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abril 14, 2012

Morgan Freeman y la era del Ratoncito Pérez

Imagen promocional de la serie de
Morgan Freeman traducida como
"Secretos del universo".
Veía yo asombrado un capítulo de la serie "Secretos del universo" (Through the wormhole) con Morgan Freeman, en la que se afirmaba la existencia de un "sexto sentido". Esta serie documental supuestamente sobre ciencia, transmitida en el canal Discovery y producida por Revelations Entertainment, de la que el propio actor es cofundador y copropietario, abandonaba alegremente toda pretensión científica y daba total credibilidad a algunas afirmaciones cuando menos impactantes. Miembros del "Instituto de Ciencias Noéticas" diciendo que habían demostrado que se podía prever el futuro o afirmando que sus experimentos no dejaban duda de que los cerebros humanos se podían comunicar sin medios físicos detectables... Es decir, las mismas viejas historias de adivinación, telepatía y lectura del pensamiento que han cambiado de nombre al paso del tiempo... pero nada más.

Claro que sería fantástico que la existencia de alguno de esos fenómenos maravillosos se demostrara de modo claro y sólido. Al menos tan claro y sólido como se ha demostrado, por decir algo, la existencia del ornitorrinco, del electrón o de las lunas de Júpiter. Pero la verdad, por desgracia, es que ninguno de los señores que presentó en el programa dándoles calidad de serios científicos e investigadores, así como ninguno de los brujos, médiums, chamanes, adivinos y videntes conocidos hasta hoy, han aportado pruebas sólidas de la existencia de esos fenómenos, y sus trabajos, por ejemplo el muy traído y llevado Proyecto de la Conciencia Global de Roger D. Nelson, al que el programa da total credibilidad,  han sido criticados ya desde hace bastante tiempo (sin que por ello hayan mejorado sus procedimientos, sólo intensificado su publicidad) mediante análisis estadísticos sólidos incluso por creyentes en lo paranormal por tener errores metodológicos que los invalidan.

Lamentablemente, Morgan Freeman y su equipo evaden totalmente la responsabilidad de documentar las críticas a las maravillas que ofrecen. En el mejor estilo de Íker Jiménez o Eduardo Punset, mantiene al espectador al margen de los datos y hechos incómodos para así conseguir emocionarlo, asombrarlo y convencerlo... que parece mucho más importante que informarlo.

Quienes promueven el pensamiento crítico y racional, y en particular quienes se dedican profesionalmente a la ciencia, son con frecuencia acusados, sin bases, de tener prejuicios ante estos supuestos fenómenos. Si realmente se demostrara que existen estos fenómenos, o que existen las hadas, los pitufos o un ratoncito parlante que colecciona dientes y los paga con dinero, de apellido Pérez, sería un descubrimiento que cambiaría la historia radicalmente. Y, contrario a la caricatura interesada de las distintas corrientes anticientíficas (desde los misteriólogos hasta los esotéricos, desde las religiones tradicionales hasta el new age, desde el posmodernismo hasta las pseudomedicinas) los científicos estarían allí, con su curiosidad, sus aparatos, sus preguntas, sus conocimientos y su inquietud... y su vasta experiencia desentrañando lo desconocido, que es su trabajo.

De haber pruebas sólidas, claras, reproducibles y concretas como las que afirman tener los investigadores parapsicológicos hoy en día, por supuesto que habría escepticismo. Los científicos pedirían confirmación (lo que en ciencia se llama replicación), datos, verificaciones estadísticas... analizarían exhaustiva y rigurosísimamente (de eso se trata la ciencia, claro) las pruebas. Y si las pruebas sustentaran lo increíble, lo que harían los científicos, como han hecho siempre desde la revolución científica, es empezar a creer en lo increíble.

¿Qué cosas han sido increíbles en estos casi 500 años? Casi todo lo que hoy aprendemos en la escuela: que hay seres vivos invisibles que nos enferman (y nos curan, y fermentan el vino, la cerveza y la leche, y nos ayudan a digerir la comida y muchas cosas más), que la Tierra gira alrededor del Sol, que los seres vivos han evolucionado mediante un proceso de selección natural, que se puede mandar información a través de ondas invisibles (de radio, por ejemplo), que existieron los dinosaurios, que las estrellas que vemos son soles como el nuestro, que la materia y la energía son intercambiables (E=mC2)... prácticamente todo lo que es el conocimiento fue en el pasado ignorancia y por tanto increíble.

El cambio se debió a que los científicos son especialistas en cambiar de opinión según las pruebas. No se sorprenden por obtener nuevos conocimientos, como creen quienes tienen una idea más o menos caricaturesca de los científicos, al contrario, es la fuente de su felicidad, es su profesión y, en la mayoría de los casos, su pasión.

