una enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe al que llamaremos "A". "A" puede haber  sido diagnosticado con las más recientes técnicas médicas o, cosa bastante frecuente, puede haber sido diagnosticado por la propia persona que lo padece, la vecina del dieciséis, la comadre Matatena, la tía Válamedios, una señora en la cola de la compra, un actor en horas bajas en televisión o un pseudomédico con un título obtenido por Internet y en 15 minutos (como el título de especialista en medicina homeopática que tiene este blog y que ha conseguido también mi perro Teko, can pionero si los hay). Ante este diagnóstico ya de por sí dudoso, la persona consume un producto o realiza una acción o se somete a un proceso supuestamente terapéutico a los que llamaremos "B", y que pueden ir desde el consumo de heces de cabra (remedio esencial de la "medicina" ayurvédica) o de pildoras de azúcar sin nada más que azúcar, hasta que le pasen por encima un puro de hierbas malolientes (la tal "moxibustión" china) o incluso trasladarse a París para que un actorcillo con el seso en situación de desamparo le apriete fuertemente los testículos (remedio que según el actorcillo en cuestión, Alejandro Jodorowsky, es eficacísimo para algo, creo que el tartamudeo). Pasado un tiempo no demasiado preciso, la persona siente que ha disminuido o ha desaparecido su enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe, dice que se ha curado, a lo que llamaremos "C".

Al decir "a mí me funciona", la persona expresa la absoluta convicción de que el efecto C es producto, resultado, consecuencia y efecto de B sobre A. La acción B ha causado que A desaparezca y por tanto es curativa. Asunto concluido.

El problema, claro, es que esa lógica no es tan sólida como podría parecer a primera vista. Aunque se presente con frecuencia acompañada de una pasión vociferante y farisaica, casi religiosa y de un entusiasmo un poco exagerado.

La misma lógica se usa en situaciones como la siguiente:

Mal de ojo y brujería

El niño N está sano, un día lo mira el vecino V y poco después el niño sufre una dolencia E. La conclusión de la lógica que vimos en el "a mí me funciona" es que la dolencia E fue causada o provocada por la mirada del vecino V.

¿Le parece increíble? No lo es. Es el supuesto "mal de ojo" y, por supuestamente causarlo, se ha linchado a una buena cantidad de seres humanos inocentes a lo largo de la historia. Un niño que tiene diarrea, que llora, etc., se considera con frecuencia (hoy en día y también en la Europa siglovigesimoprimérica, no en el pasado y entre tribus paleolíticas) víctima del mal de ojo, y los diarios e Internet están pletóricos de personas dispuestas a explicarnos el mal de ojo, enseñarnos cómo curarlo y hasta cobrarnos por curarlo. Mire aquí, aquí, aquíaquí o aquí sólo como ejemplos, hay literalmente cientos de miles, quizá millones de páginas en Internet que consideran que el mal de ojo es algo real.

Y no es que la gente que cree en el mal de ojo sea tonta. Como quien cree en la homeopatía, la acupuntura o cualquiera de los cientos de disciplinas pseudoterapéuticas a nuestro alcance y que quieren hurgar en nuestros bolsillos, simplemente usan una lógica incorrecta a la que le dan un valor muy superior al que tiene. Y los beneficiarios del cuento, los que hurgan en los bolsillos del inocente y se apropian los euros, no tienen ninguna intención de que aprendan una mejor lógica.

Razonablemente podemos decir que, vamos, a los niños les da diarrea continuamente, y lloran sin motivo hasta llevar a sus padres al borde de la locura y un poquito más allá, y que  las causas de la diarrea son muchísimas, no todas debidamente conocidas, y que muchas veces la diarrea se cura sola y que la diarrea y la mirada del desconocido simplemente han coincidido sin que una cause a la otra.

Y también puede serlo el que alguien se sienta mejor después de un pseudotratamiento no médico.

Si teníamos un sembradío en buenas condiciones y un día veíamos que pasaba la vecina tuerta solterona que tenía al gato negro y resultaba que poco después sufríamos una plaga y perdíamos la cosecha, no era infrecuente que la vecina tuerta fuera acusada de practicar la brujería y en no pocas ocasiones ejecutada con pocos miramientos.

El hecho de que una cosa ocurra después de otra no significa que sea causada por ella.

Claro que podemos decir que el paseo de la vecina tuerta y la plaga de la cosecha son una simple coincidencia, y evitarle a la mujer la pena de ser juzgada y condenada por bruja simplemente por decidir una relación causa-efecto que realmente no es nada fiable.

Y también puede serlo que alguien mejore después de un pseudotratamiento médico.

La falacia y la prueba

A este error se le conoce en lógica como falacia "post hoc, ergo propter hoc", latinajo que significa "después de esto, por tanto a consecuencia de esto" y que se ve mejor escrito así:


El no tener claras las causas de algo es una forma de pensamiento mágico a la que habitualmente le llamamos superstición, es decir, le atribuimos un efecto a una causa que nos parece "lógica" o simplemente nos gusta. O nos dijeron que funcionaba.

A nuestro alrededor encontramos numerosas supersticiones que caen en esa falacia: futbolistas que un día que se pusieron los calzoncillos al revés marcaron un gol, y ahora se ponen los calzoncillos al revés en todos los partidos, sin que les afecte el hecho evidentísimo de que no marcan goles en todos los partidos.

El necio que sólo ve una de las posibles causas, ya no busca más explicaciones. Cree tener una explicación correcta sobre el origen del resultado y no se plantea siquiera la posibilidad de equivocarse. Su visión cerrada, para remate, suele acompañarse con la queja de que el crítico "no tiene la mente abierta" a su cerrazón de miras, y a su afirmación sin bases y de lógica achurruscada e inútil.

Esta forma de pensar nos hace llegar a conclusiones tajante aunque en realidad no tenemos datos suficientes para sostenerla. El que nuestro estado de salud mejore después de una práctica pseudoterapéutica no demuestra que ésta haya sido la causa de la mejoría. Hay muchísimos elementos que podrían afectar el resultado, entre ellos el que estemos tomando medicamentos basados en evidencias al mismo tiempo que realizamos la práctica mágica, un cambio en el clima, el que dejemos de usar una prenda de ropa que nos provoca reacciones, lo que comemos o dejamos de comer, la calidad del aire, la presión atmosférica, nuestro estado de ánimo, la temperatura ambiente y hasta un fenómeno muy sencillo que tiene el complicado nombre de "regresión estadística", que nos dice que cuando existe un estado extremo, lo más probable es que se regrese a la situación media anterior. Por ejemplo, cuando estamos muy enfermos, lo más probable no es que empeoremos infinitamente, sino que nos sintamos mejor, asunto que sin conocerlo aprovechan muy bien numerosos vendedores de curaciones más que dudosas.

Otro elemento que es probablemente el más común es que la enfermedad corre su curso normal y desaparece como lo hacen la enorme mayoría de las afecciones. En los sitios pseudomédicos no es raro encontrarse con testimonios del tipo: "tuve gripe durante la mayor parte de una semana, pero después de unos días me sentí mejor gracias a que tomé (pócima X)". Pues no, con o sin la pócima X, el curso normal de una gripe es de una semana, donde los primeros días nos sentimos especialmente mal y luego vamos mejorando. Con o sin medicina, homeopatía, acupuntura o estridentes cantos a Changó, las gripes duran más o menos una semana.