El caso del ornitorrinco

El ejemplar de ornitorrinco original de John Hunter
conservado en la Royal Society.
En 1798, el capitán John Hunter, segundo gobernador del estado australiano de Nueva Gales del Sur, envió a Gran Bretaña un especimen disecado de un extraño animal con pico de pato, piel y cola de castor, y patas palmeadas. Los científicos de la Royal Society pensaron primero que era un embuste. En palabras del científico George Shaw (que once años después publicaría la primera descripción científica del ornitorrinco dándole su nombre en inglés, platypus) era imposible no experimentar dudas respecto de su genuina naturaleza.

Esto ha sido con frecuencia presentado por los vendedores de misterios como prueba de la "cerrazón de la ciencia" o "de los científicos", cuando en realidad es exactamente como deben funcionar. ¿Nos parecería aplaudible que con pruebas insuficientes (un pellejo y un dibujo) creyeran cualquier cosa? Sería como aceptar que nos visitan los extraterrestres por una foto desenfocada y unos círculos en campos de trigo.

"Sirena" creada por taxidermistas orientales.
Y es que a fines del siglo XVIII (y desde tiempos de Marco Polo, al menos), existía una tradición de fabricación de falsos seres míticos a cargo de creativos taxidermistas orientales como hoy otros crean extraterrestres, fotos de fantasmas o vídeos de apariciones mágicas. El zoólogo escocés Robert Knox lo explicaba en 1823 diciendo "Es bien sabido que los especímenes de este extraordinario animal que se trajeron primero a Europa eran considerados por muchos como imposturas. Llegaban a Inglaterra en navíos que habían recorrido los mares de la India, una circunstancia por sí misms suficiente para levantar las sospechas del naturalista científico, conocedor de las monstruosas imposturas que los habilidosos chinos habían practicado con tanta frecuencia para los aventureros europeos. En resumen, el científico se sentía inclinado a clasificar esta extraña producción de la naturaleza junto con las sirenas orientales y otras obras de arte, pero estas conjeturas se vieron disipadas de inmediato al apelar a la anatomía" (negritas añadidas).

Es decir, ante las pruebas, los científicos siempre hacen lo mismo: discutir, debatir, cotejar y, si las pruebas son sólidas, por extrañas que parezcan, aceptarlas como hechos.

Simplemente evidencia

Pensemos en una habilidad de ésas que los investigadores parapsicológicos (que no son exactamente lo mismo que los cazafantasmas de ojos desorbitados y grabadores de psicofonías a los que se conoce como "himbestigadores" no sólo satíricamente, sino para diferenciarlos de los verdaderos investigadores, sean policiacos o científicos) consideran que ya han demostrado: la predicción del futuro.

No me refiero a la predicción en un sentido nostradamusesco, sino a algo extremadamente sencillo: predecir una sucesión de números aleatorios, como por ejemplo, los números en que cae un par de dados.

Esto es algo que los magos hacen sin despeinarse (con alguna excepción de magos con peinados creativos), pero sabemos que lo hacen con truco.

Digamos que un investigador parapsicológico encuentra a una persona que puede predecir el 90% de las veces los números en que caerá un par de dados. Al principio nadie le creería, se pensaría en un truco, se recordaría a Uri Geller y demás fraudes.

Pero supongamos que, a diferencia de Uri Geller y otros embusteros de su calibre, el parapsicólogo (el Doctor Cete, digamos) y su maravilloso sujeto, el señor Miraluego, desafían al mundo y aceptan desafíos para demostrar el fenómeno "donde quiera y cuando quieran" (como Luigi Galvani hacía demostraciones públicas de su increíble afirmación de que la electricidad hacía moverse a los músculos de un animal muerto). Van a la televisión (allí tragan todo, por favor, que tienen a Anne Germain de estrella) y retan a cualquiera a que descubra el truco, o a que imponga los controles que le parezcan convenientes, que traigan sus dados, que no permitan que Cete y Miraluego toquen los dados, que les impongan restricciones a montón... y sin embargo éste último siga acertando el 90% de las tiradas de dados.

De triunfar en estos desafíos, no faltarían científicos interesados en el caso, así fuera sólo para desenmascarar al Doctor Cete y a Miraluego. Y si pese a todas las precauciones, a todas las previsiones, a la supervisión de magos avezados, en condiciones estrictamente controladas (que son las únicas que sirven para hacer ciencia real), en varios laboratorios y con varios investigadores el señor Miraluego siguiera pudiendo predecir en un 90% los números de caída de un par de dados, habría una verdadera revolución mundial.