Luego no podemos descontar las defensas de nuestro propio cuerpo. Salvo casos de especial gravedad, nuestro cuerpo se las arregla bastante bien para enfrentar y contrarrestar las enfermedades. Nuestro cuerpo tiene un complejo y bien afinado sistema inmunitario que reconoce y combate agentes patógenos (productores de enfermedades) de todo tipo, todo el tiempo. Mientras usted lee esto, las células NK de su organismo están destruyendo células infectadas por virus. Usted tiene esos virus, y bacterias, y protozoarios y células cancerosas, y procesos tóxicos de distinto tipo, y ni se entera, sigue feliz mientras sus glóbulos blancos se baten valerosamente, hasta el día en que su sistema inmunitario pierde una batalla y usted se siente mal, y busca ayuda.

Así que creer que una práctica determinada causa la curación de una enfermedad es, sin más, una superstición. ¿Cómo sabemos realmente qué es lo que causa, y en qué medida, una curación? El progreso logrado en el conocimiento del universo se lo debemos precisamente a que hemos ido conociendo las limitaciones de nuestra lógica y creamos un procedimiento (llamado "método científico") diseñado para reunir conocimientos más eficazmente y someter a prueba diversas hipótesis hasta dar con la que mejor describe los hechos. Hechos como la plaga que se cargó nuestra cosecha, la diarrea del niño y la curación o mejora que experimentamos. Sólo estudiando con una lógica adecuada los hechos podemos decir con certeza que una diarrea está causada por una salmonela y no por el mal de ojo, y que se cura con el tiempo o, en casos muy graves, con antibióticos, pero no con arsénico como creen los homeópatas.

Igualmente, tenemos el problema de que hasta los más apasionados proponentes de alguna pseudoterapia aceptan que puede existir la curación C sin que se presente la supuesta causa B. Y sin embargo, pese a ello, siempre consideran que en su caso por supuesto que la causa fue B, aunque en otros pudiera pasar algo distinto. Y la mayoría de las veces no se dan cuenta de lo contradictoria y terriblemente interesada y egolátrica que es tal visión del mundo, además de carecer absolutamente de todo rigor.

Las afirmaciones como "tienes que creerlo porque yo lo he experimentado personalmente, me funciona, yo lo he visto" pertenecen a la clase de falacias (errores de lógica) llamadas "evidencia anecdótica" y no tienen ningún valor probatorio.

Esto con frecuencia enfurece a los creyentes.

Su furia se debe a que olvidan que hay gente que afirma "a mí me funciona" respecto de las afirmaciones más extrañas y descabelladas.

El asunto no es trivial, en lo más mínimo. Cuando uno está ante dos (o más) explicaciones del mismo fenómeno, necesita tener un procedimiento fiable, de eficacia demostrada, para poder evaluar correctamente cuál es la explicación más ajustada a la realidad.

Es decir, cuando desapasionadamente vemos los hechos, resulta que en el proceso que va de A, la aparición de la enfermedad, afección, incomodidad, trastorno, dolencia, achaque, padecimiento, indisposición o alifafe a C, la curación, han ocurrido muchas cosas, y ello nos plantea más preguntas que respuestas.


Para encontrar la verdadera causa de la curación C, lo que tenemos que hacer es investigar con seriedad el asunto. Estudiar a muchos enfermos que hayan padecido A, para ver cuál es el proceso normal de la enfermedad y a cuáles causas suele atribuirse. Podemos, por ejemplo, encontrar a personas que tengan la enfermedad A y, manteniendo controladas todas las demás posibles causas de una curación, hacer que la mitad de ellos se someta a los efectos de B (sustancia, práctica, ritual, etc.) y la mitad se enfrente a la enfermedad sin ayuda. Si resulta que los dos grupos se curan más o menos igual, podríamos decir que no es cierto que B cause la curación C. Aunque alguien crea que le funciona. Los estudios se hacen varias veces para asegurarnos de que el resultado no sea una coincidencia. Si B funciona, podemos empezar a ver qué dosis de B basta para, sin afectar demasiado al enfermo, provocar la curación. Si no funciona, hacemos lo mismo con C, D, E y demás.

A esto se le conoce como método científico. Simple y llanamente. Es una forma ordenada de obtener un conocimiento más fiable que el "a mí me funciona", "me dijeron", "tiene una larga tradición" o cualquier otro sistema de los que han fracasado estrepitosamente a lo largo de los milenios.

El método científico nos permite evaluar todas las posibles causas de un efecto hasta encontrar las que son, efectivamente, las responsables de tal efecto.

Más importante aún, este procedimiento nos permite averiguar cuándo y a quién "le funcionan" realmente algunos remedios. El medicamento ideal para doña Dietilamida Malamañana, rotunda diabética de 48 años, 40 de ellos sin hacer ejercicio más agotador que levantarse por la mañana, 120 kilos al ecuador, el colesterol tan alto que los aviones tienen que darle vuelta, intolerante a la lactosa y en un proceso menopáusico de 8 grados en la escala de Richter podría no ser el remedio adecuado para Aerobindo Maratones, esbelto deportista de 66 kilos, 23 primaveras, las hormonas en estado de alerta roja, un estómago capaz de digerir piedras y un habitual consumo de cerveza de tales proporciones que le han puesto una estrella con su nombre en la Oktoberfest.

El "a mí me funciona", pues, incluso en las pocas ocasiones en que fuera cierto, no es garantía de que "le funcione" a nadie más y por tanto no es razonable, sano ni cuerdo el que la gente intercambie recetas con base en el dudosísimo "a mí me funciona".

Vamos, si usted no le haría caso a su tío Frumencio, de profesión taxista, si le explicara cómo debe construir su casa o cómo hacer para reparar la red de ordenadores/computadoras de su oficina... ¿por qué le hace caso cuando le dice, injertado súbitamente en médico, que tome infusiones de hierba de nomejodas porque es buenísima para el reflujo y a él le funciona?

Ahora pregúntese usted por qué los vendedores de agua destilada (que gustan que les llamen "homeópatas" y hasta "médicos homeópatas"), los que creen en la magia de unas agujitas que afectan una energía que nadie ha visto (y que prefieren ser llamados "acupunturistas" y hasta "médicos acupunturistas"), los tuercecuellos que año tras año dejan paralíticos a muchos inocentes con sus violentas "correcciones" (a los que les gusta ser conocidos como "quiroprácticos") y otros sacacuartos que se dejaron la vergüenza en los otros pantalones y que no saben de medicina más que el tío Frumencio no quieren someter sus filfas a una comprobación con un método científico y fiable.

Siempre habrá alguien a quien "le funcione" cualquier tontería. Si le reza a Santa Tecla y se cura, supondrá que el rezo le funcionó. Si se toma una pócima de pelos de perro y ojos de sapo, supondrá que ésa fue la cura... Y como de la mayoría de las enfermedades nos curamos sin ayuda (con mayor o menor incomodidad), cualquier cosa puede parecer funcionar  para mayor gloria de los que venden cosas no probadas.

Y claro, por eso pasan los berrinches que pasan los pseudomédicos, charlatanes, curanderos y vendedores de humo imaginario cuando pese a su reticencia, sus afirmaciones acaban poniéndose a prueba y resulta que no funcionan mejor que un placebo, es decir, un falso medicamento que sólo sirve para complacer (de allí el nombre) al paciente.

Y contundentemente, a día de hoy, ni la homeopatía, ni la acupuntura, ni la quiropráctica, ni las flores de Bach, ni el reiki, ni la chorromedicina ortomolecular, ni ninguno de los miles de delirios que inventan a diario los vagos que no quieren trabajar han demostrado servir para nada.

Salvo para mantener a los vagos que se agarran al "a mí me funciona", siempre confiados en que al que "no le funcione" tampoco va a hacer demasiada alharaca, claro.

Y todo esto sin meternos, esta vez, con los horribles peligros de estas prácticas, las muertes, el dolor y la desesperación que siembran a su paso.