Para empezar, el Doctor Cete vería en su futuro un premio Nobel y otros muchos reconocimientos, una vida de lujos, aplausos y el más vertiginoso estrellato estilo cantante de rock. Y entraría de inmediato  en los libros de historia junto con Miraluego, quien sería exhaustivamente estudiado para tratar de determinar por qué él puede predecir el futuro y los demás no, se buscarían los neurotransmisores y centros en el sistema nervioso que podrían permitir su hazaña. Por supuesto, se harían algunos experimentos relevantísimos, como tirar al mismo tiempo dos juegos de dados, a ver si puede predecir los dos o si elige cuál de los dos puede predecir, entre muchas otras experiencias posibles. Se le sometería a estudios como se somete a los atletas privilegiados para conocer los secretos de su desempeño, pues, para potenciar sus logros pero también para que otras personas puedan aprovechar lo que se descubra... en este caso que pudieran predecir ya no algo tan trivial como la caída de un par de dados, sino el momento de erupción de volcanes o el acontecer de terremotos, salvando millones de vidas y reduciendo el sufrimiento humano como sólo lo han hecho la medicina y el pensamiento ilustrado.

El acontecimiento sería tal que alteraría la historia para siempre... Nada volvería a ser igual, las expectativas humanas se redefinirían, se podría conquistar el miedo. Vamos, que las colosales dimensiones de la visión del futuro (o de la telequinesis, la telepatía, la comunicación con los muertos, la existencia de inteligencias extraterrestres, las energías del chi o de los cristales y muchos otros iconos de lo paranormal, lo místico o lo misterioso) marcarían realmente un antes y un después.

Quienes afirman sonrientes que se ha "demostrado" que existe alguno de estos fenómenos simplemente no se ha detenido a pensar en las implicaciones de su afirmación, en lo que significaría que realmente existieran las maravillas que consideran que apenas dan para un show de televisión de baja estofa.

Y, por supuesto, quienes dicen haber demostrado algo así no suelen someterse al escrutinio de otros investigadores, escépticos o no. Y es que en ciencia el escéptico, el que no cree en los resultados, el que desafía, es el personaje más importante, porque ayuda a descubrir errores, fraudes y malas interpretaciones.

Y no lo hacen porque todas las disciplinas del "misterio" siguen sin demostrar que los fenómenos de los que hablan, que fingen estudiar, por los que cobran en consultas, conferencias, libros o programas de los medios de comunicación, existan siquiera. Ni J.B. Rhine (el más famoso), ni ningún miembro de la Society for Psychical Research durante los 130 años de existencia de la asociación (algunos de ellos científicos ciertamente serios), ni absolutamente nadie ha podido aportar pruebas de esos fenómenos. Algunos han afirmado haber obtenido resultados asombrosos (como el propio Rhine), pero nunca más nadie pudo obtener los mismos resultados. Un poco como el alquimista Albertus Magnus, si dijo haber producido la piedra filosofal para convertir el metal vil en oro... y luego en más de 750 años nadie ha podido reproducir sus resultados, quizá convenga ser escéptico ante su afirmación.

Creer poderosamente en algo no equivale a demostrarlo. Pero podemos estar razonablemente seguros de que si algún día se demuestra efectivamente la existencia de alguno de estos fenómenos, nos enteraremos prácticamente de inmediato. Será el día en que en lugar de que nos cuenten que alguien vio un ratoncito parlante que cambia dientes por dinero, ponga ante los ojos de todo el mundo, con toda honestidad, al ratoncito en cuestión, y éste hable y muestre su colección milenaria de dientes y la cuenta bancaria de la que saca el dinero para pagarlos. Allí, se acabará la discusión y empezará la ciencia.

Sería la Era del Ratoncito Pérez.

mayo 26, 2010

Punset y los problemas de la divulgación


Mi anterior post sobre una de las barbaridades que suele ofrecer a su público Eduard Punset ha disparado un debate interesante, el de lo flexibles y comprensivos que debemos ser al tratar con un "divulgador científico" si cuenta trolas, porque de otra parte, se dice, realiza una labor útil.

Eduard/Eduardo Punset (foto
de Grupo Punset Producciones, licencia
CC-BY-SA-3.0, vía Wikimedia Commons
(También ha reavivado otros debates de una memez océanica, que si efectivamente Uri Geller tiene "poderes", que si todas las personas que dicen que no hay pruebas de que las prácticas "alternativas" curen estamos a sueldo de las farmacéuticas, que si todos los médicos, enfermeras, bioquímicos, divulgadores serios, etc. forman una megaconspiración para impedir que el mundo se cure con agujitas, y que si quien critica a San Eduard Punset es un envidioso o solamente un malvado, entre otras demostraciones de lo que pueden hacer los vendedores de humo en la percepción de ingenuos y conspiranoicos, pero en ellas no entraremos.)

El rigor exigible

El argumento fundamental que se ha presentado es que, aunque Punset en ocasiones entreviste a verdaderos charlatanes (como Rupert Sheldrake, Deepak Chopra, Masaru Emoto, Uri Geller, Nguyen Van Nghi, Mariano Bueno, Marysol González Sterling, etc.) y abunden sus devaneos de autoayuda, autopromoción, autobombo, interpretaciones fantasiosas de los datos de la ciencia, afirmaciones sin base en la realidad científica actual, etc. debe perdonarse, pasarse por alto o relativizarse porque hace una admirable labor cuando entrevista a científicos de gran relevancia a los que nadie más en España tiene interés, tiempo ni dinero para entrevistar, además de tocar temas poco habituales. Tras este argumento hay cierto reproche al autor de este blog por ser demasiado estricto con Eduard Punset, cuando uno podía tener un poquito más de complicidad.

Utilicemos un ejemplo en otra área del periodismo. Porque por más que actúe como gurú new age y poseedor del "secreto de la felicidad", lo que Punset está haciendo es periodismo, periodismo científico, y por lo tanto no debe ser ajeno a los principios esenciales de la ética periodística.

Deepak Chopra, comerciante de pseudomedicina
ayurvédica/cuántica
(vía Wikimedia Commons)
Imaginemos a un periodista deportivo que de cuando en cuando soltara cosas como que Johann Cruyf fue campeón de curling a la cabeza de la selección de Etiopía, o que asegurara a su rendido público que Geert Jan Jansen fue defensa central de la selección belga en el mundial de 1966, que afirmara que en realidad el ciclismo se practica con triciclos pero la tercera rueda es invisible porque la ciencia aún no la ha podido explicar, y que dijera con absoluta convicción que en realidad Maradonna no metió el gol de 1986 contra Inglaterra usando la mano, y que hoy eso es "cabezazo, y cabezazo puro".

¿Acaso sería razonable defender a ese periodista acudiendo a los casos en los que sí dijo con precisión que Pelé llevaba el número 10 o que Olga Korbut era gimnasta? ¿Se diría que este individuo hace un gran bien al deporte debido a que tiene una gran capacidad de comunicar, es simpático, bonachón, sonríe hasta cuando está masticando, y tiene muchos fans? ¿Se defendería que su promedio de aciertos es muy elevado?

Tal periodista no tendría defensa, y sería raro que alguien saliera a defenderlo. El periodismo es de una parte una vocación por averiguar cosas y contarlas, y de otra parte un compromiso indeclinable de atender el derecho de la gente a saber. Cuando el periodismo atiende a motivaciones económicas, de autoexaltación del periodista, de intereses políticos, de deseos de utilizar los medios para obtener poder, dinero o sexo, se convierte en charlatanería.

La credibilidad de un periodista no está en un alto promedio de aciertos, sino en ocuparse de buscar la verdad y presentarla después de contrastar fuentes, cotejar, buscar y redactar con honradez. Si se equivoca, su obligación es reconocer el error, tan públicamente como cuando lo cometió, para atender el derecho de la gente a saber y ofreciendo disculpas. Los periodistas se equivocan, por supuesto, pero hay errores honestos y errores que se cometen por desidia, indolencia, desprecio al público y conveniencia propia que ya  no son precisamente errores, son faltas a la ética.

Si el periodista no es riguroso siempre, no es fiable nunca.

¿Qué quiere decir esto y por qué el rigor no es prescindible?

El desconcierto del público

Descubrir que algo anda mal en algunos los ejemplos anteriores no es muy difícil porque nuestro conocimiento del mundo de los deportes es muy amplio. Pero uno de los ejemplos podría desconcertar a todos menos los más expertos, el de Geert Jan Jansen. Casi nadie tiene forma de saber que antes que futbolista belga, este personaje es un conocido falsificador de pinturas nacido en Francia.

El público no puede saber que situarlo en un equipo nacional de fútbol es tan falso como decir que la tierra es plana. Muchos quedarán perfectamente engañados, e incluso admirados ante la erudición del cronista que sabe datos tan oscuros sobre el fútbol. Seguramente es una lumbrera del periodismo deportivo.

Uri Geller in Russia2
Uri Geller, prestidigitador que afirma tener
superpoderes y declarado "ciencia pura" por
Eduard Punset (foto de Dmitry Rozhkov,
CC-BY-SA-3.0, vía Wikimedia Commons)
Ése es el problema con la divulgación científica de Punset (y de algunos otros en todo el mundo, me centro en este personaje porque es el tema de la anterior entrada, porque difunde sus embustes con dinero público y porque es especialmente famoso en España, con cierto reconocimiento en América Latina, y por tanto su capacidad de hacer daño es especialmente potente). El público general no tiene forma de saber que Richard Dawkins es un biólogo evolutivo de verdad y un divulgador fiable en temas de evolución, pero Uri Geller no es más que un prestidigitador sin vergüenza y autoglorificado. Y al presentarse ambos bajo el manto de respetabilidad e infalibilidad de que se ha rodeado Punset (con ayuda de sus cabestros, claro, y apoyado en sus relaciones como político), el público no avisado empieza a creer que Geller es "ciencia, ciencia pura" y se abre a creer cualquier otra tontería y, por supuesto, a dejar el dinero en manos de acupunturistas, santeros, homeópatas, naturópatas, holísticos y otros tipos igual de peligrosos.

¿De quién es la responsabilidad de averiguar que Geert Jan Jansen es un falsificador y no un futbolista, o que ni Masaru Emoto ni Uri Geller tienen nada que ver con la ciencia? Obviamente no del público. Es una de las primerísimas obligaciones del periodista o del comunicador (y por "periodista" entiendo al que ejerce el periodismo, no al dueño de un título que diga que es periodista, ojo). El periodismo implica poner a disposición del público información que no tenía antes, para satisfacer su derecho a saber y darle herramientas para tomar decisiones o formarse opiniones, entregándole poder, porque sí, la información es poder. Escamotearle información o ignorarla es error del periodista.

Si el periodista no hace su trabajo, es un mal periodista. Puede ser el mal periodista más simpático, entrañable y santurrón del universo (y de varios universos paralelos), pero sigue siendo un mal periodista que no atiende los intereses del lector

La humildad del periodista

La actitud de control absoluto de la verdad de Eduard Punset ha llevado a que se le considere una autoridad en ciencia (sin que él haga nada por moderarlo o matizarlo) y se hable de él como prototipo del "científico".

Pero Punset no es científico, como no lo es quien esto escribe. El periodista científico no tiene que ser un científico académico, del mismo modo en que el cronista deportivo no tiene por qué ser un deportista profesional, y los críticos de cine o teatro no tienen que ser directores, autores o actores.

Y precisamente por eso, el periodista científico debe ser extremadamente riguroso, tratar siempre de constatar sus afirmaciones, acudir a fuentes fiables, sean journals científicos, revistas de divulgación con buenos antecedentes de fiabilidad, entrevistas, otros divulgadores fiables, científicos que se esfuerzan por explicar la ciencia a nivel popular, etc. Y también fuentes diversas que ponen en cuestión muchas afirmaciones, como hacen las asociaciones racionalistas y escépticas en todo el mundo, así como los investigadores sobre las afirmaciones de lo paranormal. Porque los científicos muchas veces no están alerta a la posibilidad de fraude por parte de sus sujetos, y es necesario promover una posición cuestionadora.

Por ello mismo, un viejo adagio del periodismo es que cuando el periodista se vuelve más importante que la noticia, algo se está haciendo mal. Cuando Punset no se prestigia por entrevistar científicos relevantes (y amos de la superchería ultramillonarios) sino que los medios consideran que "ser entrevistado por Punset" es uan especie de "sello de garantía", tenemos un problema. Y ese problema es la "falacia de autoridad", es decir, que se acepta algo porque lo dice cierta persona con cierta fama y no por las virtudes o defectos propios de la afirmación.

Obviamente, cuando un cosmólogo dice algo sobre física y es parte del consenso científico del momento, podemos determinar que es bastante fiable. Pero si el mismo cosmólogo habla de quién ganará el mundial de fútbol o cómo podrían ser los extraterrestres (como hizo en un comentario a la ligera Stephen Hawking, alborotando a todo el gallinero de la rarología), tiene la misma credibilidad que cualquier persona tomada al azar en la calle. El conocimiento en cosmología no le ofrece bases para hacer análisis más propios de la biología, la etología, la antropología y la sociología. Es mucho más creíble un experto en sociobiología o, incluso, un escritor de ciencia ficción que se haya especializado en la creación de criaturas y sociedades extraterrestres imaginarias pero plausibles, basado en datos de varias ciencias.

Cuando algo se vuelve cierto "porque lo dice fulanito" y además quien lo critica llega a ser atacado de modo despiadado y como un hereje al que hay que quemar en la hoguera, lo que no hay es divulgación de la ciencia. Ni ciencia, ni periodismo.

Otro argumento repetido es que el "éxito" de Eduard Punset es lo bastante admirable como para "perdonarle" sus frecuentes desbarranques en el esoterismo. Este argumento es de los menos sólidos, pero de los más repetidos, y compañero frecuente de la bobada de que a quien esto escribe le mueve la envidia porque le gustaría engañar a la gente, fingirse gurú y tener el dinero y el éxito de Eduard Punset. Evidentemente, si quisiera engañar al público, mi historia periodística sería otra, pero ese argumento es poco atendible.

¿El éxito de Eduard Punset, la adoración de sus adeptos, su fama y la cantidad ingente de premios que se le han arrojado encima son de alguna forma un buen argumento para no exigirle el rigor periodístico que le exigimos a cualquier otro periodista? Es claro que no, que en todo caso todo su éxito convierte en algo mucho más preocupante sus desbarres, sus interpretaciones delirantes y sus viajes para entrevistar a amos del embuste y promotores de la pseudociencia y la anticiencia.

Y es que, si el periodista científico no tiene por qué ser científico por estudios, sí debe tener una actitud, una visión, científica del mundo. Esto equivale a decir escéptica, racional, naturalista y siempre abierta a cambiar si hay pruebas razonables que indiquen que uno estaba equivocado. El pensamiento científico, racional, no es provincia exclusiva de quienes han estudiado carreras científicas, sino por el contrario puede y debe ser patrimonio de todos como forma de enfrentar los desafíos del mundo real. De hecho, uno de los objetivos de la divulgación científica es promover el pensamiento racional a contrapelo del pensamiento mágico.

Y debe actuar como periodista ético. Lo cual implica no traicionar a la verdad, y menos aún cuando el trabajo de comunicación se hace con cargo al erario, pues no debemos olvidar que la producción del programa y el salario de Eduard Punset se sufragan con dinero del tesoro público de Radiotelevisión Española. Es decir, que además de un compromiso con la ciencia y la comunicación honesta, existe el compromiso de no dilapidar el dinero público... o debería existir.

Qué pensar o cómo pensar

Un tema que encuentro especialmente preocupante en el universo punsetiano y que es lo contrario de la buena divulgación científica es su pasión por convencer, por ser admirado. Antes que buscar la verdad aún a costa del rechazo de cierta parte del público, como hace cualquier periodista, la actitud es más cercana a la de la estrella mediática, el cantante, el actor, el tertuliano de televisión, para el cual todo es sacrificable en aras del aplauso y cuya obligación es tratar de quedar bien con todo el público, gustar a toda costa.

Y en esa búsqueda por ser admirado, existe un hilo en su accionar público que sugiere que su contacto con la ciencia y con los científicos le ha aportado una sabiduría trascendental que lo distingue y le faculta para decirle a los demás qué deben hacer, qué deben pensar, no para tener mejores datos, sino para ser felices, para alcanzar la satisfacción personal, con un lenguaje propio de los libros más lamentables, obvios y bobalicones de la autoayuda.

Esto sería grave si Eduard Punset presentara su labor como su búsqueda espiritual personal, su camino a Damasco, su empresa por la iluminación... pero él se hace llamar "divulgador científico", y por tanto se entiende que se le analice en esos términos y no en otros. Un gurú busca decirle a la gente qué pensar, qué creer... la divulgación de la ciencia, al promover un pensamiento racional, enseña precisamente lo contrario, a dudar, a pedir datos, a utilizar criterios de verdad fiables, pretende en todo caso enseñar cómo pensar.

Que lo haga el becario

Tanto la admiración excesiva hacia la figura del expolítico catalán como la defensa que se hace de él e incluso la desprolijidad que muestra y sus tendencias claramente místicas son hijas de un problema que tiene el manejo de la información científica en los medios de comunicación.

Como hemos señalado en las críticas a La Sexta Noticias que hemos hecho en este mismo blog (aquí y aquí, además de las críticas que he hecho en Twitter y que han llevado a que el encargado de la cuenta @sextaNoticias oscile entre insultarnos e ignorarnos, nunca en hacernos un poco de caso), la desidia y el desprecio a la información científica parecen ser la norma. Para hablar de política, suele acudirse a periodistas con experiencia en el análisis político y politólogos fiables. Para hablar de deportes, se exige a los cronistas un conocimiento bastante completo de los deportes y más de su especialidad, cuando se trata de cosas tan populares como el fútbol, el baloncesto y la Fórmula 1. Para hablar de economía se toman los servicios de periodistas versados en el tema o economistas que puedan hacer periodismo. Y así.

Cuando se trata de ciencia, no hay ni exigencias, ni requisitos ni preocupación por los errores. Parece que se le asigna al becario que no sirve ni para traer cafés, se redacta con los pies, sin entender siquiera la información original, sin un ápice de espíritu crítico, mucho menos autocrítico. Es relleno, asunto que no tiene por qué cuidarse como se cuida la política, los sucesos y otras secciones.

Cuando los medios aprendan que presentar a Uri Geller como científico es tan inaceptable como presentar a Leonel Messi como director teatral, a Flipy como portavoz de la oposición en el congreso o a Plácido Domingo como laureado economista, podemos quizá aspirar a tener una divulgación científica mejor que la papilla espiritualoide que Punset alimenta a su público para glorificarse y poder viajar a cuenta de nuestro dinero, sin ningún compromiso con la verdad, la ciencia o la deontología periodística más elemental

Repitiendo lo que decía ayer: lamentable

mayo 24, 2010

Punset: esoterismo con piel de buen rollo

(Nota: esta entrada dio pie a otra, la siguiente cronológicamente, que la complementa y amplía de un modo que hallo más satisfactorio: "Punset y los problemas de la divulgación científica".)

Eduard Punset promueve la creencia de que la acupuntura tiene propiedades curativas, pero no lo prueba, afirma que el chi existe, pero no lo prueba, y asevera que lo bonachón de un acupunturista profesional basta y sobra para convalidar todas sus afirmaciones, sin acudir a ningún estudio científico que pudiera poner en solfa cuanto afirma la mal llamada "medicina" tradicional china.

Esas alucinantes afirmaciones se encuentran en la revista Muy interesante de junio, el nuevo feudo de Punset donde hablará de gente que ha conocido.

En este artículo hacia el cual me llamó la atención amablemente uno de los lectores de este blog por medio de un correo electrónico (gracias, Juan), Punset habla de una medicina china "de verdad" (a saber cuál es "de mentira") que tiene "3.000 años de experiencia científica y humana". Es decir, cae en la vieja falacia de que las cosas antiguas son verdad únicamente porque son, precisamente, antiguas, sin necesidad de demostrar nada. Obviamente, en la larga experiencia humana, se han desarrollado muchísimas tradiciones, tan antiguas o más, y contradictorias entre sí. Y la única forma de determinar cuál de ellas es verdadera, o si ninguna lo es, es la ciencia, que ojalá tuviera 3.000 años de existencia y no los 500 que realmente tiene.

Obviamente, el curandero vietnamita al que Punset dedica su artículo en Muy interesante debe tener razó, porque le dijo a Punset que su cerebro (el del político catalán) funcionaba perfectamente. Es decir, le hizo la pelota y el divulgador cayó a sus pies.

Las afirmaciones delirantes de Punset en su desaforado panegírico se desgranan una tras otra sin ofrecer más pruebas que su imagen de viejecito simpático de hablar pausado: El curandero Nguyen Van Nghi sabía tanto como "la comunidad científica occidental". Algo sin duda asombroso para alguien que no estudió física, química, matemáticas, bioquímica ni ninguna otra disciplina científica, y cuya formación como médico que terminó en 1940 fue rápidamente sustituida por su creencia en la acupuntura y su enorme capacidad de aprovechar la locura de la acupuntura que siguió a la visita de Nixon a China, donde lo engañaron como a un estadounidense altanero, lo cual permitió a don Nguyen irse a Estados Unidos y vender la historia de la "medicina energética" sin ocuparse en probar su existencia, su validez y su eficacia. Porque estudios clínicos, experimentos controlados de doble ciego, estudios estadísticamente validados y publicaciones científicas de Nguyen Van Nghi no existen, no hay, nunca hubo. Ni uno. No hay. Nada. Nada que no sea su capacidad de caer bien que debe haber sido asombrosa.

¡Y así sabía tanto como toda la comunidad científica "occidental"! Vaya genio.

Declara Punset que Nguyen Van Nghi le curó con agujas la fibrilación paroxística, pero no nos dice qué tipo de etiología tenía su afección, quién se la diagnosticó, y qué validación obtuvo de la curación milagrosa, cosa que haría cualquier periodista serio, divulgador científico o no. Pero a cambio nos ofrece un poco de cursilería, al declarar que cuando el vietnamita le clavó agujas "por primera vez en mi vida supe lo que era un corazón acompasado con el ritmo del universo".

Joer, don Eduard, Eduardo, Edward o Eduardas (así atino fijo), pues qué notición, porque lo que usted dice sufrir es una afección que no debe tomarse a pitorreo, y sería maravilloso que se curara con agujitas en vez de controlarse con medicamentos. Es un descubrimiento maravilloso, y si se validara científicamente, le habría valido a su amigo un Nobel de Medicina o Fisiología.

¿No está validado científicamente tal milagro? Pues es un embuste, y usted cómplice del embustero.

Las frases de Punset, expresando su esperanza de que algún día la medicina pueda aprovechar lo que tienen en común Occidente y Oriente, y que, en la fantasía de Punset es que "cada cambio en la materia se debe a un cambio en el estado de la energía", frase hueca y sin sentido que sin embargo suena bien, como lo que podría decir Belén Esteban, que también tiene el favor del público, si vamos a darle relevancia a ese hecho, no justifica sin embargo que a las prácticas curanderísticas tradicionales chinas (o a cualquier otra) se les perdone el requisito, la exigencia, la necesidad de validar sus afirmaciones de acuerdo a un método que ha funcionado como no funciona, no ha demostrado funcionar, la acupuntura: el método científico.

Que Punset, en el recuadro o despiece, se ocupe de hablar de la energía "qi" (o "chi") como si fuera algo real, que "anima a todos los seres vivos" (la "vis vitalis", pues, una energía mágica) y para remate "cuyo flujo defectuoso explica el mal funcionamiento de nuestro organismo y nuestra mente", asombra y desconcierta porque es afirmación que se encuentra, en la vasta mayoría de los casos, en sitios que precisamente se dedican a la denigración de la ciencia, a las acusaciones delirantes contra los científicos y los médicos y a luchar en contra del espíritu de la Ilustración.

Lamentable.

El camino deEduard Punset como divulgador científico a raíz de su fracaso en las elecciones de 1994 con su propio partido "Foro", donde aspiraba a ser eurodiputado no ha sido del todo terso. Se ha visto jaloneado al menos por su propensión a la exageración y la hipérbole que con frecuencia desvirtúan los hechos que presenta con interpretaciones fantasiosas, sin bases y que en muchas ocasiones parecen buscar más la exaltación de su personalidad que la presentación de temas, la exposición de entrevistados o el servicio al público lector y televidente.

Un incidente conocido fue la caída de Punset bajo el influjo encantador de Uri Geller, quien le hizo un par de trucos de ilusionismo y llevó a que el tardío periodista se desbordara diciéndole al astuto israelí/mexicano (por esas artes que aquí desvelamos y sin que Enrique de Vicente pudiera jamás aportar los documentos que aseguraba que tenía): “Tú eras un pionero y ahora esto es ciencia, ciencia pura”.

Ciertamente, lo de Uri Geller no fue, no es y no será ciencia, ni pura ni mezclada con agua tónica. Es un simple y llano embuste donde un ilusionista guapo y excelente manipulador de gente finge tener poderes, los ingenuos le creen y éste se llena de dinero. Pero era alarmante, alarmantísimo, que Eduard Punset no supiera que Uri Geller había sido desenmascarado mucho antes de ese 13 de febrero de 1998 en que se tiró a los pies del estafador de las cucharitas. Curiosamente, ése es uno de los programas ausentes de la lista de emisiones de Redes que ofrece TVE.

Otros programas son igualmente aterradores, charlatanescos, pseudocientíficos o, según un neologismo muy usado en España, magufos. Por ejemplo, el del 10 de abril de 2000 habla de las imaginarias "graves alteraciones" que, dice Punset, provocan en la salud humana las líneas de alta tensión, los aparatos eléctricos y los teléfonos móviles. Para ello, de nuevo, Punset no acude a expertos científicos en el tema, sino a personajes bonachones, convincentes, puríficamente guruísticos como Mariano Bueno, un señor que hace zahorismo (alias radiestesia) y feng shui y que dice ser experto en la inexistente disciplina de la "geobiología", y que entre otras cosas vive de fomentar el pánico hacia la "contaminación electromagnética" que nunca ha demostrado que exista. Por ese mismo programa pasaron el naturópata José Colastra y la "biosónica" Marisol González Esterling que hace además "psicoastrología kármica" que es lo más anticientífico que se puede uno poner antes de quemar a Giordano Bruno. (No me resisto a reproducir una de las afirmaciones de esta ciudadana que se mantiene en la página de "Redes" de RTVE, es decir, pagada con nuestro dinero: "El peso atómico, molecular de cualquier alimento o vitamina se convierte en herzio". Si ésa es la ciencia que "divulga" Eduard Punset, su lugar natural está al lado de Íker Jiménez, por supuesto).

Pero además de éste y otros muchos ejemplos de charlatanería pura y dura y de exageración y malinterpretación de los datos científicos, es innegable que Eduard Punset tiene una personalidad magnética, un hábil manejo de los medios, unas relaciones públicas fantásticas, una capacidad de hablar siempre sonriendo y un dejo de sabio en situación de desamparo que captura a la gente. Esto evidentemente es un gran valor desde el punto de vista de la forma de comunicar. Y ésa la tiene tan dominada Punset que ha conseguido situarse, en la percepción pública, como una autoridad incontestable, absoluta, más allá de toda crítica, de cuanto se llame o parezca científico. Se pretende colocar a este personaje, pese a sus numerosas y frecuentísimas metidas de pata, al grado de no saber ni siquiera contar hasta diez, en un nivel de perfección suprahumano. Que sea más cursi que una comedia romántica interpretada por una Barbie puede repugnar a algunos, pero ciertamente gana adeptos en un mundo donde el periodismo se desvirtúa sin cesar.

Por desgracia, el contenido de lo tan bien comunicado es supersticioso, falsario, engañoso, pseudocientífico, fantasioso, irreal, mentiroso y nada fiable para su público, abusando de su buena fe.

Lamentable.
25 de mayo, 1:45 AM: Me hace notar Fernando Frías, vicepresidente del Círculo escéptico y autor del blog El fondo del asunto que Carolina Punset, hija de Eduard Punset, como concejala del poblado valenciano de Altea ha conseguido declarar al municipio libre de transgénicos. Y no porque tenga pruebas de que los transgénicos, así, en general, todos, sin excepción, sean malos, peligrosos o indeseables, que no las tiene... sino que milita en el partido Los Verdes Ecologistas-Pacifistas, que por supuesto creen en la contaminación electromagnética (sin pruebas), la igualdad de los animales con los seres humanos, y en general la agenda política cienciofóbica, supersticiosa e irracional de Los Verdes. Supongo que esto confirma que la superstición, efectivamente, se enseña en casa.